lunes, 17 de febrero de 2014

El desafío de la escuela es atender la diversidad”


¿Qué desafíos atraviesan hoy al aula inclusiva? ¿Qué recursos están al alcance de los docentes para atender a un alumnado que encarna la diversidad? ¿En qué medida la teoría y la práctica eclipsan la mirada de los profesionales de educación y discapacidad en ausencia de procesos reflexivos que problematicen y enriquezcan su desempeño, ya sea en el aula o en el consultorio? El Cisne dialogó sobre estos temas candentes y complejos con la Psicopedagoga María Constanza Orbaiz, fundadora de “Desde adentro”, quien, desde su experiencia como profesional y como persona con Parálisis Cerebral, logra acceder a ricas perspectivas que muchas veces escapan a los especialistas que desconocen cómo es vivir la escolaridad desde la vivencia concreta de lo diverso.

Otro periodo escolar concluye y tanto en escuelas como en hogares comienza un arduo proceso de balance. Cada año son mayores los desafíos y tensiones que se juegan a la hora evaluar el desempeño de docentes y alumnos. Las aulas se han convertido en territorios donde, como nunca, se debaten problemáticas sociales que decantan en una profunda crisis que mantiene su latencia y no logra desbordar hacia un conjunto de estrategias que permitan dar con un nuevo paradigma educativo capaz, no sólo de recibir a la diversidad en las aulas, sino de contener y satisfacer sus necesidades particulares y de acompañar y proyectar sus potencialidades. En síntesis: ayudar a los alumnos con necesidades educativas especiales a alcanzar una vida lograda.  
“En este último tiempo asistimos a un cambio de paradigma en cuanto a la escolarización de los alumnos con discapacidad. En el cual se comenzó a considerar la importancia de que los mismos aprendan en la escuela común. Así fue cómo las instituciones de educación especial empezaron a pensar las estrategias pertinentes para que aquellos niño/as puedan pasar al régimen común. Cada vez que ello sucede, es decir que se comienza con una integración, es importante que las personas intervinientes puedan reflexionar acerca de sus concepciones sobre la discapacidad, la integración, etc. Pues, cada uno tiene sus propias ideas acerca de estas cuestiones y probablemente opere desde aquellas”, afirma María Constanza Orbaiz en su blog “Desde adentro”, un espacio que tiene como objetivo principal llegar a abordar la discapacidad desde un punto de vista distinto, que va más allá de los diagnósticos, pronósticos y tratamientos, intentando comprender cuáles son las vivencias de alguien que convive a diario con esta condición, y de esta manera poder tener una mirada más integral de ellas.
Orbaiz es psicopedagoga egresada del Instituto Pedro Poveda, desempeña su tarea tanto en el ámbito escolar como en el  clínico y brinda talleres y ateneos sobre discapacidad en diversos lugares: colegios, CET, encuentros y congresos. Su abordaje particular es el resultado de años de estudio pero especialmente, de vivir con una discapacidad. Es precisamente su convivir a diario con una parálisis cerebral lo que le posibilita esa “mirada distinta”, desde adentro de la discapacidad, sin rodeos ni intermediarios.
El Cisne se entrevistó con Constanza Orbaiz precisamente para ahondar en este valioso bagaje de experiencias que aportan luz sobre temas que por separado tienen un gran peso, pero que hablan de una misma realidad: la de un encuentro sincero y urgente con la discapacidad más allá de las etiquetas. 
Si tomamos el concepto de “reflexión” desde sus múltiples acepciones, encontramos que también se trata de un “considerar” y de un “reflejar”. Y ésta es pues la total dimensión del término a la que Orbaiz exhorta tanto a especialistas en educación como en discapacidad, no sólo a meditar sobre su práctica profesional, sino a poder ser espejo del otro y también a poder reflejarse en él. Porque allí donde retiremos la mirada, allí donde se caiga en automatismos y formulismos, iremos perdiendo la capacidad de ser empáticos y contribuiremos a “crear discapacidad” al perder la verdadera dimensión de sujeto. 
 
