sábado, 3 de agosto de 2013

¿Los mensajes de texto favorecen la desatención?


Los adolescentes de hoy en día parecen estar desarrollando apéndices tecnológicos que los acompañan a lo largo de sus actividades diarias, como teléfonos inteligentes, reproductores de música y tabletas, siendo que rara vez logran prescindir de ellos. La irrupción de estos dispositivos en la vida cotidiana es motivo de estudio por parte de especialistas que aseguran que estas tecnologías, sin la debida auto-regulación, impactan negativamente en el desarrollo de habilidades comunicacionales y competencias académicas. Una de las últimas investigaciones apunta al uso compulsivo de mensajes de texto como un factor que profundizaría los síntomas del déficit de atención 

A comienzos de año, un estudio difundido por el New York Times*, del cual se hicieron eco los principales periódicos de los Estados Unidos, daba cuenta de que la tasa de niños afectados por déficit de atención con hiperactividad (TDAH) se había disparado notablemente. Según una exhaustiva investigación de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC), el 11% de los niños estadounidenses de 4 a 17 habían sido diagnosticados con Trastorno por déficit de atención con hiperactividad (TDAH), siendo que la tasa había aumentado en un 16% desde 2007. 
Con este marco de alarma, científicos y especialistas de los países desarrollados se encuentran abocados a tratar de discernir las causas de este fenómeno que pareciera tan anclado en la calidad de vida y las problemáticas propias de nuestra actualidad. 
Toda una línea de investigación ha puesto el foco en el rol que pudieran jugar las nuevas tecnologías y los medios de comunicación para favorecer el notable incremento de trastornos de atención y la caída de las competencias académicas aun en niños pertenecientes a clases sociales altas o que no viven en contextos que los vuelvan vulnerables o los pongan en riesgo. 
Uno de los dispositivos tecnológicos que más se encuentra en la mira de los expertos en TDAH es la telefonía móvil. Investigadores de la Universidad de Yale dieron con la primera evidencia experimental de que la exposición fetal a la radiación de radiofrecuencia de los teléfonos celulares afectaría el comportamiento adulto. El Dr. Hugh S. Taylor, profesor y jefe de la División de Endocrinología, Reproducción e Infertilidad, encontró junto a su equipo que un grupo de ratones que fueron expuestos a la radiación desde su época embrionaria tendían a ser más hiperactivos y habían reducido la capacidad de la memoria. 
Anteriormente, y basándose en un estudio estadístico, Jorn Olsen, profesor y director de epidemiología en la Escuela de Salud Pública de la Universidad de California, había sugerido que las madres que utilizan teléfonos celulares durante el embarazo (y dejan que sus niños utilicen teléfonos celulares) aumentan el riesgo de problemas serios de comportamiento de sus hijos en un 80%. El hallazgo proviene de un estudio realizado sobre los hábitos de un grupo de madres de 13.159 niños daneses. 
Además de la influencia de los hábitos familiares y el posible efecto adverso de la radiofrecuencia durante el desarrollo embrionario, especialistas en conducta humana se muestran preocupados porque en los países desarrollados los niños parecen ser incapaces de desenvolverse sin sus teléfonos móviles, objetos de culto que parecen acaparar toda su atención… ¿En detrimento de qué? 
Según la neurocientífica Susan Greenfield, escritora, comunicadora y miembro de la Cámara de los Lores, especializada en la fisiología del cerebro y en medios de comunicación, los mensajes de texto, uno de los principales recursos de la telefonía móvil, estarían cambiando la forma en que funciona el cerebro de los niños y adolescentes. Greenfield asegura que la gratificación inmediata proporcionada por los teléfonos celulares, las redes sociales y otras herramientas de comunicación instantánea ha hecho que los más jóvenes esperen que la misma dinámica de inmediatez rija para todos los órdenes de la vida, desmotivándose fácilmente y quitando su atención de aquello que no corre por los mismos carriles de simplificación, ampliando significativamente los trastornos de desatención. 
Los niños de hoy en día tienen relámpagos en los dedos, pero sus procesos cognitivos y de elaboración de conceptos quedarían muy por detrás de sus habilidades para desempeñarse a través de los dispositivos tecnológicos. 
Para Greenfield y muchos otros neurocientíficos, ya no hay dudas de que las tecnologías de pantalla crean ambientes y nuevas formas de relacionarnos que pueden alterar la forma en que procesamos la información, el grado en que tomamos riesgos, el cómo nos relacionamos y la manera de empatizar con los demás, e incluso, en cómo palpitamos y conformamos nuestra propia identidad. De allí la importancia de desentrañar los mecanismos por los cuales un niño prefiere relacionarse con el mundo y comunicarse a través de una pantalla para lograr las estrategias adecuadas para atenuar los efectos negativos sobre su capacidad de atención y darle a las nuevas tecnologías su lugar como herramienta al servicio del hombre, de la identidad humana.

