jueves, 7 de abril de 2016

Autismo: ¿es posible la reversión de los síntomas?


No existe cura para el autismo en la actualidad. Sin embargo, distintos estudios dan cuenta de que entre el 1-3 al 20% de las personas afectadas pierden los síntomas y ya no pueden ser ubicadas dentro de ese cuadro. Ante la numerosa oferta de tratamientos de distinta clase (medicamentos, terapias génicas, psicológicas, etc.), muchos de ellos se atribuyen, aunque más no sea en parte, su participación en ese fenómeno que desconcierta a los investigadores.



Palabras previas
Hablar de los Trastornos del Espectro Autista implica hacer referencia a algo complejo, que engloba una larga serie de combinaciones de síntomas.
Como cualquier otra condición, no es uniforme, sino que se ubica en una escala, que si bien no es infinita, tiene una extensión muy pronunciada, que va desde una sintomatología leve hasta casos en que ella es profunda.
A su vez, puede estar asociada con retraso mental, ADD, crisis epilépticas y una extensa lista que, por supuesto, no requiere que se posean todas estas características para que se diagnostique como Autismo, sea típico o en algunas de sus formas particularizadas.
El Manual Diagnóstico de la American Psychiatric Association conocido como DSM-5 ubica al Trastorno bajo el punto 299.00 (F84.0), e incluye entre sus características principales: 1) Déficits persistentes en comunicación social e interacción social, entre los cuales se hallan aquellos referidos a la reciprocidad socioemocional, a los que se refieren a conductas comunicativas no verbales usadas en la interacción social y a aquellos asociados con problemas para desarrollar, mantener y comprender relaciones. 2) Patrones repetitivos y restringidos de conductas, actividades e intereses, entre los cuales se hallan los movimientos motores, uso de objetos o habla estereotipados o repetitivos; la insistencia en la igualdad de situaciones, adherencia inflexible a rutinas o patrones de comportamiento verbal y no verbal ritualizado; intereses altamente restringidos, obsesivos, que son anormales por su intensidad o su foco; híper o hipo-reactividad sensorial o interés inusual en aspectos sensoriales del entorno.
A su vez, deben cumplir ciertas condiciones: 3) Los síntomas deben estar presentes en el período de desarrollo temprano (usualmente, porque puede haber algunos casos en que su manifestación sea más tardía). 4) Los síntomas deben causar alteraciones significativas en las diversas instancias de funcionamiento de la persona. 5) Aunque existen individuos que presentan algún grado de discapacidad intelectual, las alteraciones apuntadas deben ser independientes de ello, esto es, en caso de coexistir, el nivel de conductas alteradas de características autistas no debe poder asignarse a dicha discapacidad ni a ninguna otra condición clínica.
En cuanto a los grados o niveles de severidad, para los fines diagnósticos, el citado manual establece tres:
1) En el 1, si bien el individuo manifiesta problemas en la comunicación social, sobre todo para iniciar la interacción, para responder lo que se le pregunta y aunque en ocasiones puede implicarse en la comunicación, a menudo falla en el flujo comunicacional, así como en establecer nuevas relaciones. La inflexibilidad del comportamiento y los problemas de organización y planificación obstaculizan la independencia, por lo que requiere un cierto apoyo, con lo cual mejora sus perspectivas.
2) El segundo se caracteriza por la necesidad de un apoyo sustancial, ante los déficits más profundos en la comunicación verbal y no verbal, en el intento de establecer nuevas relaciones y ante las respuestas limitadas en la interacción con otros, salvo en las áreas de su interés. Su comportamiento inflexible, las conductas repetitivas, la resistencia al cambio y los intereses restringidos resultan obvias aun para un observador no entrenado.
3) Aquellos que se encuadran en el nivel 3 requieren de apoyo permanente y sustancial, dado que los problemas reseñados anteriormente se encuentran exacerbados, al punto en que raramente inician una relación, no suelen seguir el proceso comunicacional y la extrema rigidez de su comportamiento dificulta enormemente su vida relacional, así como hay manifestaciones de gran intensidad ante los cambios, las novedades o cuando se intenta dirigir su atención hacia lo que no es de su interés.
Existen varias teorías acerca de sus causas, aunque ninguna logra aceptación ecuménica.
Se ha identificado un número importante de genes con alteraciones en las personas con Autismo, así como se sabe que la exposición a compuestos de mercurio y a metales pesados incrementa las tasas de su aparición. También se imputa como causal la existencia de diversas alteraciones neurológicas, las variaciones anormales de las sustancias neurotransmisoras (principalmente serotonina y triptófano), la incidencia de ciertas sustancias durante el embarazo y de las infecciones en los períodos pre, peri y posnatal, los problemas de comunicación familiar, las alteraciones de las vida moderna en cuanto a la interacción social, entre otras.
Algunos estudios apuntan a causales individuales, mientras que la tendencia más difundida en los últimos tiempos es la que señala que la aparición del Autismo se debe a la sumatoria de distintos factores de diversa clase, tales como los reseñados.
Hay dos cuestiones que no hallan explicación. Por un lado, cómo es que el incremento de casos en el último medio siglo, aproximadamente, ha pasado de 1 afectado por cada 50.000 niños a 1 de cada 45, aumento realmente dramático, que no halla sustento en una variación correspondiente en ninguno de los factores individuales que corrientemente tratan de explicar su desencadenamiento, ni tampoco en su combinatoria.
Por el otro, como contracara, distintos estudios han hallado que entre el 1-3 al 20% de aquellas personas diagnosticadas con Autismo en la niñez, en períodos relativamente breves, que van entre los 3 y los 15 años posdiagnóstico, aproximadamente, ya no presentan los signos que llevaron a su prescripción y si bien muchos de ellos continúan presentando ciertas alteraciones conductuales, ya no es posible rotularlos como autistas, mientras que otros tantos desarrollan a partir de allí una vida totalmente normal.
¿Serán las terapias génicas, los medicamentos, las dietas, las intervenciones del área de salud mental, el sobre diagnóstico poco riguroso, las dietas que excluyen ciertos elementos y tantas otras alternativas que buscan revertir los síntomas?