Una maratón sin línea de llegada
Si bien la Psicopedagogía le permitió reencontrarse con su vocación, determinar sus objetivos de vida y alcanzar un desarrollo profesional, es la  honda vivencia de su escolaridad como alumna integrada lo que le permite acceder con gran sensibilidad y una profunda lucidez a los intersticios de las problemáticas educativas de los alumnos con necesidades especiales. Son los años de temprana observación, de frustraciones, de lucha y de dolor los que hoy se transforman en la práctica de Orbaiz en puentes para acceder a perspectivas de superación.      
“Desde muy chica me interesó trabajar con niños con discapacidad, yo era muy observadora y ya en el centro de rehabilitación al que iba, contemplaba a los otros niños, cómo los trataban y la interacción con los terapeutas. Pero por otro lado, la escuela me costaba mucho, me costaba un montón proyectarme. Ya a partir de sexto grado estaba muy desfasada en cuanto a los contenidos, y me costaba mucho seguir el ritmo de los demás, que no era mi ritmo. Era como correr una maratón que sabía de antemano que iba a perder. Los dos últimos años sufrí mucho, pasaba más tiempo en un grupito aparte, apartada de mis compañeros. Esa separación y ese sentir que los otros podían y yo no, hizo un gran daño en mí, me costó mucho recuperarme. Luego pasé a la escuela secundaria, me nivelé con profesores particulares y allí vinieron otros desafíos, más de tipo social. El defasaje que antes sentía en lo académico, ahora lo experimentaba en lo social. Fueron años de mucha tristeza que opacaron la fuerza que yo tenía, las ganas de hacer una carrera que me permitiese proyectar algo distinto. Terminé la secundaria rindiendo libre porque no podía con el ritmo de la escuela y apareció primero el deseo de estudiar educación especial, que cursé durante un año, pero sentía que tanto la preparación como el abordaje eran muy pobres y entonces me pasé a psicopedagogía, que anteriormente había descartado porque la consideraba muy difícil”, relata Orbaiz. 
Con la posibilidad de llevar las riendas de sus propios ritmos, Constanza decide cursar la carrera en el doble de tiempo, ocho años. Los primeros cuatro años los hacía con mucho esfuerzo y conciencia pero tampoco conseguía proyectarse, retomar ese impulso que la habitaba en la niñez. 
“Muy de poco me fui reconectando con el deseo de realizar un abordaje diferente. No tuve muchas materias sobre discapacidad, pero de todos modos sentía que se trataba de más de lo mismo, que todo se encuadraba desde una mirada enciclopédica, y eso me parecía terrible. Al mismo tiempo, después de haber interrumpido durante años mi terapia física, retomo ya como adulta y vuelvo a ver lo mismo que experimentaba como niña: en muchas ocasiones descuidos hacia el cuerpo del niño, tratos abusivos, un llevar y traer personas en sillas de ruedas sin tomar conciencia de sus miradas, sin un saludo de por medio, sin un contacto humano. Todo me llevaba a reflexionar sobre la manera en que esto puede impactar en una persona con parálisis cerebral, donde cuesta tanto que el sujeto se apropie de su cuerpo. Tanto manejo desproporcionado por parte de otros, no ayuda en nada, al contrario, contribuye a que el sujeto se evada cada vez más. Esos chicos que se ausentan, en realidad no miran porque no tienen un otro en el cual reflejarse.”
Orbaiz hace hincapié en una necesidad que va mucho más allá del “supermercado de terapias” y abordajes que puede estar a disposición de un niño con discapacidad. Se trata de la necesidad de tener un encuentro verdadero, de ser reconocidos en su integridad. “Cuando doy los ateneos, resalto que esta fragmentación en tantas terapias, donde los profesionales no ven a la persona en su integridad, sino que ven sólo partes: el kinesiólogo la pierna, el fonoaudiólogo el lenguaje, etc., no ayuda a la conformación saludable del todo que constituye a cada persona”. 
Y precisamente, si no se hace surgir al sujeto, reconociéndolo, saliendo a su encuentro, pensar en un proceso exitoso de escolaridad es apenas una mera ilusión. El aula inclusiva debe ser mucho más que un espacio donde convive la diversidad, sino donde se aprende de ella y se brindan los recursos necesarios para que cada quien alcance sus propios objetivos.
“Un niño que vive en un ambiente en el cual se valora la diversidad, es sin dudas un niño que va a poder convivir mejor y va lograr transcender mejor las dificultades. Porque realmente la manera en la que él pueda aprender a conocer su situación va a marcar la diferencia no sólo para él, sino también en su contacto con el mundo”, comparte Orbaiz en uno de sus artículos publicados en “Desde adentro”.

