sábado, 18 de julio de 2015

Discapacidad emocional: ¿un nuevo tipo?


Se llama así a la incapacidad de expresar adecuadamente las propias emociones, lo que dificulta la interacción social. Suele manifestarse con mayor fuerza durante la escolaridad. Concepto relativamente nuevo, se desconoce qué la causa, aunque existen ciertos factores que podrían dispararla. Su existencia genera apoyos y rechazos.


Para comenzar
Los avances de las ciencias abren nuevas perspectivas para comprender lo que nos rodea e, incluso, a nosotros mismos.
El conocimiento se acumula y su transmisión se hace casi en tiempo real. Surgen nuevas teorías que desplazan viejas creencias o aportan nuevas herramientas para su comprensión, al tiempo que muchas otras no logran demostrar su utilidad y/o consistencia y se desvanecen tan rápidamente como aparecieron.
Precisamente el acopio de saberes lleva a que aquella pretensión monolítica y totalizadora de cada campo científico se desmorone por su propio peso, el de la imposibilidad de que cualquier ser humano sea capaz de manejar el cúmulo de datos que se suman cada día a su especialidad, lo cual abrió camino para la especialización y a la multidisciplina como forma de afrontar la complejidad de los fenómenos.
Las ciencias de la salud no escapan a ese movimiento en busca de la especificidad que, al mismo tiempo, disgrega a la persona en diversas áreas, lo que requiere el trabajo conjunto de distintos profesionales para restablecer la unidad. Junto con ello, aparecen nuevas formas de encuadrar los padecimientos humanos, que suman adeptos y detractores a sus postulaciones.
Una de ellas es el concepto de Discapacidad Emocional.

