miércoles, 1 de junio de 2011

¿Qué es estar preparados para integrar?


La falta de preparación de los docentes de escuelas comunes para incluir, que es una de las excusas que suelen esgrimirse para una mala integración o para negarse a ella, aparece como una falacia, porque la diversidad está presente desde siempre en la escuela, no solo entre los alumnos sino en los mismos docentes
Es común, esperable y hasta predecible: en la charla con algún docente surge al modo cuasi defensivo, como frase contundente que se asienta y aferra en las faltas de la formación docente: “no estoy preparado para esto”.
“Esto” es lo que surge hoy en día ante alumnos que presentan dificultades en su proceso de aprendizaje y sobre todo en el trabajo con un alumno integrado desde la escuela especial o con una condición física definida y diagnosticada.
Es verdad que en la currícula de la formación docente no se desarrolla el trabajo con lo “especial” sino de costado, como tema que se toca superficialmente, como complemento y hay que reconocer también que se lo presenta a veces desde una perspectiva idealista, casi desde el “deber hacer” o “hacer el bien”, asociado -y esto es lo que no se dice- al temor del docente de ser tildado de discriminador si no acepta a un alumno, en un contexto educativo que separó siempre a los alumnos en categorías en un discurso de la educación dado a todos por igual.
Si bien conmueve (por lo que nos mueve) el estar en contacto con un niño así, y enriquece el espíritu, no se reconoce del todo que también genera temores, incertidumbres, dudas, ansiedades, angustias y otra infinidad de sentimientos que hay que aceptar. Una docente (¿por qué no? puede sentir, porque bajo el guardapolvo blanco o de color, como se estila ahora, hay una persona con una historia particular de vida, una historia escolar que la determina en su rol docente (conciente o inconscientemente) y una historia vocacional y también de tránsito por la institución donde se formó. Cuánto hay tras un rostro, tras una decisión, tras una mirada docente, y así las hallamos paradas allí, todos los comienzos de año recibiendo a los alumnos ideales, en un año que empieza blanco como cuaderno flamante, con expectativas en el nuevo grupo donde inconscientemente se depositan desde deseos de que los chicos sepan, hasta el éxito del propio docente en su tarea en un ámbito donde sus aptitudes profesionales se corroboran con la vara que mide el éxito del grupo de alumnos.
Si bien son intrincados y entrelazados con muchas cosas los motivos por los cuales se elige una profesión, aun cuando es un mandato familiar no hay que perder de vista que siempre el sujeto termina eligiendo y es bueno ver cómo cada uno se hace responsable de esa elección. No obstante, muchas veces esta historia de elección profesional determina el accionar del ejercicio de la disciplina: lo que se hace cada día con los otros con los que nos toca estar.
Y aun cuando se eligió la docencia “escuchando”, como se dice, la vocación, en el aula el docente se encuentra con más de lo que se esperaba.
Ante la repuesta del docente que plantea que no está “preparado” para tener en su aula un niño con un diagnóstico de discapacidad, me surgen las siguientes preguntas, ¿preparado desde lo conceptual, lo teórico, lo anímico, lo espiritual?. ¿Desde dónde nos dice el docente que no está preparado?
Y me siguen otras preguntas: ¿Están preparados para un alumno con trastornos de conducta o de la personalidad?
¿Para un alumno con una orientación sexual homosexual?
¿Para un alumno con dificultades de conducta porque sus papás se han separado?
¿Están preparados para un niño triste, deprimido, que no molesta en el aula pero que hace un hueco con su silencio?
Si no aceptar a un niño con diagnóstico de discapacidad es discriminar, ¿a cuántos habría que no aceptar porque no se está preparado para trabajar con ellos?, ¿cuántas situaciones de discriminación habría?
¿Es casual que mientras se intenta integrar a alumnos con diagnósticos de discapacidad, al mismo tiempo las escuelas especiales se están llenando de alumnos con serios problemas de conducta, niños “de borde” cuyas dificultades en el proceso de aprendizaje dificulta ubicarlos tanto en la escuela común como en la especial?
Esta es la tan mencionada diversidad, y no es tan difícil pensar que en realidad siempre estuvo en las aulas y que el sistema adaptó a la generalidad, mientras muchos en realidad quedaban afuera.
¿Cómo estar preparados para lo distinto? ¿Y lo distinto a quién?, ¿a mí?
Lo diferente qué nos causa: ¿angustia, temor, incertidumbre, pérdida de control de la situación o simple amenaza al saber docente? ¿Có-mo entablar un vínculo pedagógico con la diferencia?
Surge desde la frase “no estoy preparado” un no saber en aquel que históricamente fue el portador del mismo, pero aparece con la puerta cerrada a la oportunidad de conocer más. El docente hoy en día reconoce entonces no saber sobre lo que se le presenta en el aula, ¿se supone que está mal que no sepa? El problema no será el no saber sino el no querer saber, solicitando muchas veces que el alumno sea retirado o calmándose cuando se determina la reducción horaria, decisión muchas veces contraproducente si el alumno lo vive como rechazo y no son debidamente explicadas las razones.
Si uno no se siente preparado: ¿es tan difícil hacer algo para prepararse? ¿Cuál será el límite, la barrera que pondrán los profesionales de la educación en un futuro en cuanto a lo que no están preparados? Pensando en las problemáticas actuales, pocos serán los alumnos que se amolden al título de “alumno ideal”.
