viernes, 8 de mayo de 2015

Trastornos de conducta y de atención: Pastillas para tranquilizar... ¿a los adultos?


En las últimas dos décadas, los trastornos de la conducta y de la atención pasaron de ser una cuestión relativamente menor a transformarse en un creciente problema durante la niñez y la adolescencia, al extremo de que entre el 5 y el 6% de ellos en edad escolar, en promedio, presentan esta problemática. Las críticas y las defensas al incremento de la medicación resultan antagónicas. ¿A quiénes creerles?

Introito

Parece inevitable referirse, cada tanto, a los cuestionamientos que surgen alrededor de la medicación de niños con diversos Trastornos de la Conducta, porque se trata de un fenómeno que, lejos de menguar, cada día crece, lo que llama poderosamente la atención, ya que no se trata de afecciones que puedan contagiarse a través de un microorganismo.
Tampoco existen evidencias de que factores ambientales antropogénicos, tales como la proximidad a sustancias tóxicas (metales pesados, agrotóxicos, etc.), puedan provocar los cambios conductuales y las carencias atencionales que reclaman la administración creciente de psicofármacos a edades cada vez más tempranas.
En general, no se duda de los beneficios que aporta la medicación en casos puntuales, debidamente certificados, en los, que como consecuencia de un síndrome, enfermedad o alguna afección física o psíquica, temporaria o permanente, ellos son absolutamente necesario para el bienestar del propio paciente.
Lo que siembra las dudas es que nadie puede explicar ni los cómo ni los por qué, pero las estadísticas demuestran que mientras las tasas de incremento de la población mundial se hallan en el orden del 2,16% anual, los psicofármacos más que duplican esa tasa y se ubican en promedio por encima del 5%, por lo cual el crecimiento vegetativo tampoco sirve para fundamentar los ribetes epidémicos de este fenómeno.
Sin embargo, existen sectores de las distintas disciplinas que conforman el campo de la Salud que explican que la medicación, y especialmente la referida a niños, es absolutamente necesaria y que resulta benéfica.
Como en casi todas las circunstancias de la vida, existen dos posturas antagónicas, las que trataremos de reflejar en las líneas que siguen.



