domingo, 27 de marzo de 2011

“Los tiempos de la existencia del hombre se están acortando” (entrevista Norman Briski )

Norman Briski opinará sobre Japón, la actualidad política argentina y las tomas en espacios públicos en la ciudad de Buenos Aires. Con el mismo énfasis hablará de amor, sexo y poder, y contará la historia de una ex alumna discapacitada, que es quien inspiró su última obra. Briski transitará lo particular y lo general sin sobresaltos, tal como lo hacen sus textos, plagados de puntos de fuga: las situaciones cotidianas siempre remiten al tejido social del que emergen, son su causa y consecuencia. El dramaturgo, actor y director estrenará este sábado a las 21 en el Teatro Calibán (México 1428) su última creación, No te vayas con el amor o sin él, una obra que desnuda la naturaleza del afecto en una sociedad gobernada por el afán de poder y de dinero.
No se equivocó Eduardo Pavlovsky cuando dijo sobre Las primas –otra obra de Briski– que era un calidoscopio teatral. Lo mismo podría decirse de No te vayas con el amor o sin él, una jugosa pieza que ya tiene ocho años, pero que estrena por primera vez con la dirección en manos del dramaturgo (antes la dirigió Paula Flaks). Discriminación, invalidez, aborto, amor, manipulación, opresión, capitalismo, sexo y poesía caben en las veintitantas hojas a las que tuvo acceso esta cronista, y que están a punto de cobrar vida en el teatro que Briski fundó a fines de los ’80. En concreto, la obra plantea una relación peculiar entre una mujer y su empleada doméstica (no tienen nombre, son Señora y Señorita, interpretadas por las actrices Carolina Molini y Eliana Wassermann). El poder no circula de manera unidireccional: se lo disputan permanentemente, la dependencia fluctúa. Ninguna de las dos es inocente. La relación está cruzada por un extraño cariño, fundado en la conveniencia, y por ambiciones contrapuestas.
Lo primero que cuenta Briski a Página/12 es la historia de su ex alumna. “Había una mujer en silla de ruedas que venía a tomar clases. Esta mujer, muy inteligente, quería ser actriz. Le dije que le iba a escribir una escena para ella, pero para eso tenía que hacerle un reportaje, interiorizarme en su accionar y en su cotidianidad”, se explaya. Briski conoció al marido de su alumna –quien aparece en la obra bajo el nombre de Mario, con las distorsiones que el teatro implica– y a su empleada. “Me metí en la vida de ella y tuve revelaciones bastante importantes. Me sorprendió la contradicción entre las extensiones dañadas y la cabeza totalmente lúcida, o más lúcida por la experiencia de las limitaciones. Y me sorprendió su intimidad”, recuerda el dramaturgo.
A pesar de que la obra está basada en ese relato, el tiempo y las intenciones del autor fueron trastocándolo. “La quise terminar ya no para que la hiciera ella, porque tuvo dificultades de otro orden, muy atendibles, con hijos y etcétera. Me dio la impresión de que tenían que sumarse las personas que tuviese al lado. Y las lecturas desde entonces, en los ocho años que pasaron, como Foucault o Deleuze, hicieron que la obra planteara un hecho ‘vinculatorio’”, explica Briski. “Desarrollé uno de los temas más queridos por el teatro pero poco conceptualizado: la dependencia.” Una dependencia que es de carácter afectivo y económico. La discapacidad de la mujer tiene mucho que ver con el funcionamiento del sistema capitalista, blanco al que Briski apunta en muchos de sus textos.
–¿Cuál es la visión que intentó imprimir a las limitaciones físicas de esta mujer?
–Busqué desde la escena molecular, íntima, una raíz en lo epistemológico, lo sistemático. En otro momento, los discapacitados eran tirados del Olimpo. Cuando los griegos veían defectos físicos en las personas, las tiraban. En cambio, ahora, la discapacidad es una minoría potente. Los Estados no se pueden ocupar de las mayorías porque somos muchos. Las minorías, como los homosexuales, los negros y los judíos, son atendibles, les pueden dar respuesta. Aparece una distorsión. Esto lo aprendí mucho en Estados Unidos: como inválido tenés tal cantidad de ventajas que te tirás debajo del primer auto que pasa. Y en un tipo normal aparece un desconocimiento y un anonimato que solamente el teatro o el cine pueden revertir. Claro que esto no pasa en la Argentina: las minorías no tienen la ventaja de recibir una silla con televisor color. Pero no sabe las cosas que he visto en Francia. Les venden coches a los inválidos, un Mercedes Benz que sería el sueño de cualquier pequeño burgués. Acá para ver a un inválido manejando un coche la tenés a la madre en la parte de abajo tocando los pedales.