Desatención y nuevos hábitos
No se puede negar, para muchos adultos es casi imposible poder competir con las nuevas tecnologías por la atención de sus hijos. Las pantallas luminosas que invaden nuestra cotidianeidad crean un pequeño mundo de falsa seguridad, compensación y placer que cada día parecen aislarnos más que comunicarnos. Pero estos procesos frente a los cuales un adulto tiene la chance de regular y encausar, impacta en los niños de manera más intensa y dejando mayores secuelas. 
Ya en el año 2009, el profesor Michael Abramson, epidemiólogo de la Universidad de Monash en Melbourne, Australia, publicó una investigación donde se indicaba que el uso intenso de mensajes de texto, sobre todo en la modalidad de diccionario predictivo (una función que completa las palabras que comenzamos a escribir para acelerar el tiempo de escritura) hace que los jóvenes sean más impulsivos y menos precisos en su comunicación. 
"Creo que estos intercambios rápidos pueden estar contribuyendo a la disminución de nuestra capacidad de atención y tal vez incluso a la aparición de trastornos de déficit de atención", apuntó Abramson, quien además comparó el cerebro con cualquier músculo: "Si una persona usa su teléfono a expensas de todas las demás formas de expresión, habrá un desequilibrio resultante en su desarrollo."
En su investigación, Abramson declaró además que los niños menores de 10 años resultan especialmente vulnerables a padecer este efecto negativo, ya que sus cerebros están en pleno desarrollo.
“Creo que si el cerebro infantil está expuesto desde un comienzo a un mundo de acción y reacción inmediata, tales intercambios rápidos pueden acostumbrar al cerebro a funcionar dentro de los mismos plazos pero de manera imprecisa”.
En un experimento realizado recientemente en una escuela secundaria de Nueva York, se propuso a la mitad del cuerpo estudiantil que se abstuvieran de enviar y revisar mensajes de texto con sus teléfonos durante sólo dos días. El resultado de esta experiencia, también divulgada por el New York Times, arrojó que aquellos estudiantes que lograron llevar el desafío con éxito durante el plazo estipulado terminaron sus tareas de manera más rápida y efectiva que sus compañeros que continuaron con su rutina de mensajes de texto. Además de mejorar su desempeño escolar, el estudio demostró que durante esos días experimentaron un mejor relacionamiento familiar.
Una experiencia similar se llevó a cabo sobre una población de estudiantes universitarios, quienes, a diferencia de los secundarios y primarios, tienen acceso a sus teléfonos durante las clases. El Dr. Fang-Yi Wei, profesor asistente de comunicaciones de radiodifusión en la Universidad de Pittsburgh, encargado de la investigación, aseguró que los estudiantes universitarios que con frecuencia utilizan el servicio de mensajes de texto durante la clase tienen dificultad para permanecer atentos y en consecuencia corren el riesgo de tener malos resultados de aprendizaje. "Sabemos por estudios previos que los estudiantes universitarios que son usuarios regulares de mensajes de texto no interrumpen la mensajería durante las clases. Ahora vemos que los mensajes de texto interfieren con la capacidad del estudiante para prestar atención, algo que es necesario para el aprendizaje cognitivo eficaz",  comentó Fang-Yi.