Críticas a la medicalización
La primera objeción que se hace a esta tendencia es que los criterios diagnósticos han sufrido un relajamiento muy importante en las sucesivas actualizaciones que han modificado los instrumentos que se utilizan internacionalmente para detectar las enfermedades de orden psiquiátrico, ampliando las categorías de lo que implica patología, bajando los umbrales a partir de los cuales se considera tal.
En ese sentido, se cita que tanto el DSM-V como el CIE-10 contienen menos requisitos y que rubros tales como “otras”, “no especificadas” o similares, extienden la clasificación más allá de lo razonable, puesto que, de este modo, casi cualquier conducta levemente disruptiva podría contabilizarse como medicable.
Un trabajo realizado por profesionales argentinas de distintas áreas en 2009 y publicado en la revista Margen nro. 54, titulado “La industria farmacéutica en los procesos demedicalización/medicamentalización en la infancia”, explica cómo los laboratorios, en general, y los que producen las drogas estabilizadoras de la conducta en particular se valen de técnicas de marketing que implican “financiamientos a asociaciones de pacientes y familiares; publicidad directa de medicamentos bajo prescripción; publicidad encubierta usando campañas de concientización; compra de secciones en programas de televisión, incluyendo programas de noticias, uso de internet y campañas públicas con postas sanitarias ambulantes y ferias de salud para detectar población de riesgo y aumentar la demanda de servicios y en muchos casos de medicación”.
El estudio pone de manifiesto que al menos una parte de esta tendencia se debe a la promoción encubierta bajo el aspecto de noticias con carácter científico, sumada a la técnica de visitas promocionales a los profesionales en sus consultorios privados o en los centros de atención de la salud públicos y privados, a través de lo cual se instala la problemática (y su solución) en amplios sectores de la sociedad, creando la necesidad artificial de recurrir a medicamentos para encauzar las conductas “patológicas”.
Las estimaciones de que entre el 5 y el 6% de los niños presentan algún trastorno de conducta o atencional (que en algunos país como los EE.UU. casi duplica esas cifras) debieran resultar en una alerta mundial por parte de la OMS, puesto que si bien no se trata de una afección mortal, entraría en la categoría de pandemia, dado que afecta a millones a lo largo y a lo ancho del planeta.
Hace algunos años, un estudio publicado por investigadores franceses reveló que muchos de los miembros de la American PsychiatricAssociation que participaron en la elaboración del ya reemplazado DSM-IV tenían una estrecha relación con los laboratorios que producen los medicamentos que tratan estos trastornos, sea como consultores o directamente como empleados de ellos.
A su vez, otro trabajo realizado por miembros del Grupo de Estudios sobre Discapacidad, de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de la República, Uruguay, detectó que se había naturalizado tanto la administración de drogas a los niños inquietos que su prescripción se realiza prácticamente sin diagnóstico por parte de pediatras y psiquiatras, usualmente a demanda de los educadores y de médicos de otras especialidades y, en menor medida, también de los padres.
Corroborando este aserto, se hallan numerosos testimonios que indican que es una práctica usual que se los medique únicamente durante el período escolar, porque no pueden estar quietos en las clases, resultan agresivos con sus compañeros o no respetan a las autoridades, mientras que fuera del ámbito escolar su comportamiento es normal.
Todos estos argumentos, explican quienes se oponen a la medicación compulsiva, demuestran que el incremento de esta tendencia es artificial, producto de intereses económicos y/o de la falta de autoridad de las personas que debieran representarla, de causas sociales y no un problema puntual de cada uno de los millones de medicados, que, más que beneficiarios, resultan víctimas.
Otro punto que se cuestiona tiene que ver con los efectos que producen a largo término los consumos de estas drogas.
Según explicara en una exposición en una mesa redonda auspiciada por la revista Topía en 2012, Beatriz Janin, Licenciada en Psicología por la UBA, directora de seminarios en universidades e instituciones de salud en Argentina y en España: “¿Qué le transmitimos cuando le planteamos que toma tal pastilla para quedarse quieto, atender al docente, hacer tareas que no le gustan? Los niños traducen: ‘tomo una pastilla para portarme bien’. Lógica que se podría replicar después, durante la adolescencia, en: ‘tomo una pastilla para poder bailar durante 10 horas seguidas o para adelgazar’. Idea de un cuerpo-máquina que debe recurrir a un estimulante externo para mantener un funcionamiento ‘adecuado’ a lo socialmente esperable. Se resuelve un problema a través de la ingesta de algo, sin cuestionamientos”.
Desde esta perspectiva, uno de los riesgos de la medicalización es que fomenta las adiciones y la dependencia de sustancias (que no necesariamente desembocará en el consumo de aquellas prohibidas). Lo que se agrava si se considera que muchos de estos medicamentos son adictivos y que su supresión debe ser paulatina y supervisada, porque pueden producir síndrome de abstinencia.
Otros estudios sugieren que la ingesta durante períodos prolongados de estos medicamentos tienen sus consecuencias.
Es sabido que desde el paracetamol hasta las drogas más complejas tienen efectos secundarios, antagonismos y contraindicaciones.
Desde esta perspectiva, se señala que la acumulación en el organismo de dichas sustancias puede provocar daños en diversos órganos del cuerpo e incluso los más aventurados estiman que su utilización durante años y años reduciría las expectativas de vida hasta en un 20%. También se reportan aislados casos fatales atribuibles a ellas.
A su vez, otro tema de discordia importante es que con esta modalidad lo que se hace es no preguntarse por la causa de esas conductas que se reputan como inapropiadas y que, en realidad, lo que se hace es enmascarar y acallar los síntomas, sin resolver el problema de base, con lo cual, lejos de una curación, lo que se produce es una cronificación de la dolencia, al no resolverla.
Por otro lado, un aspecto a considerar es que se aduce que la diagnosticación indiscriminada ubica a quien resulta objeto de ella en una posición de la que resulta muy difícil salir, más allá de que se recurra o no al certificado de discapacidad, dado que la marca social quedará sobre la persona y que, incluso, en muchas oportunidades convence hasta al propio sujeto de que ese es su lugar y le impide sobreponerse y/o recurrir a otros tratamientos.
Entre muchas otras críticas que se efectúan al respecto, una no menor tiene que ver con cuestiones sociológicas.
En este sentido, existen quienes creen que más que una especie de pandemia de Trastornos de la Conducta, parte de la responsabilidad de lo que se considera así tiene que ver con el rol de los adultos en las nuevas estructuras sociales.
A las ya mencionadas carencias de las figuras de autoridad habría que agregar que la pugna entre los modelos tradicionales de sociedad y los cambios que se han experimentado en las últimas décadas descoloca a los más vulnerables, entre los que se encuentran los niños y adolescentes.
La realidad de la ruptura de la estructura de la familia antigua y su reemplazo por otras formas; el ritmo acelerado de vida que se da en muchos estratos sociales; el escaso tiempo que pasan, en promedio, los niños con sus padres; las crisis educativas; las económicas; la falta de control adecuado (esto es, ni demasiado laxo ni tan estricto) sobre la información que reciben; el efecto difusor de los medios de comunicación de conductas inapropiadas (bullying, violencia, trastornos alimenticios, etc.) causaría un desfasaje que impulsaría a la disrupción, el que quizá pueda ser paliado en el corto plazo por los medicamentos, pero cuyas raíces más profundas es necesario atender, si se quiere revertir la tendencia.
Otro aspecto singular que muestran las críticas es que, respecto del poder adquisitivo, el aumento de casos no es parejo. En ese sentido, aquellos países con mejores ingresos tienden a elevar el promedio, puesto que los casos resultan mucho más numerosos (para 2008, los psicofármacos en EE.UU. facturaron algo más de 14.000 millones de dólares, estimándose que para este año superarán los 20.000) y, dentro de los de menor ingreso per cápita, aquellos sectores en mejores condiciones económicas repiten el fenómeno. Al tiempo que países con elevada calidad de vida, como Alemania y Japón, pero con menor propensión al consumo de fármacos, mantienen bajos los promedios históricos de problemas de conducta. La conclusión a la que arriban es que se trata de una tendencia fogoneada por el marketing, que incluye prioritariamente a quienes pueden pagar los productos.