–Aun dependiendo del caso, que el Estado se ocupe de las minorías es un avance. ¿Cuál cree que es la desventaja?
–La distorsión a la que me refiero se apoya en un falso humanismo. Yo soy un admirador de Walter Benjamin, que te dice: “Por favor, tenga cuidado con estas cosas”. Las mayorías no podemos tener ninguna lucha porque no podemos conciliar, somos muchos. Por lo menos, déjennos burlarnos del asunto, de lo que no podemos combatir. Pero el resultado es que agarramos un campo reivindicativo en vez de uno político y decimos “por favor, auméntenme el sueldo un 17,4 por ciento”. Como si eso fuera algo. Es algo, algo que termina con que pase lo importante para las mayorías. Anula.
–¿Las mayorías se contentan con los logros de las minorías?
–Sí. ¿Cómo no vas a ver con buenos ojos el matrimonio homosexual? Es divertido, rarísimo. ¿Qué país tenemos que el matrimonio homosexual llega en el siglo XXI? Es un progreso tenerlo, pero no es una causa libertaria. Y si vos reivindicás pero no estás diciendo “quiero otro país, otro modelo, otra estructura de país, otro sistema, socialismo”, podés pasar de largo como el toro pasa a veces. Pienso en la discapacidad: trabajé con rengos en la época de la Juventud Peronista, y eran unos combatientes de la gran siete. Fueron con la silla a Libertador y pararon unos tanques que iban no sé adónde. Eso desapareció. La inválida de esta obra aprovecha su situación de renga para que le pasen guita y tiene una dependencia total. Hay un humor en la obra como casi siempre que aparecen cosas siniestras en las que estamos muy metidos.
–La obra es una metáfora sobre la opresión. Sería más fácil resolverlo con un caso perfecto: una patrona fuerte, una empleada vulnerable. ¿Por qué decidió crear una relación de opresión tan imperfecta?
–Ellas se oprimen mutuamente, como resultado de lo reinvindicativo. La obra es durísima. Cuando termina me siento mal porque estoy metido también. ¿Cómo hago para dar clases, sostener esta infraestructura, pagar las luces, arreglar el tablero? Con plata. Estoy metido en el juego perverso como cualquier otro, haciéndome el zurdo.
Pero en lo que es teatro, intenta…
–Estoy colaborando con el sistema. No lo dude. Este teatro es barato, entra cualquiera, no se necesita guita para hacer una obra, estoy dando cultura. Pero, ¿a quién? A Macri, si el teatro está en la ciudad. Estoy dando un servicio a Macri. Y capaz me cierra el teatro porque le falta algo. Ahora, ves la obra y decís, “es terrible, me podría suicidar sin ningún problema”, y tendrías muchísima razón. La dependencia implica que en cuanto se mete el poder en la relación, la cagás. En cuanto tenés una novia, vos tenés auto y ella no, y decís “te voy a llevar y traer, pero no te lo voy a regalar. No lo vamos a compartir, es mío”. Siempre aparece el poder. Los novios salen de la obra. Ella no quiere depender más. Llega a la esquina, taxi. A los quince minutos, ella está igual… ¿para qué sirve? El poder termina con el afecto.
–En palabras de Flaks, la anterior directora, se materializa en la obra “un sistema capitalista distorsionador de deseos”. ¿Qué es lo que desean la señora y su empleada?
–El deseo de ellas está en reivindicar. Nos han recortado la cabeza para la invención. La yerba tiene palo y hacemos una especie de reivindicación de que están vendiendo yerba con palo. Lo que tendríamos que decir es “qué bueno, tenemos yerba, ¿dónde está la gente que la hace? Vamos a visitarla”. Podríamos tener un interés inventivo, de curiosidad. Pero reivindicamos como locos, papá, mamá, mamá, papá. Es una decadencia total. Esto pasa en el capitalismo, que está conformado por una civilidad que lo vota. A Menem lo votaron, a Hitler también. Después, los botan. Piensan: “Qué malo que fue Videla”. En la actualidad, hemos reparado al capitalismo. El favor que le hicimos es inmedible. La Presidenta va a la industria, felicita, “estamos produciendo”, “nacional y popular”. Claro, la tecnología la traemos de afuera, pero es un detalle. Hay un poquito de desocupación. En cualquier capitalismo, del 8 al 18 por ciento es más o menos normal, son cosas que pasan. Soy viejo y reivindico ideales más radicalizados.
–¿Ve algún resquicio de luz que escape a lo que critica? ¿La toma en el Indoamericano, por ejemplo?