Luego de evaluar meticulosamente las encuestas realizadas sobre los universitarios, el equipo de especialistas encontró una relación directa y positiva entre la autorregulación respecto al uso de telefonía y la atención sostenida. A su vez, la atención sostenida en las aulas se relaciona positivamente con un mejor aprendizaje cognitivo, en términos de mejores calificaciones e incorporación de conocimientos.
Otro de los factores que influyen en cómo el uso de mensajes de texto puede ocasionar problemas de atención es el horario en que mayoritariamente se utilizan.  
Se estima que un adolescente promedio envía más de 3.400 mensajes de texto por mes y durante la noche. 
El Centro Médico “JFK” de Nueva Jersey presentó un informe durante la 76ª reunión anual de la “American College of Chest Physicians (ACCP)”, donde encontraron que más de la mitad de los internautas y usuarios de SMS son propensos a tener problemas para conciliar el sueño, experimentando alteración de ánimo y problemas cognitivos y conductuales durante el día. Los encargados de llevar a cabo el informe concluyeron que en el momento en que el cuerpo y la mente tendrían que prepararse para el descanso, estos niños y adolescentes utilizan excesivamente la tecnología electrónica, lo cual podría llevarlos a sufrir trastornos como el TDAH, la ansiedad, la depresión y problemas de aprendizaje.
De acuerdo con el Medical News Today, dicho análisis, basado en un cuestionario realizado a jóvenes entre 8 y 22 años, se demostró que:
-El 77.5% de los participantes tenía problemas persistentes para conciliar el sueño.
-En promedio, los participantes fueron despertados una vez por noche por algún tipo de dispositivo tecnológico (tecnologías de la información y la comunicación, TIC), ya sea el celular o la computadora.
-En promedio, un participante envió 33,5 correos electrónicos o textos por la noche, cuando se suponía que debía estar durmiendo.
-Entre los participantes adolescentes, cuanto más edad tenían, más tardaban en acostarse y más tiempo pasaban con sus dispositivos TIC en la hora de descanso.
-Los varones fueron más propensos a utilizar las TIC para navegar por la red y jugar juegos en línea, mientras que las niñas eran más propensas a enviar mensajes de texto y hacer llamadas desde teléfonos celulares.
-Las altas tasas de problemas cognitivos y del estado de ánimo (TDAH, ansiedad, depresión y dificultades de aprendizaje) durante el día estaban relacionados con el tiempo de sueño pospuesto por el uso de las TIC. 
-También hubo mayores tasas de problemas durante la noche, como incomodidad física y movimientos excesivos, dolor de piernas e insomnio.
Dado este panorama, no es de extrañar que cada lunes maestros y profesores tengan que tomarse alrededor de tres horas para lograr captar la atención de la clase, ya que los fines de semana la actividad de mensajes y chat en las redes sociales se intensifica, limitando cada vez más el tiempo dedicado al estudio, el esparcimiento físico y el juego.
A partir de estos hallazgos, científicos y comunicadores no vacilan al afirmar que la generación Facebook está “en las garras del Trastorno por Déficit de Atención”.

