lunes, 27 de junio de 2016

Paciente de perlesía cerebral se gradua de maestría




Xavier Rivera Arroyo logra uno de sus sueños al alcanzar un grado en Justicia Criminal

Hay cosas que la ciencia o la lógica no pueden explicar. Situaciones donde las probabilidades apuntan a un resultado, pero ocurre algo  totalmente distinto porque los protagonistas de la historia llevan algo  por dentro que les mueve a cuestionar al destino. Conocer a Xavier Rivera Arroyo es confirmar esta premisa para descubrir hasta dónde es capaz de llegar la voluntad de  una persona por cumplir sus sueños.
Con un diagnóstico de  perlesía cerebral, los médicos no anticipaban para este joven mucho más que una vida confinada a una silla de ruedas. Su mamá, Eileen Arroyo, tuvo que tragar hondo cuando un doctor le dijo: “si llega a mover los ojos, es mucho”, pero Xavier  movió los ojos y mucho más.  A sus 30 años,  acaba de obtener un grado Cum Laude de Maestría en Justicia Criminal, Criminología e Investigación de la Universidad del Este (UNE). Fue presidente de la  Asociación de Estudiantes Graduados y  tesorero de la Asociación de Estudiantes de Justicia Criminal. Ahora quiere estudiar Derecho y eventualmente ser alcalde de Carolina.
Cualquiera que lo observa sentado en su silla de ruedas, ataviado con camiseta, zapatos y cadena con la insignia de su ídolo, Michael Jordan,    no imaginaría jamás todo lo que  ha logrado. En la universidad ha roto paradigmas no solamente por lo que ha sido capaz de lograr en el área académica sino su contagiosa energía y ganas de hacer las cosas cada vez mejor sin importar cuánto le cueste.  