El arte de reflexionar y problematizar
Mientras cursaba la mitad de la carrera, Constanza Orbaiz comenzó a darse cuenta de sus posibilidades. La meta ya se hacía clara. Realizó su primera pasantía. Empezó a dar sus primeras charlas y a formar “Desde adentro” con miras a plasmar todo lo que sentía y pensaba, especialmente acerca de la infancia y del rol de los terapeutas. Tema del que aún hoy se ocupa.  
Desde entonces, viajó por el país brindando conferencias, convocada por la Fundación Obligado, entre otras.  Hasta el 2013, año en que comenzó a tomar pacientes de manera particular, a la par de su labor en la escuela.
¿Qué diferencias y particularidades encontrás entre tu etapa escolar como alumna y actualmente como psicopedagoga?
-En algún aspecto continúan las mismas problemáticas y por otra parte ha habido cambios. Hoy es más común dar con escuelas integradoras, no es raro que en un aula participen 3 o 4 chicos con discapacidad integrados, y esto a la sociedad le hace muy bien. En mi época sólo las escuelas Waldorf integraban. Se va apuntando a mayor formación y eso también es muy bueno. Actualmente estoy en una diplomatura de la Universidad de Marin, donde se busca la inclusión escolar pero intentando superar la dinámica de “ensayo y error”, que es con la que me educaron. Aún así, en lo profundo me parece que se repite esta historia donde todos van corriendo sacándole dos vueltas al alumno integrado, que no llega nunca porque pareciera que siempre le están moviendo la meta. Son muy pocas las personas que se dan cuenta de que por ahí no es, de que es necesario pensar en el sujeto, sin comparar. Por ejemplo, llega esta época de fin de año y en las escuelas abundan las reuniones entre maestros, terapeutas y acompañantes para poner pilas y lograr que el chico llegue a alcanzar a sus compañeros, pero eso es ilusorio. Aunque esté todo el verano estudiando, con apoyo y empeño, ¿cuál será el costo?, ¿Qué mensaje le estamos dando: que para llegar se tiene que matar? Esforzase sí, pero matarse no.   
¿Qué estrategias visualizás para salir de ese paradigma de “ensayo y error” hacia una estrategia integral?
 -Creo que hace falta mucho trabajo personal. Por ejemplo, realizándose una jornada de reflexión una vez por semana para meditar sobre cada niño integrado. Pero lamentablemente el sistema conspira contra esta posibilidad con la idea de que hay que integrar a todos, y eso es una mentira, no se puede integrar cualquier cuadro. También es importante que un niño con dificultades pueda hacer permanencia en el jardín, donde un año más puede hacer la gran diferencia en su proceso madurativo. Hay muchos absurdos, no se puede pretender que todo el conocimiento pase por la carpeta o que al llegar a segundo grado el niño ya no se mueva en el aula, que tenga que permanecer 4 u 8 horas con la cola en la silla. Eso en un niño con dificultades es una locura. Tiene que haber diversidad de fuentes de aprendizaje, como también más formación y perfeccionamiento docente, más flexibilidad, tiene que haber más formas de transitar la escolaridad. Un chico con discapacidad intelectual leve y con un cierto acompañamiento puede hacer la secundaria, pero no en 5 años. Entonces, ¿qué hacemos con ellos si no se adaptan? ¿Los mandamos a amasar? La escuela especial también está atravesando una crisis muy similar a la de la escuela común donde se tiende a encuadrar a los sujetos. 
A este panorama se suma además el desafío de los niños sin discapacidad pero que de todos modos no logran adaptarse al ritmo de aprendizaje de los demás compañeros y que son empujados hacia las etiquetas psiquiátricas y la medicación, como aquellos con dificultades de atención o hiperactivos.
“Los chicos integrados al menos están con su maestra integradora, acompañados y contenidos, tienen su plan y los objetivos a alcanzar son más flexibles. Pero esta otra franja de alumnos, 5 o 6 chicos por sala, están a la deriva y a la larga terminan con un certificado de discapacidad para poder acceder a las prestaciones médicas. Estamos produciendo discapacidad por un problema de no poder atender a la diversidad. No podemos ponerle a un niño de cuatro años en estas condiciones un certificado de discapacidad, ¿cómo volvemos para atrás después? A mí me llevó muchos años sacarme de encima el mote “de que yo no iba a poder”, y no estaba en ningún papel, imaginemos entonces cuando además está inscripto en un papel…