Desarrollo del lenguaje y habilidades de comunicación
La mensajería de texto y la utilización de medios como Twitter y Facebook están reemplazando rápidamente a la mensajería de correo electrónico, llevando el lenguaje escrito a una nueva dimensión de inmediatez y falta de elaboración.
Otra de las quejas más escuchadas tanto en aulas de escuelas secundarias como en terciarias y universidades es el incremento de los problemas de redacción, los errores ortográficos y gramaticales y los problemas en expresión oral y lectura. 
Joan Lee, de la Universidad de Calgary, Canadá, ha llevado a cabo un estudio que revela que las personas que envían más mensajes de texto son también las más reticentes a incorporar nuevas palabras en su vocabulario. 
Según Lee, los medios impresos tradicionales exponen a las personas a una variedad y creatividad en el lenguaje que no existen en el intercambio de mensajes coloquiales entre dos personas. Y esto afecta, sobre todo, a los miembros más jóvenes de la apodada "generación de los mensajes de texto".
S. Shyam Sundar, quien dirigió una investigación equivalente para la Universidad Estatal de Pensilvania, argumenta que aumenta considerablemente la tendencia a escribir en jerga, utilizando atajos, homófonos y omisiones para componer un mensaje de texto de manera rápida y eficiente. Lamentablemente este proceso tendría como costo el entorpecimiento de la habilidad para saltar fácilmente del lenguaje técnico o la jerga al campo de las reglas normales de la gramática.
Por otra parte, también está creciendo cada vez más la predisposición a trasladar las abreviaturas y jergas de la mensajería de texto en la escritura formal. Se estima que el 64% de los jóvenes inadvertidamente utiliza algún tipo de atajo en su escritura formal e incluso en la académica.
Pero esta forma de simplificar y mediatizar la comunicación no sólo afectaría el nivel lingüístico, también  los aspectos de interrelacionamiento se están empobreciendo con el consecuente deterioro de las relaciones sociales. 
Nos estamos acostumbrando a una nueva forma de estar junto a otros pero a solas. Se trata de una paradoja sin precedentes, con todas las pujantes tecnologías de comunicación social en nuestras manos, estamos más conectados y potencialmente más desconectados que nunca. 
Entre los jóvenes y adultos esta realidad llega a tal grado que algunas personas están siempre pegadas a sus teléfonos, y se hace difícil incluso hablar con ellas en persona, aun en entornos como el laboral. 
Se sabe que los jóvenes entre los 18 y 24 pasan la mayor parte de su tiempo diario en Internet. En el último año, los usuarios de redes sociales, chat telefónico y mensajes de texto aumentaron su tiempo de utilización en un 76%, y el tiempo total dedicado a las redes sociales se incrementó en general un 24%. 
Esta propensión ha vuelto a las personas más dependientes de la tecnología y hay una tendencia a centrar menos esfuerzo en las interacciones personales.
Comienzan a darse casos cada vez más recurrentes donde algunas personas ignoran que han dejado de responder a las llamadas o están evitando interacciones íntimas, por el grado de ansiedad que les supone, en contraposición a los relacionamientos virtuales, donde cada comunicación puede ser “controlada” y debidamente “editada”. Esto puede, en un futuro no muy lejano, crear serios problemas en las relaciones, actividades y desempeños de la vida diaria.
En este sentido, no caben dudas de que el uso compulsivo de mensajería celular puede afectar gravemente las habilidades de comunicación en los adultos, y más aún en los niños, sobre todo en aquellos en cuyo entorno no se da valor ni se promueven las interacciones atentas y compenetradas.  
Aunque existen demasiados intereses de por medio y la información no circula con la urgencia que debiera, son muchos los estudios y los informes que advierten que volcarse compulsiva o irresponsablemente a la utilización de las TIC supone el riesgo de infantilizar la mente, disminuir su maravilloso potencial a lapsos cortos de atención, acostumbrarla al sensacionalismo, a la incapacidad de sentir empatía y a un sentido débil de la identidad. 
La pura compulsión a la que nos invitan estos dispositivos a través de una adictiva plataforma de recompensas y estímulos inmediatos provoca en nuestros sistemas químicos cerebrales alteraciones propias de una adicción a las drogas. Por lo tanto no deberíamos subestimar esa fascinación que nos provoca el interactuar mediatizado a través de una pantalla donde de a poco se van ausentando el gesto y la voz, los elementos más ricos de la expresividad anímica. 
Los dispositivos móviles están aquí para quedarse y lo cierto es que vigilar el uso indebido o compulsivo de los teléfonos celulares en las escuelas o en los hogares es casi imposible. El desafío está puesto, quizás, no en luchar contra la tecnología sino en direccionarla para que nos brinde una mejor calidad de vida, convertirla en una aliada, promoviendo su adecuado uso y dialogando con los niños y adolescentes acerca del impacto que puede causar su mal uso. Pero quizá, sobre todo, dar el ejemplo como adultos responsables, sin mezquinar nuestra atención y nuestro verdadero interés por la vida y por quienes nos rodean.
Las nuevas tecnologías pueden, en realidad, estar queriendo decirnos que lo humano del hombre no es una garantía ni un bien dado, sino una constante y celosa construcción. Y a donde cedamos en ello, lo maquinal del hombre va a ocupar su lugar sin dudarlo. 

Luis Eduardo Martínez

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