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Conductas desafiantes en niños con retardo mental

Las conductas desafiantes son una expresión de la interacción de las personas con su entorno. Se diferencian de los problemas de conducta porque se presentan en determinados contextos. Aparecen generalmente cuando las posibilidades de expresión son limitadas y en situaciones en que predominan la frustración y la angustia. Es posible trabajar desde un equipo interdisciplinario en los ámbitos escolar y relacional para que estas conductas se reviertan, reduciendo la conflictividad y mejorando de este modo la calidad de vida del niño con retardo mental que las presenta en su interacción social.
En este artículo me voy a referir a las llamadas conductas desafiantes que se manifiestan en niños y jóvenes con un retardo mental moderado o severo, y que plantean serias dificultades a la hora de trabajar en el aula. Según la AARM (American Association of Mental Retardation - 2002) una persona con retardo mental presenta: - limitaciones significativas en el funcionamiento intelectual, - limitaciones significativas en la conducta adaptativa y,- la edad de aparición es anterior a los 18 meses.
Dice Javier Tamarit, Lic. en Psicología por la Universidad Autónoma de Madrid, que las conductas desafiantes son una expresión más de las interacciones entre las personas y sus entornos.
No constituyen un problema de la persona y esto es lo que las diferencia de los llamados problemas de conducta, ya que son una manifestación de la persona en interacción con un entorno físico, social y cultural determinado.
He observado que la diferencia entre conductas desafiantes y problemas de conducta en la práctica, en algunas ocasiones, no se establece claramente y suele asimilarse una a la otra. Como dice Tamarit, es fundamental establecer la causa de la manifestación conductual, si es que se trata de una conducta propia del individuo o es la consecuencia (reacción) ante una determinada situación del contexto. Emerson (1995) define la conducta desafiante como “conducta culturalmente anormal de tal intensidad, frecuencia o duración que es probable que la seguridad física de la persona o de los demás corra serio peligro, o que es probable que limite el uso de los recursos normales que ofrece la comunidad, o incluso se le niegue el acceso a esos recursos”.
Como vemos, el entorno cultural y el contexto tienen vital importancia al considerar tales conductas, ya que no solamente representan un riesgo para la persona y para quienes lo rodean, sino que limitan, restringen en gran medida las posibilidades de interacción en su medio. Es decir que la conducta desafiante tiene lugar en determinado contexto y ante ciertas personas y tiene un sentido en esa interacción, de modo que no es algo que tenga la persona, tampoco la persona toda ella es una conducta desafiante.
Un porcentaje significativo de personas con discapacidad presentan conductas desafiantes de tal intensidad, frecuencia y duración que amenazan su salud o la de otros, dificultan el aprendizaje de una conducta adaptativa/convencional, perturban las interacciones sociales o le impiden el acceso y/o el uso de lo que le ofrece la comunidad. Algunas de las conductas desafiantes que más se observan son:- Conductas autolesivas: morderse los labios, las manos, golpearse la cabeza contra una pared, contra la mesa, etc.- Conductas de agresión hacia otros: dar cabezazos, lanzar objetos, tirar del cabello a otros, dar bofetadas a un adulto cuando este se acerca para decirle algo.
Estas conductas aparentemente son inmotivadas, es decir, no tienen un origen que las explique, pero generalmente suelen estar vinculadas a cambios en el ambiente, aunque éstos sean mínimos, por ejemplo modificaciones en las rutinas diarias, o bien de su entorno físico (objetos-mobiliarios) o del medio social.
He observado que las dificultades en la comunicación tanto verbal como no verbal constituyen una limitación importante para expresar adecuadamente sus deseos o su malestar, por lo tanto una parte importante de las conductas desafiantes en personas con discapacidad se produce por una carencia de códigos de comunicación adecuados. Cuando se habla de “competencia comunicativa”, se lo hace para señalar no sólo la posibilidad de emitir cierto lenguaje, sino que ese lenguaje sea una herramienta de regulación del entorno.
Para poder intervenir en forma adecuada, será necesario analizar previamente los condicionantes y el contexto en que aparecen tales manifestaciones de conducta desafiante. Esta evaluación es un elemento esencial a los efectos de poder plantear una intervención efectiva. 