De qué se trata
Se trata de una categoría relativamente nueva, con una vida que no va mucho más allá de las tres décadas, difusa (esto es, no hay persona o grupo que se atribuya su creación), que parece haber encontrado arraigo en el área de salud mental de los EE.UU. y desde allí comenzó a esparcirse por el mundo. De hecho, aparece como una de las discapacidades en la Individuals with Disabilities Education Act (IDEA) de 2004, de ese país.
Entre sus definiciones se encuentra que es una discapacidad que afecta la capacidad de una persona para reconocer efectivamente, interpretar y expresar emociones fundamentales.
También que es una discapacidad para aprender que no puede caracterizarse como proveniente de factores intelectuales, sensoriales o por problemas de salud, acompañado por la dificultad o la imposibilidad de construir o mantener relaciones interpersonales satisfactorias con otras personas, a lo que se suman conductas o sentimientos impropios ante situaciones normales, estados de humor persistentes que tienden a la frustración y/o a la depresión y una tendencia a desarrollar síntomas físicos y miedos en contextos que no lo ameritan.
Un dato no menor para su caracterización es que la mayor parte de las referencias que se hallan a su respecto están asociadas a la escolarización, esto es, desde esta perspectiva, podrían encuadrarse dentro de los Trastornos del Aprendizaje, aunque ello se debe a que se hacen más patentes estos problemas en la interacción obligada que supone la concurrencia a un espacio educativo y quienes sostienen su existencia, lo hacen como una entidad diferenciada de cualquier otra.
Se cree que existen factores que pueden dispararla, tales como los hereditarios, problemas cerebrales, el estrés, el funcionamiento familiar y muchos otros, pero, en realidad desconoce cuál es la causa de su aparición.
Diversos estudios realizados en los EE.UU. al respecto muestran que las mujeres son mucho menos propensas a la Discapacidad Emocional (DE), mientras que los varones afroamericanos superan largamente a otras etnias.
En el ámbito educativo norteamericano se reputa a la DE (allí se la denomina Emotional Disturbance) como un problema serio, que afecta a buena parte de la población escolar.
Las cifras que dan implican que el 3% de los escolarizados entre 6 y 7 años la presentan, mientras que existe una tendencia a aumentar en las etapas sucesivas: 5,6 entre 8 y 9; 7,3 entre 10 y 11; 10,2 entre 12 y 13; 13,1 entre 14 y 15 y 13% entre 16 y 17.
Según los Centers for Disease Control and Prevention (Centros de Prevención y Control de Enfermedades, agencia del Departamento de Salud y Servicios Humanos de los Estados Unidos cuya responsabilidad a nivel nacional radica en el desarrollo y la aplicación de la prevención y control de enfermedades, la salud ambiental y la realización de actividades de educación y promoción de la salud), aproximadamente 8,3 millones de niños en edades entre 4 y 7 años se hallan afectados, de los cuales algo más de un tercio (2,9 millones) se encuentran en tratamiento farmacológico.
Entre los síntomas más frecuentes, se destacan: hiperactividad, escaso nivel de atención, conductas agresivas o autoagresivas, escasa o nula interacción con otros, miedos, ansiedad, inmadurez, dificultades en el aprendizaje, fobias y tendencia a la depresión, los que, naturalmente, no necesariamente deben desarrollarse al mismo tiempo, ni en iguales circunstancias.
Un dato importante a considerar es que este tipo de conductas se prolonguen en el tiempo (todas las personas, en algún momento y por un período breve somos susceptibles de incurrir en algunas de ellas ocasionalmente) y que, además, no se deban a causas puntuales (muertes, mudanzas, mobbing, abuso, divorcio parental y todo otro tipo de circunstancias traumatizantes).
Algunas teorías sobre DE explican que, en realidad, se trata de un concepto amplio, que engloba una serie de desórdenes mentales, entre ellos:
Los relacionados con la ansiedad: Si bien es común que en algún momento cualquiera de nosotros se muestre ansioso, en este caso se hace referencia a aquella condición persistente, incontrolable, invasiva y de alto nivel que enmarca la vida del individuo, sin causas aparentes.
Desorden bipolar: También llamado enfermedad maníaco-depresiva, se caracteriza por los cambios repentinos entre la exaltación y la depresión, en ocasiones combinado con períodos de normalidad.
Desórdenes de la conducta: Básicamente, consisten en la dificultad extrema para ajustarse a las reglas del comportamiento social en los distintos ámbitos, que, entre otros rasgos, se presentan bajo la forma de agresiones, destructividad, tendencia a mentir, ausentismo escolar, impulsividad, etc.
Trastornos de la alimentación: Los más representativos son la anorexia y la bulimia, pero también incluye comer en exceso o, incluso, elementos que no son comestibles.
Desorden obsesivo-compulsivo: Este, que para algunos podía encuadrarse dentro de la ansiedad, consiste en mostrar conductas obsesivas cuya fuente son pensamientos intrusivos, recurrentes y persistentes, que producen inquietud, aprensión, temor o preocupación, que intentan ser evitados por medio de las compulsiones, que son repeticiones de acciones (lavarse las manos, contar objetos, limpiar, etc.) en forma ritual.
Desórdenes psicóticos: A su vez, este es un término que designa a un grupo de problemas que alteran las formas de pensar y de percibir. Los más usuales son aquellos que implican falsas creencias (por ejemplo, de que una o más personas complotan en contra del sujeto) o las alucinaciones, que es tener falsas percepciones sobre sucesos que no son reales.

Detección y tratamiento
Casi todos los escritos sobre DE concuerdan en que su clasificación y detección resultan dificultosas.
Como muchos de sus síntomas son compartidos por otras patologías, es posible afirmar que su diagnóstico se realiza diferencialmente, esto es, descartando la existencia de otras dolencias que conlleven una sintomatología similar.
Así, suelen realizarse distintas pruebas para descartar retraso mental, problemas de aprendizaje e incluso se recomienda la realización de entrevistas socioambientales, para desestimar factores familiares, problemas de adaptación al grupo ya en el ámbito escolar y otras circunstancias del entorno que pudieran incidir en el comportamiento observado.
También es posible que sea necesario recurrir a técnicas de imagen que permitan establecer la ausencia de problemas neurológicos y otros exámenes que eliminen otras posibles causas físicas o fisiológicas.
Si bien es posible detectar algunos síntomas tempranos (desde alrededor de los tres años), como ya expresáramos, la problemática suele hacerse evidente en la escolaridad, donde el bajo rendimiento académico y las dificultades de interacción grupal patentizan la existencia de la DE.
Por su parte, el tratamiento se realiza de acuerdo a los síntomas y la intensidad que presente el sujeto, por lo cual, cualquiera sea el que se elija, debe estar adaptado al paciente.
En algunos casos se recurre a psicofármacos (ansiedad, conductas agresivas, depresión), siempre bajo estricta supervisión profesional.
En la mayor parte de los casos se recurre a terapias psicológicas, psicoanalíticas y/o psiquiátricas, para resolver los problemas de base. También puede ser necesario acudir a ayudas educativas y a otras alternativas, como la zooterapia, la musicoterapia, etc.
Tampoco se descarta la concurrencia de varias disciplinas para mejores resultados.
Cualquiera sea el camino terapéutico, el apoyo de los padres y del entorno resulta imprescindible.
Generalmente, el pronóstico es bueno, con lo que se mejoran las habilidades, aunque en los casos más serios es posible que se requiera educación especial.