 “Cuando pienso en Xavier, pienso en perseverancia”, afirma la licenciada Francheska De Jesús, profesora y directora del Programa de Justicia Criminal de la UNE. “A pesar de sus limitaciones y de lo que uno pueda pensar, cuando lo conoces comprendes que puede superar sus propias expectativas. Lo logra por su trabajo constante. Se establece una meta y trabaja hasta lograrla, es increíble”, relata la abogada.
Sus profesores y   amigos  llaman a Xavier por el sobrenombre de “arroz” porque como el arroz blanco, “está en todos lados”. Aunque su capacidad del habla es muy limitada,  transmite sus ideas claramente a través de un sistema computarizado (Sistema Tobii) que maneja con la ayuda de su madre, Eileen Arroyo. El mismo funciona ofreciéndole una serie de opciones en forma de palabras e imágenes que él selecciona con el toque de sus dedos en la pantalla de una computadora portátil. A través de ese proceso, que requiere mucha paciencia, arma oraciones para contestar preguntas, incluyendo las que acompañan esta entrevista y las que durante su bachillerato y maestría le hacían sus profesores.
Su mamá asegura que Xavier es “súper exigente” a la hora de realizar sus trabajos. Nunca se conforma con lo mínimo y se empeña por conseguir la perfección en todo lo que hace. Así logró graduarse con un promedio de 3.93 y recibir un reconocimiento de la UNEpor su trayectoria académica de excelencia durante la colación de grados celebrada a principios de junio. 
 La computadora también puede transmitir las ideas  de Xavier a través de un sistema de audio. Así llevó a cabo todas las presentaciones orales de sus clases y también respondió a las preguntas que acompañan el vídeo para contar su historia.
  ¿Quién es Xavier? ¿cómo te describes?, le preguntamos.
“Soy un joven alegre, simpático, amistoso, leal, perseverante, atrevido, enamorado de la vida. Con sus altas y bajas como todo el mundo. Realizo algunas cosas de manera diferente con asistencia tecnológica, pero eso no le resta mérito porque me esfuerzo para lograr mis metas”, asegura. 
El resto del  lenguaje de Xavier es corporal: gira la cara de un lado a otro, sonríe, hace algún sonido, mueve la silla de ruedas, pronuncia una que otra palabra o simplemente hay algo en él que te deja saber cómo está su humor.  Escuchar a su madre narrar ciertos eventos alegres, tales como sus primeros años de estudiante en SER de Puerto Rico o la mención de personas especiales, como su  adorada sobrina Paola Isabel Rivera  son algunos de los temas que le motivan a dejar saber que está presente, emocionado, escuchando y sintiendo todo lo que pasa alrededor. 
  Llorar y seguir adelante
Eileen tuvo un embarazo normal y dió a luz a Xavier un 31 de mayo de 1985. Le subió la bilirrubina tan pronto nació pero fue enviado al hogar. Al cabo de unos días ella  supo que algo no andaba bien porque el color de la piel del bebé  cambió a un fuerte tono amarillento. Cuando llegó al hospital lo trasladaron de emergencia al Centro Médico, donde le hicieron transfusiones de sangre. Durante este proceso, sufrió un paro cardíaco que le privó de oxígeno y le ocasionó daño cerebral permanente.
  A los dos meses, Xavier ya estaba recibiendo terapias. Como su mamá trabajaba para mantener el plan médico que pagaba estos servicios, la familia entera se unió para ayudarla a ella y a su esposo, José Luis Rivera, a mantener la ajetreada agenda de citas médicas y evaluaciones del niño. Su abuela paterna fue su mejor terapista en el hogar, ingeniándoselas para copiar a las profesionales que lo atendían y así buscar la forma de ayudarlo a mantener su cuerpo menos tenso y tener mejor calidad de vida.
Adaptarse a ese ritmo de vida no fue fácil para la familia, especialmente debido a los varios sustos que pasaron. Una vez Xavier por poco se ahoga debido a las dificultades para comer. En otra ocasión se rompió un brazo en tres partes cuando tropezó mientras intentaba esquivar con su silla un insecto.
Lo más doloroso para los padres fue  enfrentar los diagnósticos médicos. Un día, tras haber pasado muchas decepciones en oficinas médicas donde el trato fue  insensible, Eileen llegó al consultorio de un médico que le hizo muchas pruebas al niño y demostró un interés genuino en contestar todas las preguntas. Cuando terminó el proceso de análisis le dijo a la mujer: “bueno, mamá, lo único que te puedo decir es que uno de mil niños como el tuyo puede lograr seguir hacia adelante”.
En ese momento, Eileen agarró el frágil cuerpo de su bebé, se lo mostró al doctor y afirmó:  “pues mire bien esta cara porque este es el 1 de los 1,000”.
 Después, sentó a Xavier en el “car seat”, prendió el aire y soltó un largo sollozo. Lloró para desahogar su dolor  pero sabía que era una decisión suya cómo reaccionar a todo lo que estaba ocurriendo. Se calmó, miró fijamente hacia el asiento de su hijo y  le dijo: ahora vamos  a seguir adelante. Y así ha sido desde aquel día.
Estudiar para enriquecer la vida
    En SER de Puerto Rico el niño estudió hasta obtener el diploma de cuarto año. Allí siempre se destacó por su entusiasmo y todos lo conocían como un “embelequero”. Una de las experiencias más gratificantes de esos años fue el día que a Xavier se le ocurrió planificar un viaje de graduación para su clase, una experiencia que sabía había disfrutado  años antes su hermano mayor, José David y lo haría posteriormente su hermano menor, Emmanuel José. 
De su iniciativa surgió todo un movimiento de recaudación de fondos para costear el crucero de fin de semana. Eileen aún se emociona al recordar el logro de subir al barco a los ocho estudiantes y a sus familias quienes, de otro modo, hubieran tenido muy pocas oportunidades de viajar  debido al costo y esfuerzo de hacerlo.
“A las 5:00 a.m. llegaba este muchacho de la discoteca del crucero, y el padre muerto de sueño detrás”, cuenta entre risas y Xavier secunda con gestos de emoción.
Una vez logró su diploma,  el joven  se enfocó en su próxima meta de continuar estudios universitarios. No pudo empezar de inmediato, pues tardaron más de lo esperado los trámites para conseguirle el  acomodo necesario en el programa de Rehabilitación Vocacional. Sin embargo, como siempre, perseveró y empezó en enero de 2006 en el programa de bachillerato en Justicia Criminal.
“Se entrevistó con Flavia Benjamín, la entonces encargada de las personas con necesidades especiales en la universidad y fue fabuloso porque al principio él le dijo que quería ser maestro y ella le dijo: pues claro, tú puedes dar clases”, cuenta la madre del hoy graduando.
  Más adelante, al explorar las carreras, Xavier se decidió por  el campo de la  justicia criminal. Le atrajo por su interés de ayudar a disminuir el problema de la criminalidad en el país, un lastre que “deteriora la imagen de mi patria y la de todos nosotros los puertorriqueños”.
Terminó el bachillerato Summa Cum Laude y a los tres meses de obtenido ese diploma continuó trabajando para obtener el grado de Maestría. No fue fácil.
“Lo más retante para mí es saber la respuesta a preguntas en clases y no poderlas contestar con toda la argumentación que quisiera”, cuenta.
Mientras, su madre y acompañante en cada salón de clases durante la  travesía estudiantil asegura que hubo muchas “amanecidas, sudor y hasta lágrimas”. No obstante, asegura que todas y cada una de ellas han valido la pena. Lo afirma segura porque si algo ha aprendido  con la crianza de Xavier es que no existe nada más valioso en el mundo que la felicidad de él y el resto de sus hijos.
 “Lo material no es importante. Las cosas bellas y hermosas de la vida son emocionales y espirituales. Tener cualquier cosa no es tan maravilloso como ver la sonrisa de mis hijos o disfrutar sus logros. Levantarte y verlos felices, eso sí es importante”, asegura la mujer.
En momentos difíciles, Eileen vuelve a llorar como lo hizo el día que tan pocas esperanzas le ofrecieron para Xavier, pero al igual que en ese momento, se seca las lágrimas rápido y vuelve a la lucha de inmediato.
“Tengo que hacerlo, porque si yo me caigo ¿entonces, qué? Xavier es  la bujía de mi energía, quien hace que me tenga que levantar todas las mañanas por más extenuada que esté. Yo le digo mi guerrero valiente porque no se quita. Cuando quiere algo sigue y sigue. A veces le digo, esto como que no se está dando, Xavi, y él me dice vamos a intentarlo una vez más. No puedo hacer otra cosa que decirle: hasta dónde tú quieras”, cuenta la madre quien también se apoya en su esposo, sus demás hijos y una familia y red de apoyo “excepcional”.
A su lado, Xavier asiente con la cabeza y sonríe en complicidad.
Quedan planes por cumplir. Entre ellos, llegar a la escuela de Derecho y ser alcalde de Carolina, además de conocer a Michael Jordan e ir a un juego donde esté su compatriota, el baloncelista José Juan Barea.
 A estas metas se acerca con su alegría. Esa que llega de sus ganas “de vivir, de servir, de compartir y de amar”

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