La medicación es necesaria
En el otro extremo, se busca desmentir los reparos.
En lo que hace a los factores ambientales, sociales y familiares, expresan que, al tratarse de un trastorno neurobiológico, ninguno de ellos puede reputarse como causante de los Trastornos de Conducta. Sí acuerdan en que cuestiones sociales, ambientales y familiares pueden contribuir a un agravamiento de los síntomas, pero su mejora no reduce la sintomatología.
Acerca de la acusación de que la epidemia se debe a un relajamiento de los criterios diagnósticos, expresan que ello no es así, sino que el establecimiento de la sintomatología fue evolucionando desde principios del siglo XX, cuando comenzaron a llamar la atención, y que los nuevos aportes de las investigaciones fueron configurando las categorías, afinando su caracterización y que simplemente las nuevas formas sociales, el aumento de las exigencias en la vida cotidiana, laboral, escolar, etc., las hace más patentes, al tiempo que su conocimiento más profundo hace, como ocurre con todas las patologías, que se detecten más casos porque los profesionales conocen mejor y están más atentos a su identificación, al mismo tiempo que la toma de conciencia por parte de la sociedad lleva a que crezcan las consultas.
También se intenta refutar que la utilización de fármacos sea una forma de sustituir otro tipo de terapias más prolongadas y costosas. Explican que lo que mejores resultados produce es una combinación entre medicación e intervenciones psicológicas. De todas maneras, postulan que, de tener que optar por una de las dos, las que resultan más efectivas son las basadas en medicamentos. También niegan que se trate de un enmascaramiento de los síntomas y que los efectos sean solamente paliativos.
Tampoco se hacen cargo de la imputación sobre dependencia. Aseguran que a las dosis prescriptas y tomados según la forma indicada no tienen efectos adictivos, ni producen acostumbramiento. Cuando se aumentan las cantidades, es por razones de incremento en la masa corporal y/o edad. Y asimismo rechazan que induzcan a la utilización compulsiva de otras drogas, afirmando que poseen estadísticas que demuestran que no existe diferencia al respecto entre quienes fueron medicados y aquellos que no.
En lo que hace a los efectos secundarios, explican que, efectivamente, todos los medicamentos poseen ese aspecto negativo, por lo cual el seguimiento debe ser estricto por parte del profesional prescribiente y que no todos los pacientes son pasibles de sufrirlos. Al mismo, tiempo aseveran que las drogas pertinentes tienen más de 60 años en el mercado, por lo cual está probada su seguridad, y que las muertes atribuidas a ellas forman parte de una especie de leyenda que se esparce por internet, pero que no tiene base probatoria científica alguna.
Otra de las atribuciones más frecuentes que se les hace a los defensores de estos tratamientos es que el uso de estos químicos está contraindicado para niños, sobre todo en el caso de los más pequeños.
A esto responden que ello no es así y que cuando se suministra a niños, ello se hace considerando la necesidad de acuerdo a la gravedad de los síntomas, la condición física y de acuerdo con las directrices de prescripción y diagnóstico.



Para terminar
Se hace difícil tomar partido por una u otra posición.
Preocupa sobremanera la extensión de este fenómeno que, en algunos casos, como en los EE.UU., implica que alrededor de uno de cada diez niños y adolescentes en edad escolar se halle en tratamiento farmacológico.
Para dirimir el conflicto, debería tomar cartas la OMS, realizar los estudios pertinentes por medio de profesionales idóneos e independientes que investigaran a fondo la problemática y establecieran parámetros claros para orientar no solamente a los profesionales, sino a los que deban tomar una decisión (padres, los propios niños y adolescentes, según su capacidad, como plantea la Convención sobre los Derechos del Niño), para que la cuestión no se pareciera más a un acto de fe que a una elección racional.
De todas maneras, creemos que habría que pensar bien e intentar asegurarse lo más posible antes de someter a un niño a un tratamiento que lo hará depender de una pastilla (aunque no produzca adicción) y que lo estigmatizará, ubicándolo en una posición difícil. Tal vez sería necesario intentar una explicación multicausal para el fenómeno global y las soluciones individuales para cada sujeto comprometido, teniendo en cuenta que los atajos no siempre resultan la mejor solución.
Todos queremos lo mejor para nuestros hijos, por lo cual es necesario tener en cuenta que no siempre el camino rápido es el mejor. Se trata de una situación realmente complicada, que cada uno debe resolver a conciencia.



Ronaldo Pellegrini
ronaldopelle@yahoo.com.ar

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