Las teorías negacionistas
Se crea o no, hay profesionales de la salud y legos en la materia (aunque con pretensiones pseudocientíficas) que creen que lisa y llanamente el Autismo y muchas otras condiciones psíquicas y físicas no existen o son producto de la manipulación médica.
Sostienen que si bien las alteraciones en los niños están presentes, son desbalances pasajeros que la moderna medicina agresiva tiende a cronificar y a hacer permanente con base en intervenciones que, en lugar de estimular las funciones de recuperación homeostática del cuerpo, lo atacan con productos químicos y otros procedimientos que acentúan la problemática.
Proponen que sus métodos, consistentes en dietas, la ingesta de productos naturales y diversas formas de sanación que apuntan a la armonía de cuerpo y mente son las más adecuadas para la reversión de los síntomas, aunque no pueden presentar, en defensa de sus teorías, resultados contundentes basados en estadísticas y metodologías de investigación aceptables para la comunidad científica, sino que usualmente se limitan a la exhibición de casos individuales y testimonios de sus logros.

Teorías del diagnóstico erróneo
Otro sector alude a que la “popularización” del Autismo llevó a que se tomaran criterios mucho menos rigurosos, lo que explicaría no solamente la viralización de casos, sino también el por qué de la desaparición de síntomas con el transcurso del tiempo.
Desde esta perspectiva, afirman que la intervención y la prédica de los laboratorios que fabrican los medicamentos (para ampliar sus ventas) que buscan atenuar los síntomas del Autismo (y de otras condiciones que tienen como base problemas del comportamiento) ha hecho que se perdiera rigurosidad en los criterios diagnósticos y que las mejoras que se observan como espontáneas o que se atribuyen a diversos tratamientos son, en realidad, consecuencia de que existía un diagnóstico errado y que los síntomas que se reputaban como confirmatorios de padecer alguno de los Trastornos del Espectro Autista no eran otra cosa que retrasos madurativos transitorios o circunstancias emocionales prolongadas en el tiempo (desarraigo, duelo, abuso, etc.) cuya elaboración es dificultosa, que terminaban por resolverse cuando dicho retardo o los eventos desencadenantes se superaban naturalmente con el transcurso del tiempo.
También implican como fuente a la mala interpretación de algunos profesionales de la salud de la sintomatología, lo que lleva a diagnósticos apresurados, que más tarde son refutados por otros, al realizarlos correctamente. Por ello recomiendan que, ante una rotulación de este tipo, que puede producir que la persona desarrolle conductas acordes a lo que se determina, se recurra, cuando menos, a una segunda consulta (y, de ser posible, a más) para confirmar o desestimar tal condición.
No niegan la existencia del Autismo, la cual es incontrastable, sino que abogan por el establecimiento de pautas más estrictas para emitir esta clase de diagnósticos.

