lunes, 17 de marzo de 2014

Jennifer Robayo, la niña ciega que conoció el cine


La joven de 17 años en condición de discapacidad visual presenció una película especial.

Un concierto de carcajadas, gritos y murmullos advertían que faltaban escasos minutos para el comienzo de la proyección del clásico animado La dama y el vagabundo, la primera película del año programada dentro del ciclo ‘Cine para todos’.
Esta es una iniciativa del Ministerio de Tecnologías de la Información y las Comunicaciones (MinTIC), Cine Colombia y la Fundación Saldarriaga Concha, que busca acercar el cine al público de Bogotá y otras ciudades (especialmente a personas en condición de discapacidad).
Resultaba curioso ver en medio del tumulto de personas que llegaban a la primera función del 2014, a una jovencita llorando mientras su madre intentaba tranquilizarla. Ella, Jennifer Robayo, lucía frágil y lacónica, y en ese momento andaba inmersa en sus tribulaciones.
“Lo que pasa –explicó doña Miryam Guerrero, su mamá– es que ella es invidente y le da miedo ponerse los audífonos que dan aquí en el cine”.
Jennifer permaneció inmóvil junto a su madre, quien afanosamente pero con cariño intentaba convencerla de ponerse los audífonos. Estos dispositivos electrónicos, que se conectan a una pequeña consola parecida a un walkman, permiten a las personas en condición de discapacidad disfrutar de una función de cine porque les describe las escenas y personajes de las películas; así, en los momentos donde no hay diálogos, las descripciones se convierten en los ‘ojos’ del espectador.
Miryam encontró los argumentos para convencer a su asustada hija: “Mija, pongáselos que son igualitos a los que usted usa en el café internet del barrio para oír esa música que le gusta”. “¡Gabriel Arriaga y Nelson Velásquez, mami!”, la interrumpió con vehemencia Jennifer, y entonces una sonrisa se dibujó en su semblante.
La mayoría de los asistentes ya habían participado en ‘Cine para todos’ el año anterior. Entonces se colocaban con naturalidad sus audífonos, se sentaban a pierna suelta y devoraban con voracidad las palomitas de maíz y gaseosa que habían adquirido en la cafetería.
Jennifer se comportaba como un explorador en tierra ajena: se arrinconó en el asiento y se veía rígida, y una vez comenzó la película se ensimismó con los audífonos en un ritual donde su cabeza gacha advertía que el sonido de las narraciones la mantenían absorta.
Las audiodescripciones fueron un motivo de gozo para Jennifer: se carcajeaba al escuchar las descripciones de personajes como el perro Tony, “larguirucho, viejo y flacuchento”; cantaba el coro de las canciones (una de ellas, Noche de paz) y le relataba a su mamá algunos sucesos de la película.
“¡Mami, mami! ¡Destaparon los regalos y hay una perrita!”. La mamá, emocionada, le respondía con comentarios variados: “Joc es igualito al perrito de tu tía”.
A la salida, antes de irse para Bosa en bus, doña Miryam aseguró que seguirá asistiendo. A través de la imaginación, su hija puede recrear una realidad mucho más potente.
RAFAEL CARO SUÁREZ
Especial para EL TIEMPO

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