–Seguro. Eso es lo maravilloso de ser argentino, porque cuando decís “ya está todo” aparece esto. ¿Estos quiénes son? ¿De dónde salieron? ¿Y quiénes son los que quieren matarlos, sacarlos? Aparecen unas pequeñas guerras civiles o síntomas de inconformidad. Después vienen los negocios, qué sé yo, nadie es de hierro. Pero que de pronto pase eso en un lugar desocupado en el medio de la ciudad me produce una alegría total. Déjeme de joder, ¡algo que se mueve! Andá a saber con qué nivel de conciencia. La discontinuidad no tiene que ver con la conciencia. La Revolución Francesa no se hizo por la conciencia, fue algo así como “estos hijos de puta tienen mucho, nosotros nada, vamos a meternos ahí, a afanarles la silla”. En Las primas, dos mucamas hacen un bombardeo sobre un edificio, pero no es que no entiendan nada. Lo que pasa es que es inconcebible que una mucama de tu casa pueda ser una dirigente extraordinaria.
–¿Y su ideal libertario? ¿Se aleja con la reivindicación o por lo menos se acerca un poco?
–Los ideales nunca están lejos o cerca, porque la discontinuidad es imprevisible. Dentro de cinco días puede venir tu suegra y decirte “te amo, vamos al próximo hotel que está a cuatro cuadras” (risas).
–Ya que habla de sexo, ¿por qué en sus textos siempre explicita la energía sexual de sus personajes? ¿Eso ayuda a que el espectador se haga una idea del lugar que ocupan en el mundo?
–En este caso aparece el relato de la señora. No pensaba poner algo de lo sensual porque hay culo y teta por todos lados, pero ella misma me contó de su actividad ferviente. Tenía una velocidad sexual extraordinaria. Sin dudas, lo sexual ayuda a entender a los personajes. ¿Cómo hace el amor Videla? No tendría ganas de ser invitado, pero es un dato. No obstante, hay que tener muchísimo cuidado: si vos tenés tal tipo de sexualidad no es que vas a ser el rey de la milonga o un pelotudo. Videla puede gritar “mamita” o “papito” o nombrar a la madre mientras hace el amor y después eliminar a unos cuantos. Lo pongo como un ingrediente, que es bellísimo, pero no determina tanto las conductas. El social-histórico es la madre y el padre de nuestro accionar.
–El único personaje masculino de esta obra es Mario. ¿Qué vendría a representar?
–Yo tampoco lo sé. Mario es mi hermano, se llama así. Es el amante, el idiota. El no se puede mostrar, está escondido. Está en toda la historia argentina. Antes los tiraban en Martín García. Están esas películas suecas en las que aparece siempre un tonto golpeando en el segundo piso. Se oculta la locura, la sensibilidad, lo distinto. Mario está viviendo en el sótano. Representa la marginación, el Borda, toda esa cosa. Una marginación en la que se reproduce el humanismo: “Dale alpiste antes de irte”.
–La obra plantea una dialéctica entre dos dimensiones: la poesía, materializada en la patrona, y lo real, en la empleada. “Siempre fui discriminada por expresarme poéticamente y mucho más por ser limitada físicamente”, dice la señora. ¿Cuál es la crítica que plantea en torno de eso?
–La señora tiene mayor capacidad intelectual, pero también mayor sometimiento a la belleza. Tiene idea de la belleza, pero ¿de qué belleza habla? La crítica es a lo que heredamos: los griegos, los romanos, Miguel Angel y Da Vinci están metidos en las venas y arterias de toda la gente. Eso es lindo, hermoso. Pero es una cosa que ya pasó. Después viene El grito, de Munch, todo el expresionismo, y nos damos cuenta de que la belleza son los residuos. Escribí una novela que se llama Nagasaki de memoria, porque fui invitado a Japón al aniversario de la bomba atómica. Y mirá lo que está pasando ahora. Cuando ves estos pueblos y ciudades japoneses, la mayor gráfica la conforman los residuos. Ese es el lenguaje que tenemos que agarrar: el plástico, el celular tirado, ese pedazo de niño. Y empezar a coser, como diría Pavlovsky. Voy a Brasil y veo unos soretes flotando en el paraíso. En cinco años Brasil se acaba. Se van a construir setenta centrales atómicas este año. Y acá, veinticinco. Nadie dice nada. Estamos metidos en un tema gravísimo para la humanidad, que acorta los tiempos de existencia del hombre y que Beckett lo está diciendo a los gritos, nos vamos a la mierda. Bueno, hagamos un banquete, por lo menos caguémonos de risa. Pero nos estamos cagando de risa porque podemos volver a comprarnos el Bluetooth. Y vos (N. de R.: al fotógrafo), con esa cámara, tenés un pene de cuatro metros de largo (risas). Tenés el zoom en tus manos.

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