martes, 15 de marzo de 2011

Mercurio y autismo


La contaminación del medio ambiente tiene efectos espectaculares, que pueden observarse a simple vista, y otros que ocurren en forma silenciosa. Entre estas últimas formas cobra cada vez más relevancia la sospecha de que algunos de los cambios genéticos que llevan al autismo tienen su disparador en distintas sustancias y elementos, entre los cuales el mercurio parece tener un rol preponderante.
Sobre la contaminación
La contaminación del medio ambiente es un tema que ha tomado relevancia en la opinión pública en los últimos años, porque algunas de sus consecuencias, como el cambio climático o la aparición del agujero de ozono comenzaron a hacerse patentes, tangibles para la mayoría de las personas, sobre todo a partir de las grandes catástrofes naturales y las antropogénicas que produce la devastación sistemática del planeta.
Este problema serio, al que una parte considerable de la población no prestaba mucha atención, porque creía que los efectos perniciosos a gran escala se desarrollarían en un futuro indeterminado y remoto, ahora produce un cierto grado de alerta, que, sin embargo, no termina de instalarse entre aquellos que son los que aceleran cada vez más la corrupción ambiental, porque se priorizan otras cosas sobre la salud y la posibilidad de que la especie humana pueda habitar el que es, al menos hasta el momento y en un plazo bastante largo, el único lugar en el universo en el que existe.
Pese a las distintas conferencias, coloquios y reuniones de todo tipo y denominación que involucran a la mayoría de los Estados y a los más altos niveles; a la preocupación y las advertencias de organizaciones mundiales, regionales y sectoriales; a la prédica constante de agrupaciones ecologistas y a la evidencia que aportan los sucesos día a día (hay estimaciones de que como resultado del cambio climático mueren más de 300.000 personas al año en el mundo y otras que aportan cifras mayores), se hace bastante poco al respecto.
Bajo la ambigua denominación de “desarrollo sustentable” se teje una maraña de contradicciones que inmovilizan las mejores intenciones y limitan la posibilidad de una acción enérgica para no solo limitar sino para tratar de erradicar muchas de las fuentes conocidas que deterioran la calidad de vida de las personas.
Las investigaciones pasan por algunos tibios programas estatales, universitarios y de grupos de personas que, con esfuerzo, intentan poner en primer plano las consecuencias de nuestro accionar. Pero, en general, quienes son los principales responsables, invierten muy poco, casi nada, en revertir la situación (pese a los signos inequívocos de peligro), que, a esta altura de las circunstancias, no acepta paliativos, sino que requiere de un cambio de actitud generalizado para que este planeta siga acogiéndonos.
Además de las espectaculares muestras de contaminación que pueden percibirse a simple vista, como ocurre en numerosas ciudades del mundo, incluidas varias latinoamericanas; la violencia inusual de los fenómenos atmosféricos y tantas otras, existen otras formas mucho más silenciosas y solapadas que atentan contra nuestra calidad de vida.
No es necesario que vivamos cerca de una fábrica que vierte desechos sin tratar sobre algún curso de agua, ni debajo de una chimenea industrial humeante ni en el centro de una ciudad particularmente congestionada por el tránsito automotor para que estemos en riesgo. Ni siquiera hace falta salir a la calle para que podamos estar individualmente en riesgo (colectivamente, lo estamos hace décadas). Hay objetos cotidianos y hasta alimentos que ingerimos que pueden ser fuente de contaminación y causa de enfermedades y síndromes, entre ellos, el autismo y sus variantes.
Un incremento que preocupa
Habíamos alertado en una nota anterior acerca de las intensas sospechas y algunas denuncias realizadas, basadas en trabajos de investigación, que daban cuenta de que los metales pesados (entre ellos, fundamentalmente el mercurio, pero también el plomo, el aluminio y otros) inducirían el Autismo.
No es que la exposición a estos elementos es la causa única, ni siquiera la principal. Tampoco podría descartarse (al menos no mientras continúe la discusión en torno a cuál es su etiología) como uno de los agentes capaces de inducirlo.