Teorías científicas
Frecuentemente se recetan medicamentos para intervenir sobre algunos de los problemas conductuales que manifiestan las personas autistas. Ninguno de ellos, en realidad, trata el Autismo en sí, sino que se recetan para atenuar/controlar los síntomas.
Por ejemplo, los inhibidores de la serotonina son específicos para tratar síntomas de ansiedad, depresión y/o trastorno obsesivo-compulsivo. Los antipsicóticos hacen lo propio con la agresividad que muestran algunas de estas personas. Los anticonvulsivos suelen prescribirse para aquellos portadores de TEA que presentan ese cuadro. Los estimulantes y otros psicotrópicos buscan reforzar la atención y mantener a raya la hiperactividad.
Algunos, como el metilfenidato, llevan décadas en el mercado, mientras que periódicamente se presentan otros nuevos o tratamientos que combinan la utilización de varios de ellos, según las características de cada paciente.
Si bien no todos los estudios que avalan su utilización masiva (y mucho menos sus detractores) afirman que los casos de disminución notable e incluso la reversión de los síntomas se debe a las mejoras en este campo, algunos se atribuyen tal logro, siempre, claro está, que no se suspenda el tratamiento.
Entre estos últimos, por citar un ejemplo, un estudio demostró que la utilización de sulforafano, un químico que se encuentra en los brotes de brócoli (o coliflor), reducía el comportamiento aberrante en un 34% de los casos estudiados (44) y mejoraba la respuesta social en un 17%, además de presentar los pacientes mejorías generales de distinta significación en el resto de la sintomatología.
También en los últimos años se han realizado muchísimas investigaciones sobre los más de cien genes que aparecen involucrados y existe profusión de trabajos científicos con animales de laboratorio, ensayos con humanos y algunos tratamientos que se encuentran aprobados que muestran logros más o menos importantes en la mejora de los síntomas de TEA.
Si bien, en general, casi nadie se atreve a afirmar que estos tratamientos cuasi-experimentales son la causa, algunos tímidamente sugieren que los casos de reversión de síntomas podrían deberse, en parte, a estas nuevas formas terapéuticas.
A su vez, las terapias psicológicas, psiquiátricas, educacionales, las rehabilitatorias y muchas otras reclaman parte del crédito.
Las referidas al campo conductual, entre las que combinan terapias psicológicas y educacionales, parecen ser las que tienen mayor aceptación a nivel mundial.
Métodos con largo recorrido como ABA (Applied Behavior Analysis), que incentiva conductas positivas y desalienta las negativas para mejorar distintas destrezas, y sus diversas variantes; u otras como DIR (Developmental, Individual Differences, Relationship-Based Approach, también conocido como “tiempo de suelo”), que se centra en el desarrollo emocional y las relaciones interpersonales, o TEAACH (Treatment and Education of Autistic and Communication), que utiliza elementos visuales para enseñar destrezas, por señalar las de mayor consenso, han mostrado progresos ciertos en diversas áreas en muchos de los que se someten a ellos, por lo que se adjudican, aunque más no sea parcialmente, parte del crédito por las remisiones.
También existen otras áreas que participan de estos logros, como la Terapia Ocupacional, la de Integración Sensorial, la del Lenguaje y muchas otras con las que suele trabajarse respecto de la mejora de los síntomas de las personas con Autismo.

Conclusiones
Como puede apreciarse, los reclamos abarcan diversas áreas que se adjudican, aunque más no sea parcialmente, su participación en esa mejora que, sin embargo, permanece inexplicable.
Afirmamos tal cosa puesto que, a pesar de tales postulaciones, no hay evidencia de que las remisiones completas puedan atribuirse a una u otra forma de intervención o a un conjunto o sumatoria de ellas.
Por ejemplo, Lisa Gilotty, miembro del National Institute of Mental Health, explica que si bien es claro que algunos niños autistas diagnosticados eventualmente se salen de esa categoría, “No sabemos todavía qué porcentaje de niños es capaz de hacerlo, qué intervenciones pueden lograrlo o si hay una razón biológica para ello”.
Muchos otros estudiosos de esta temática llegan a la misma conclusión, sea a través de los estudios que han realizado al respecto o a partir de su experiencia clínica.
En este sentido, existe un acuerdo generalizado de que las intervenciones tempranas logran mejores resultados, aunque no necesariamente la reversión completa de los síntomas.
Tampoco ella se explica, al menos hasta el presente, como espontánea.
La paradoja es que un mayor número o intensidad de tratamientos, igualmente, no asegura, ni mucho menos, la remisión, aunque es posible que ello incremente las posibilidades de su producción.
Sí concuerda la mayor parte de los especialistas sobre esta temática en que las intervenciones de distinto tipo son imprescindibles, si no para la reversión completa de los síntomas, al menos para mejorar el autovalimiento y la mejor calidad de vida de estas personas.
Y es prácticamente unánime la invocación para que los padres y allegados de las personas con Autismo no abriguen falsas esperanzas ni se desalienten, que sigan intentando y que no se dejen engañar por falsas promesas y curas mágicas, que apuesten a lo que vean que funciona y produce efectos beneficiosos y que si no se aprecian efectos positivos, se busquen otras alternativas, dado que la batalla que se pierde es la que no se da. Y quizá nuestro ser querido con Autismo sea parte de ese 1-3 al 20%.

Ronaldo Pellegrini
ronaldopelle@yahoo.com.ar

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