Otras voces
La DE no logra unanimidad en cuanto a su aceptación.
Entre las críticas que se le realizan, la más fuerte es la que refiere que, en realidad se trata de Trastornos del Aprendizaje o del Comportamiento, puesto que muchas de sus características concuerdan y ello no amerita hacerla una entidad diferente, sobre todo cuando se aprecia que la mayor parte de los estudios realizados implican niños y adolescentes en edad escolar y que lo que se encuentra alterado es el comportamiento.
También se cuestiona la definición que la contempla como un concepto amplio que abarca ansiedad, bipolaridad, conductas obsesivas-compulsivas, etc., puesto que, según diversas teorías, ellas son, en realidad, problemáticas singulares, y que con esta categoría lo que se hace es meter en una bolsa distintas dolencias, creando un campo de estudio que no tiene razón de ser, puesto que ya se hallan especificadas en otras clasificaciones. Y, por otro lado, las psicosis son un fenómeno mucho más complejo y profundo como para reputarlas como una discapacidad emocional, lo que lleva al rechazo de su inclusión dentro de esta categoría, incluso entre algunos de los que aceptan las DE.
Por otro lado, se hacen objeciones a la mayor prevalencia de DE en los afroamericanos en los EE.UU., lo que evidenciaría que se trata de un problema sociocultural más que de una condición clínica. Ello sumado a que es menos frecuente en mujeres que en varones, lo que aportaría en el mismo sentido.
Por fin, otra de las acusaciones que se le hace es que se trata de parte de una tendencia creciente, sobre todo en la sociedad norteamericana, pero que se ha esparcido por el orbe, a patologizar la infancia y a medicalizarla, en lugar de tratar de indagar cuál es la verdadera causa del incremento exponencial de las conductas disruptivas de niños y adolescentes, lo que, tal vez, llevaría a cuestionar el modelo socioeconómico imperante en Occidente.

Para finalizar
Ciertamente, el ámbito de los trastornos psicológicos es un campo proceloso, el cual, lejos de ser pacífico, hace sonar alarmas en una y otra dirección.
Ello quizás inquiete a quien tenga que tomar decisiones sobre algo tan importante como la salud, y más cuando lo que está en juego es un niño. Pero, al mismo tiempo, es un signo de que la búsqueda de soluciones a los problemas que nos afectan, lejos de decaer, se hallan en plena ebullición.
Existe todo un movimiento en el área de la Salud Mental que intenta deshacerse del diagnóstico como etiqueta, como encasillamiento del padecer humano bajo un rótulo, como una estandarización que, de alguna manera, conspira contra la extraordinaria diversidad humana y termina ubicando a ciertas personas que no dan la medida del comportamiento esperado en una situación de la que es muy difícil volver.
Por eso en algún sentido parecen poco importantes las polémicas (salvo cuando están mediadas por factores económicos, porque allí la cuestión se bastardea), porque, en realidad, lo único que debiera importar es mejorar la calidad de vida de las personas.

Ronaldo Pellegrini
ronaldopelle@yahoo.com.ar

Algunas fuentes:
- http://schoolpsychologistfiles.com/emdisability/
- http://www.parentcenterhub.org/repository/emotionaldisturbance/
- http://www.education.com/reference/article/emotional-disturbance/
- http://cecp.air.org/resources/20th/eligchar.asp
- http://docsetools.com/articulos-informativos/article_60673.html

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