Leíamos recientemente un libro por editarse, en el cual una prestigiosa genetista argentina, echando más leña al fuego, afirma que, al menos hasta la fecha, no hay prueba científica alguna que demuestre el origen genético del Autismo; que de los 20 o 25.000 genes que componen nuestro genoma, ya se ha reputado a tantos como su causante que, en realidad, nadie puede aseverar esa procedencia. Pero no descarta de plano esa posibilidad, sino que lo que hace es relativizarla y señalar que las mutaciones, además de las que se creen espontáneas, pueden ser inducidas por otros factores, entre ellos el ambiental.
Uno de los puntos que señalan los investigadores es que no hay persona que no tenga genes defectuosos y, sin embargo, la mera portación no establece ni una enfermedad ni mucho menos un síndrome. Para que ello ocurra es necesario que se manifieste, es decir, que se ponga en acto. Y es muy posible que, entre otras causas, su activación se produzca por la exposición a diversas sustancias y condiciones ambientales que se alejan cada vez más del ideal.
De todas maneras, cualquiera sea su fuente, hay un hecho que llama la atención y este es el incremento de personas que califican dentro de lo que se llama Trastornos del Espectro Autista.
Desde distintas fuentes surge la inquietud al comprobar el incremento exponencial de la cantidad de seres humanos que se catalogan de esta forma.
Por ejemplo, la Universidad de Texas señala que en las últimas cuatro décadas la proporción de diagnosticados pasó de 1 por cada 2.000 a 1 cada 166. En California, la relación varió, desde 1990 hasta la actualidad, de 9 casos cada 10.000 a 44. En España, por su parte, se señala que apenas 20 años atrás se estimaba afectados en 10/20 niños de cada 10.000, mientras que en la actualidad, las diversas fuentes estadísticas alertan acerca de que las cifras se han duplicado, como mínimo (para otros, se habría triplicado). Sólo en los EE.UU. hay 1,5 millones de personas diagnosticadas con algún Trastorno del Espectro Autista.
Es cierto que la mejora de los procedimientos diagnósticos y el mayor conocimiento de lo que es el Autismo han colaborado para que su detección sea más fácil. Pero eso explicaría sólo en parte un incremento tan notable.
Si están todos los que son o son todos los que están es una duda que también planea sobre este trastorno. Es muy factible que se esté dando una sobrediagnosticación al respecto, aunque tampoco parecería esa la explicación final, ante la magnitud del problema.
Fuentes de la contaminación
En diversos trabajos aparecidos en el último año hay una constante: la preocupación por el incremento de la liberación atmosférica y utilización de sustancias particularmente tóxicas: metales pesados, pesticidas y tóxicos que afectan a fetos y recién nacidos.
Entre ellos se halla el mercurio, un metal pesado que tiene la característica de tomar el estado líquido a la temperatura ambiente y, pasados los 40 grados produce vapores. Tiene distintos usos industriales. Por la facilidad para alearse con el oro, la plata y otros metales, suele utilizárselo en minería. Pero también se halla presente en la confección de espejos, en iluminación, en algunas pinturas, en plaguicidas, en la fabricación de distintos aparatos y objetos eléctricos, como catalizador en diversos procesos químicos, en centrales eléctricas, como componente de antisépticos y vacunas y hasta en los empastes en odontología (cada vez menos), entre otras muchísimas aplicaciones. Ello pese a que hace mucho tiempo que se conoce su alta toxicidad en cualquiera de sus estados. Sea por inhalación, ingestión o contacto, el mercurio puede provocar desde irritaciones en la piel hasta la muerte, según la intensidad de la exposición a él, pasando por una amplia gama de problemas de salud.
El sistema nervioso es particularmente sensible a sus efectos. En forma de vapores o por la inhalación de partículas, llega al cerebro con facilidad. Pero también afecta otros órganos. Respecto de los fetos, se señala que afecta diversas funciones cerebrales, lo que puede producir daño cerebral, retraso mental, incoordinación, problemas de visión, de comunicación, etc., y existen varios estudios que lo postulan como un fuerte inductor del Autismo.
El instituto Medical Investigation of Neurodevelopmental Disorders de la Universidad de Texas señala en un estudio realizado en 254 condados de ese Estado, cruzados con datos provenientes de la Agencia de Protección del Medio Ambiente norteamericana, una correlación muy fuerte entre mercurio y discapacidad: cada 453 kilogramos del metal que se liberan a la atmósfera, crecen un 43% los niños que necesitan educación especial y un 61% los casos de Autismo. Para el doctor Raymond Palmer, director de la investigación, la relación entre uno y otro es evidente.