Es muy complejo. Este grupo de niños están necesitando de toda nuestra atención”, asegura Orvaiz. 
¿Pensás que el bullying también es impulsado por esta falta de atención y contención? 
-Sí. Pero esta problemática también puede generarse por el desinterés de los padres y su falta de apoyo, en combinación con la falta de estrategias de los docentes. Todo esto también habla de un descuido muy grande hacia la infancia y de una adolescencia que está sobrevaluada, vivimos rodeados de adultos que no quieren ser adultos, que permanecen en la adolescencia, y en el medio, los chicos con desafíos o discapacidad no encuentran con quiénes expresarse. 
Otro de los graves conflictos desentrañados por Orbaiz es la incapacidad del sistema para lograr que los niños con necesidades especiales se encuentren con su deseo, deseo sin el cual pensar en el aprendizaje se vuelve absurdo. Se trata de una situación trágica que se arrastra también en muchas escuelas especiales y centros de rehabilitación. “No puede ser que si el niño no mira, dé lo mismo si lo saludo o no, o da lo mismo en dónde le cambio el pañal, y así es cómo se va desubjetivando a la persona. Lamentablemente, hoy en día muchos profesionales en discapacidad prefieren pasar más tiempo hablando del bótox que ponen en los gemelos de un paciente con parálisis cerebral que analizando cómo tratarlo”, confronta.
Aquí llegamos a otra dura realidad, cuando la teoría se interpone entre la persona con discapacidad y el profesional, cuando el cuerpo teórico levanta un muro ante la propia sensibilidad y la capacidad empática. 
De hecho, y si bien la misma Orbaiz señala lo importante que fue su formación para lograr empoderarse y trabajar por sus sueños, durante la misma, su riquísima experiencia como persona con discapacidad no fue tenida en cuenta, e incluso alguna vez debió enfrentarse a la estigmatización. “Muchos profesionales se forman en cómo atender a personas con discapacidad, saben toda la teoría, pero no se capacitan para tener alumnos o colegas con discapacidad. De hecho, siempre me resulta conflictivo tratar con los especialistas en Parálisis Cerebral, porque son los que más dificultades tienen para lograr verme como sujeto.”
Sucede entonces que si bien vivimos en una sociedad que se encuentra más preparada para protagonizar procesos de inclusión, por otra parte, cuando la persona con discapacidad se empodera, no se le abren los espacios suficientes para que comparta su experiencia y su subjetividad o para poder realizarse en igualdad de condiciones. 
Por esto mismo Orbaiz insta a los docentes y especialistas a que trabajen siempre problematizando sus prácticas, tratando de ampliar a cada paso sus puntos de vista y sus referencias. “Es muy importante cuestionar las propias prácticas y hacer a un lado los abordajes en serie, porque en el medio se nos va la vida, se nos van los pibes. Tiene que tenerse en cuenta que si todo es reflexión, nos perdemos en la teoría y estamos expuestos a caer en facilismos. La teoría, la práctica y la reflexión son tres ejes que tienen que interactuar constantemente. Y hoy por hoy, nos falta la pata de la reflexión. Es muy importante que los profesionales se formen en la reflexión. Hoy nos encerramos en teorías y prácticas y carecemos de la debida reflexión”, sostiene.
El análisis preciso y desafiante que realiza Costanza Orbaiz es mucho más que una mirada que habla “desde adentro” de la discapacidad, pertenece a una intensa experiencia de vida que día a día se actualiza y se contrasta con cada nueva experiencia en el propio quehacer cotidiano, tanto en las escuelas como en el consultorio, recorriendo el país e impregnándose de otras realidades y desafíos. Nada mejor puede esperarse para la concreción de las deudas pendientes que la participación plena de jóvenes con discapacidad en las más diversas áreas de la sociedad y especialmente en el desempeño de aquellas profesiones íntimamente ligadas con la condición. Aportes como los de Orbaiz son irremplazables y vitales, no sólo por la agudeza, la sensibilidad y la comprensión, sino por permanecer constantemente abiertos a la reflexión, espejando la mirada que pugna por asumirse y dejándose espejar en la mirada que lucha contra sus límites y prejuicios por reconocer al otro. 

Luis Eduardo Martínez

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