Por otro lado: ¿por qué sancionamos a alguien que es sincero y no a las docentes que en un doble discurso dicen aceptar pero con sus gestos y sus actos es notable que no lo hacen? ¿Es realmente bueno y positivo que se las obligue a aceptar a un niño así?, ¿qué tipo de vínculo pedagógico o humano se puede gestar en un clima de malestar? No es sencillo responder estas preguntas, pero creo que hay que hacerlas y empezar a contestarlas desde la verdad y escuchando al otro, en este caso el docente, también como sujeto.
Cuenta una anécdota en un grupo de docentes, que cuando se les preguntó cuál era el alumno ideal alguien respondió: “el que aprende solo”. La pregunta que me surge es: si los alumnos aprenden solos, ¿para qué trabaja el docente? Creo que el sujeto portador del saber se ve entonces interpelado por la pregunta de lo desconocido que son aquellos alumnos que no aprenden solos y que además aprenden de distinta manera unos de otros o en distintos tiempos.
Al plantear la educación desde un lugar donde se imparte a partir de una generalidad: “para todos igual”, se mantenía inmutable el saber del docente que ahora se abre a las preguntas que lo distinto, digamos lo particular, nos plantea como algo nuevo a conocer que yo aun desconozco en su naturaleza y por lo tanto desconozco cómo aprende.
Detrás de muchos diagnósticos de problemas de aprendizaje aparecen cuestiones relativas a la vida de los chicos: alumnos que viven su vida en soledad aunque estén siempre con alguien, sofocados por la inmediatez de la compulsión por el trabajo y el consumismo que vive su familia, las frustraciones de utopías lejanas de los padres, la falta de palabra por parte de los adultos sobre situaciones que terminan conociendo debido a que se encuentran como observadores estáticos pero conscientes de lo que está pasando, en medio de esto, mucha tristeza y un “para qué” del vacío que como sociedad buscamos llenar hiperquinéticamente con productos que no sacian, relaciones fugaces y límites confusos y llenos de doble mensaje. Quizá como sociedad no estamos cuidando a los chicos que nos dicen a través de la dificultad para aprender lo que no nos pueden explicar y que el adulto tampoco entiende y se queda en el simple rótulo de “problema de aprendizaje” que generaliza situaciones tan individuales como historias de vida hay. ¿Qué causa este problema de aprendizaje? Habría que empezar a preguntar. ¿Por qué un niño no puede aprender, no desea aprender, no elige aprender?, ¿qué quiere o necesita en realidad desconocer?
¿En qué nos ayuda un diagnóstico si no encontramos las causas reales, el contexto en el cual surgió y como fue vivido?
Si en la discapacidad además sumamos que en la mayoría de las situaciones existen dificultades de aprendizaje, ¿que vínculo posible podrá entablar el docente de esta nueva era?, donde lo ideal se convirtió en lo real. Y allí se desdibuja el guardapolvo blanco o el uniforme y sale cada uno tal cual es: con una historia que marca la modalidad de aprendizaje, los obstáculos en el mismo, las caras, las expresiones, las posturas y el cuerpo en sí.
Dentro del concepto de diversidad entrarían todos los chicos en el aula.
¿Cómo explicar la diversidad? Quizás como tantas cosas, viviéndola.
Esto es algo dedicado a los docentes: su propia diversidad.
Tantas docentes, como tantos alumnos, con tan diversa formación y sobre todo tan diversa historia de vida y de aprendizaje, condicionan -aunque se quiera negar u opacar sus efectos- la práctica cotidiana, las decisiones que se toman, el trato con sus alumnos, el tono de voz que utiliza, las palabras con las cuales los reta o los estimula, a quién mira más en el aula mientras da la clase, qué niño “le cae” mejor, qué le gusta más enseñar, qué le produce ira en su trabajo, a quién elige, lo que siente, lo que esperaba de la profesión, y lo que puede cambiar aun.
No sólo se debe ver qué contenidos transmite, o qué táctica implementa, sino cómo, cuándo, en qué tono, desde qué actitud y posición subjetiva.
Por eso es difícil dar pautas, porque de todos modos cada docente la implementará de manera distinta y con efecto distinto, por eso es artesanal.
Muchas veces cambia la postura del docente con respecto a un alumno con dificultades de aprendizaje o conducta cuando se acerca al conocimiento de la historia de ese alumno devenido ahora en sujeto-niño ante sus ojos.
Hay tantas docentes, tantos docentes y tan diversos como vidas hay. De todos modos, el docente también se encuentra en el mismo sistema educativo donde es uno más y que muchas veces no lo reconoce como diferente, en instituciones cerradas en sus discursos, donde la palabra nueva se vive como amenazante de la seguridad que con el silencio cobija problemas sin resolver que se arrastran durante años y que pasan de año sin ser puestos a reflexión, bajo la mirada de una bandera que se iza ponderando sueños nuevos que, sin rendirse, nos surgen en el cuerpo a pesar de todo, cada año lectivo nuevo, cada madrugada fría del amanecido del año escolar.
Analía Beatriz Reviglio*
* Analía Beatriz Reviglio es licenciada en Psicología.
E-mail de contacto: analiareviglio@hotmail.com

1 comentario:

  1. hola necesito comunicarme con uds, por temas discapacidad, educacion, derechos e inclusion creo q hay graves ineficiencias por part de la inspeccin de escuelas para con mi hijo. se los dejo en anonimo porq no se còmo se hace de otra manera. estoy en face como patricia f blanco
    tengo skype seria una buena herramienta. gracias!!!

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