A similares conclusiones llega un trabajo publicado en la revista Neurotoxicology por investigadores de la Universidad de Iowa del Norte, también en los EE.UU., en el cual se constató que la cantidad de niños autistas que vivían cerca (en un radio de 20 km) de alguna fuente emisora de mercurio duplicaba (y en algunos casos triplicaba) a la de aquellos otros más alejados del radio de exposición.
También un estudio realizado en Cuba por la Universidad de Oriente da cuenta de una situación similar.
Se tomó niños autistas de Cumaná y se realizó un estudio de sus cabellos. En el mismo se comprobó que en estos la concentración de elementos neurotóxicos era muchísimo mayor que la de los niños sin este problema. Sobre todo hallaron mercurio y cadmio. Si bien los resultados no afirman terminantemente que el Autismo de estos niños sea producto de estos tóxicos, sugieren que existe una fuerte relación.
Oceana, una ONG cuyo objeto es la conservación de los océanos, la protección de los ecosistemas marinos y de las especies que lo habitan, alerta de que existen al menos 60 plantas a lo largo de los EE.UU. y de la Unión Europea que cada año emiten más de 22 toneladas de mercurio sobre el mar, lo que afecta a algunas especies marinas. Los peces y los mariscos tienden a acumular mercurio, porque no pueden eliminarlo. Por medio de lo que se conoce como biomagnificación, quien se alimente de ellos puede sufrir un alto grado de afectación.
Un caso extremo se produjo en Japón, en 1956, en la ciudad de Minamata, en la cual no sólo la población sino los animales de la zona experimentaron severas intoxicaciones, que produjeron un síndrome neurológico severo y permanente que produjo inicialmente 111 muertes y más de 400 pacientes con problemas neurológicos. Para 2001, los casos fatales constatados en esta ciudad y otras ubicadas sobre el Mar de Yatsushiro llegaban a 2.955. Y no sólo eso, sino que muchas madres aparentemente no afectadas por el envenenamiento con mercurio dieron a luz a niños con graves problemas, entre los cuales se hallan autistas, en una proporción mucho mayor que en la del resto del país oriental. Es para tener en cuenta que se constató que entre 1932 y 1968 se habían vertido sobre este mar algo más de 80 toneladas del metal.
Conclusión
Si bien la asociación Autismo-mercurio se halla en plena fase de investigación, cada vez son más las sospechas de que la exposición a este y a otros metales tóxicos puede constituir una fuente importante para la producción del primero. Ello no implica descartar las bases genéticas, sino que abre una hipótesis de cómo y por qué puede producirse.
Una de las características de la liberación industrial es que se efectúa por medio de micropartículas, lo que hace que puedan viajar grandes distancias arrastradas por el viento, por lo que, si bien la cercanía implica un mayor peligro, los que están lejos tampoco se hallan totalmente exentos, más si se tiene en cuenta que el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) señaló que sólo en 1995 se lanzaron a la atmósfera 5.500 toneladas de mercurio.
Por otro lado, ni siquiera hace falta que nos hallemos cerca de alguna fuente importante, ni que la acción eólica lo traiga hasta nosotros, porque los alimentos que consumimos y hasta algunos objetos que nos rodean pueden contener esta y otras sustancias tóxicas.
Es importante saber que su efecto se acumula y que existe muy poca protección contra su contacto, lo que hace necesario que su utilización sea mucho más meticulosa de lo que es hasta ahora, más teniendo en cuenta que existen formas de tratar las emisiones para que el mercurio no se disperse en el ambiente. Además, en muchos casos puede ser reemplazados por otros metales menos o nada tóxicos. Claro que ello implica cambiar modos de producción, a lo que, pese a tantos ejemplos sobre los daños que produce, no parecen dispuestos los mayores contaminadores del planeta.
Es cierto que no hay pruebas concluyentes de que el mercurio pueda inducir el Autismo, pero tampoco existe refutación alguna sobre esta sospecha. En todo caso, como esta es muy fuerte, es necesario incrementar la investigación a este respecto. Y, aunque mañana se demostrara que esta preocupación es infundada, sí está comprobado que produce tantos efectos devastadores sobre la salud humana como para evitar su uso o, al menos, hacerlo responsablemente.
Ronaldo Pellegrini

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