lunes, 17 de mayo de 2010

Familia y discapacidad


La familia no es sólo la reunión de quienes tienen vínculos de sangre en común o comparten códigos genéticos, ni se agota en la definición de grupo social primario o de célula fundamental de la sociedad, sin la cual ni el Estado ni la Nación son posibles. Hoy se tiende a definir a la familia según el número de sus integrantes o según la forma en que está estructurada; por ejemplo, según sean dos las personas que estén al frente del grupo -como en la concepción tradicional- o según la responsabilidad recaiga sobre un hombre solo o una mujer sola. Sin olvidar la situación que se plantea cuando ha habido que saltear una generación y la familia está presidida por los abuelos, ante la ausencia de los padres.
Nacida del matrimonio -como lo determina la realidad natural- o constituida sobre la base de otros vínculos de sangre o de los nobles lazos creados por la adopción, la familia continúa siendo, universalmente, la institución capacitada para contener afectivamente al ser humano y contribuir a su formación y a su desarrollo emocional.
La humanidad sigue visualizando a la familia -con razón- como la mejor escuela de educación y de afecto, el primer lugar donde se enseña a querer, el ámbito en el que se viven las primeras experiencias de amor. Por cierto, esto no significa alentar una concepción puramente idílica: la sustancia de los vínculos familiares reposa muchas veces sobre el dolor, la injusticia, el sufrimiento o la discriminación. Pero eso forma parte de aspectos ineludibles de la condición humana, en la que conviven las glorias y las miserias.
La llegada a una familia de un hijo que padece una discapacidad constituye generalmente un golpe duro para la autoestima de los padres, que aspiran -con razón- a ser comunicadores de la vida y a que ésta sea lo más cercana posible a la perfección, anhelo que a veces bordea el narcisismo. Es un golpe duro también para los demás hijos, que afrontan con desconcierto y desconocimiento el advenimiento al hogar de un niño que en principio se presenta como diferente.
No es fácil aceptar la incorporación al grupo familiar de quien ha venido a causar el dolor y el llanto iniciales de los padres. El temor a lo desconocido y la inseguridad frente a la reacción que habrá de experimentar la sociedad ante un nuevo miembro con distintas capacidades actúan como condicionantes negativos a cuya influencia resulta difícil sustraerse. El apoyo de las instituciones que conocen el problema y de los matrimonios u hogares que han pasado por experiencias similares puede ofrecer una contribución decisiva para que la difícil experiencia del advenimiento de la discapacidad a una familia sea vivida y aceptada con normalidad.
Se han hecho enormes progresos en los últimos años en el camino hacia la aceptación y la integración plena del ser humano diferente, tanto en la familia como en la sociedad. Pero lo que aún no se ha difundido suficientemente es el poder transformador del sentimiento que se genera en el seno de la familia a partir del extraordinario hecho moral de la aceptación. La discapacidad tiene un efecto mejorador y docente dentro de la escuela de afectos que es la familia.
Es indudable que no todas las discapacidades son iguales, pero todas tienen un denominador común: obligan a los restantes miembros de la familia a ser mejores en el plano de la moral y del afecto, a enfrentar el desafío de ser personas completas; es decir, a movilizar e integrar todas sus potencias espirituales. Tanto el chico como el adulto se enriquecen al tomar contacto con el mensaje que expresa la verdad oculta en la diferencia.
Cuando un ser afectado por discapacidades descubre que es aceptado por su familia, no sólo evoluciona favorablemente, cualquiera que sea su disminución, sino que ayuda a quienes lo ayudaron a descubrir sus propias riquezas interiores. En efecto, los miembros de un grupo familiar que se vuelcan en apoyo del más débil se ayudan en realidad a sí mismos, pues descubren y potencian su propia capacidad de amar.
"Amar a alguien es por supuesto, hacer cosas por él, pero sobre todo es estar presente para revelarle su belleza y su valor, y ayudarle a tener confianza en si mismo", ha escrito Jean Vanier en su reveladora obra "Amar hasta el extremo". La experiencia de vivir junto a un hermano con discapacidades y de advertir el enorme esfuerzo que le demanda la comunicación con el mundo externo configura un valioso aprendizaje moral. ¿Qué decir del proceso interior de los padres que comparten paso a paso los progresos del hijo diferente y viven como propios cada uno de sus pequeños triunfos?
No hay ninguna duda de que la familia se revoluciona cuando la visita la discapacidad, sea por nacimiento o por adopción. Pero esa revolución no es -como podría pensarse- la del rechazo eventual o la del temor, sino la del fortalecimiento de la familia toda, que aprende nuevas formas de espiritualidad y termina por agradecer el regalo recibido.
Reflexionar sobre estas dimensiones del amor y buscar nuevos caminos para que las personas diferentes sean aceptadas e integradas plenamente en los distintos ámbitos de la comunidad es un deber que el cuerpo social no puede ni debe eludir. Es necesario fortalecer las instituciones capaces de trabajar positivamente en esa dirección y promover actitudes superadoras de antiguos prejuicios, a fin de que se extienda en la sociedad el reconocimiento de que la diferencia no debe ser vista como un baldón sino como un desafío y, en muchos casos, como una escondida riqueza

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