Como dice Tamarit, “Al plantear la intervención debemos pensar que su fin no es tanto modificar conductas como crear habilidades y modificar contextos, y que el objetivo último es la mejora de la calidad de vida de la persona, por lo que las intervenciones han de ser absolutamente respetuosas del derecho de toda persona a un trato digno y humano”.Es decir que el comportamiento desafiante nos está indicando que algo de la relación entre esa persona y ese contexto está desajustado, y deberemos centrar nuestra atención en esa relación y en los recursos de que disponemos para que en un futuro no se repita la misma conducta ante una situación similar.
La conducta desafiante no sólo es expresión de la patología que presenta la persona que la realiza sino que es producto de sus interacciones con su medio. Una adecuada intervención educativa, entonces, supone un verdadero desafío, para poder conseguir alguna modificación en la conducta que represente un aprendizaje de nuevas conductas posibles, ante un entorno sobre el cual también se deberán producir modificaciones. Voy a presentar dos casos para ilustrar lo trabajado hasta aquí.
Caso I - A. es una niña de 11 años de edad, presenta un retraso madurativo global, (R. M. severo), requiere atención constante, no tiene iniciativa propia en los juegos con sus pares ni en los trabajos propuestos por las docentes, por lo cual se la debe motivar permanentemente. Su juego es solitario.
En cuanto al lenguaje, usa palabras aisladas y gestos para hacerse entender pero muchas veces no se comprende lo que quiere expresar. En general es cariñosa con los docentes.
En algunos momentos se muestra alegre, sonriente, y en otros, ausente. Cuando ella manifiesta agresividad, generalmente es impulsiva hacia algún compañero, pegándole con la mano o con materiales de la sala, tirándolos por el aire. Si se la reta, reacciona con berrinches o llanto. Una de sus docentes relata que ha observado que en momentos en que hay algún desorden en la sala, la niña se altera y es cuando presenta estas reacciones; en una oportunidad, cuando ella se acercó para decirle algo que la calmara, le dio una cachetada, luego demostró estar asustada por su reacción. Esto demuestra que hubo una alteración en los mecanismo de control voluntario de la acción.
Caso II - L. es una niña de 12 años de edad con retraso madurativo moderado, dificultades en su expresión verbal y en la comprensión de consignas, tiene escaso lenguaje que ella utiliza sólo en algunas oportunidades; está integrada a un grupo de pre-taller donde realiza actividades de la vida diaria, tales como cocinar, limpiar, planchar, hacer compras en negocios de la zona. Tiene una conducta en el plano afectivo que es dominante y con dificultad para manejar la ansiedad y la frustración. Se observan conductas de niña más pequeña. Con alguna frecuencia y estando en la sala, L. se levanta y de improviso se acerca a una compañera, le tira del pelo o la empuja, luego da una vuelta alrededor de la mesa; si la maestra la reta, la mira enojada y persiste en su actitud, o bien puede pegarle una patada o tirar su mochila.
En este caso la docente ha observado que su conducta desafiante aparece cuando la propuesta de trabajo supone alguna dificultad para ella. En el almuerzo ha comenzado a presentar también algunas conductas impulsivas, pegar, tirar del pelo, luego de lo cual se va al patio, deambula, y permanece sin comer, es decir, alejándose ella misma de la situación que le provocó el descontrol (tal vez es un intento de aucontrol).
Estos dos casos son bastante ilustrativos de conductas típicamente desafiantes, que parecen no obedecer a una causa inmediata, pero seguramente tienen relación con algún elemento o persona de su contexto. Estas conductas son en sí mismas una forma de comunicación, pero son conductas inadecuadas, y se dan con frecuencia en niños o adultos que tienen escaso lenguaje (R.M.severo, autismo u otros trastornos del desarrollo), siendo así una forma de expresar con la acción, un malestar que no pueden verbalizar (simbolizar). Carr y sus colegas (1996) consideraron que la intervención ante las conductas problemáticas deberían tener en cuenta los siguientes principios:
1. La conducta problemática es propositiva o intencional.
2. Debe haber una evaluación funcional para identificar la finalidad de la conducta problemática.
3. La intervención en la conducta problemática debe centrarse en la educación, no simplemente en la supresión de la conducta.
4. Los problemas de comportamiento generadamente tienen muchas finalidades y por lo tanto requieren muchas intervenciones.
5. La intervención implica cambiar el modo en que interactúan los individuos con y sin discapacidad, y por tanto, la intervención implica cambiar sistemas sociales.
6. El objetivo último de la intervención es el cambio en el estilo de vida, en lugar de la eliminación de los problemas de comportamiento .
Vemos que esta propuesta tiende a considerar la conducta con un enfoque constructivo, es decir tendiendo no a “eliminar” sino a producir modificaciones en la conducta a través del desarrollo de habilidades sociales, de comunicación y autovalimiento, diseñando entornos más adecuados a la hora de manifestar sus capacidades.
Por eso las estrategias planteadas tenderán a crear habilidades y adaptar el entorno donde la persona interactúa. Una investigación realizada por Borthwick-Duffy (1994) analizó la prevalencia de la conducta destructiva (agresión, autoagresión y destrucción de la propiedad) en un gran grupo de personas con discapacidad intelectual, hay varios resultados importantes:
- La conducta destructiva aumenta conforme aumenta la edad cronológica, en personas que no han tenido oportunidades educativas cuando eran jóvenes.
- A menor nivel de CI, mayor presencia de conductas destructivas. Podría ser que el nivel de comunicación fuera una clave importante a la hora de explicar este resultado.
- Más del 44% de las personas con diagnóstico doble o dual (discapacidad intelectual y trastorno mental) muestran uno de los tres tipos de conducta analizada.
- Cuanto más restrictivo es el contexto residencial, más prevalencia hay de conductas destructivas, pero la restricción no la originan solamente los “muros” sino esencialmente determinadas actitudes personales y la carencia de relaciones significativas.
- Cuanto menores son las habilidades de comunicación (específicamente limitación grave o carencia de medios expresivos de comunicación), mayor es la presencia de conductas desafiantes. Realmente este es uno de los datos más ciertos.
Considerando estrategias educativas de intervención Como hemos señalado anteriormente, las estrategias más efectivas para reducir o eliminar estas conductas desafiantes tenderán a posibilitar la modificación de su contexto inmediato y como consecuencia, sus interrelaciones. Una de las estrategias más efectivas consiste en estructurar el tiempo y el espacio, de modo que por medio de material analógico, es decir, dibujos-fotos-juguetes, se puedan representar las diferentes actividades a desarrollar durante el día, o durante la semana.
Representar una secuencia temporal, de los lugares donde va a desarrollar su actividad (aula de trabajo, recorrido desde la casa hasta la escuela, el negocio donde realizarán las compras) permitirá a ese niño o joven, tener una información anticipada de lo que deberá realizar, y dónde lo realizará y de esta manera se podrá disminuir la ansiedad que le produce enfrentar una situación desconocida. Ofrecer una información por adelantado permite prever situaciones y facilita la adecuación de una respuesta.
Otra estrategia posible estará centrada en la creación de habilidades de comunicación social, es decir, habilidades comunicativas funcionales para pedir objetos, pedir ayuda, para rechazar, para conocer nombres de personas, para regular/controlar la propia conducta. Propongo dos aspectos a tener en cuenta, que son de fundamental importancia: a) Trabajo en equipo: toda intervención ante conductas desafiantes deberá ser planteada desde un trabajo en equipo, donde cada uno aporte desde su mirada hacia un trabajo entre todos. b) Trabajo con la familia:
Sabemos que a la hora de plantear una intervención adecuada, ésta debe contemplar, además del entorno escolar del niño o joven, su entorno familiar, para lo cual es conveniente que la familia conozca, acepte y pueda implementar estrategias similares. Para finalizar, quiero tomar un párrafo de Javier Tamarit, en el que dice: “Todo esto debe darse dentro de un clima afectivo positivo, con relaciones basadas en la reciprocidad y en un contacto educativo general en el que cada alumno pueda ser capaz de elegir y tomar decisiones con la ayuda de los adultos, siendo así, participantes reales de la comunidad”.
Dora Samperio
E-mail de contacto: edicionesgruni2@sinectis.com.ar
 Bibliografía consultada:- “Respuesta contextualizada ante las conductas desafiantes en escolares con autismo”. Tamarit, J.

Comentarios

  1. Te puse como link en mi blog,

    http://catedraderechoshumanosrg.blogspot.com/

    Saludos desde Tierra del Fuego.

    Gustavo Garcia Casanovas

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