martes, 30 de agosto de 2016

Distimia: ¿nada más que una “depresión leve”?


Sus síntomas son mucho menos intensos que en las depresiones clásicas, pero lo que marca la diferencia es su persistencia en el tiempo. Compromete la vida íntegra del sujeto, lo que implica sufrimiento. Cuando aparece en la infancia, en ocasiones puede pasar desapercibido o confundirse con otras dolencias. Se estima que es un problema que afecta a entre el 3 y el 5% de la población con distinta intensidad. Si no se trata, puede derivar en complicaciones aun más serias, que hasta pueden poner en riesgo la vida misma.

Para comenzar
Ante un cuadro de Depresión clásica, los signos que presenta quien la padece resultan muy claros y evidentes: entre otros, tristeza, melancolía, infelicidad, abatimiento, frustración, negatividad, que en algunos casos puede incluir una apatía generalizada y/o accesos de ira y una sensación de que nada en la vida puede resultar bien.
Otra de las características es que, de no tratarse de otro tipo de trastorno psíquico, su duración raramente va más allá de unos días o unas pocas semanas y que frecuentemente puede deberse a determinados hechos puntuales reconocibles, tales como la que suele producirse en las mujeres en el tiempo inmediato tras la parición, en los días previos al período menstrual, aquella que obedece a las estaciones (sobre todo, otoño e invierno), a episodios de duelo, la derivada de alguna cuestión traumática respecto del propio cuerpo (como ejemplo típico las amputaciones o las lesiones serias), las que se producen ante las enfermedades (desde simples resfríos hasta cuadros clínicos graves) y muchos sucesos que pueden presentarse a lo largo de la existencia y que, en algún momento u otro, afectan a todas las personas.
Generalmente tienden a resolverse por sí mismas, al lograr elaborar la propia persona la situación o condición que la desencadenó, o con la intervención de alguna ayuda psicológica o psiquiátrica, que puede incluir o no el suministro de medicamentos durante algún tiempo, hasta que se logre el restablecimiento.
También existe otro tipo de Depresión, no tan dramática en cuanto a sus manifestaciones, la persistente, que puede pasar desapercibida (sobre todo en niños), pero que perturba seriamente las funciones de relación y que produce numerosas limitaciones en las vidas de aquellos a quienes afecta.

Qué se entiende por Trastorno Depresivo Persistente o Distimia
Distimia es un término utilizado por primera vez en la década del 70 por James Kocsis, profesor de Psiquiatría e investigador en el tratamiento de la depresión crónica en el Colegio Médico de la Universidad de Cornell, en los EE.UU.
Proviene del griego y se la traduce como “mal humor”.
Se la define como una forma leve pero crónica de la Depresión, con síntomas similares aunque atenuados, los que permanecen por períodos prolongados, que suelen superar los dos años y que, sin el tratamiento adecuado, pueden extenderse con igual intensidad durante toda la vida.
Su característica distintiva es que si bien sus manifestaciones son relativamente menores, los estados de ánimo de las personas afectadas se mantienen en niveles tan bajos que interfieren en su desempeño en todos los aspectos.
Otras de las particularidades que hacen preocupante a esta condición es que las estimaciones la ubican como mucho más frecuente de lo que se pueda pensar, afectando entre el 3 y el 5% de la población, y que se presenta con mayor asiduidad en mujeres que en varones, en una relación de 2 a 1. En lo que respecta a los niños, al menos el 1,7% de ellos se encuentran comprometidos. Se cree que la proporción debiera ser mayor, dado que sus síntomas pueden confundirse con otros cuadros (timidez, trastornos de conducta, de la personalidad, etc.) durante la infancia, sobre todo en los más pequeños. Respecto de los adolescentes, las cifras trepan hasta el 8%.
Algunos autores postulan que existen distintas subclases, como, por ejemplo, a Distimia ansiosa y la que cursa con falta de energía, que comparten los distintos síntomas, aunque la diferencia es que, mientras que en la primera se observa una tendencia a la inquietud en los niños (que puede confundirse con hiperactividad), la segunda los muestra como apáticos, lo que incluye que los ansiosos duerman poco y con alteraciones, mientras que en los carentes de energía se vean afectados por hipersomnia.

Las causas
No se conoce exactamente cómo y por qué se produce, aunque existen algunos indicios acerca de ello y se indica a ciertos factores como factibles de aumentar el riesgo de desarrollarla.
Entre las explicaciones que se dan acerca de su producción se menciona a las bioquímicas. En este sentido, se cree que en las personas que padecen de Distimia se producen cambios en el cerebro que llevan a que se desencadene el cuadro. En ello tendrían que ver los neurotransmisores, sustancias que se vinculan (entre otras funciones) a los estados de ánimo, que, al alterarse, producirían el conjunto sintomático, al tiempo que también se apunta al sistema neuroendócrino como posible fuente.
También las causales genéticas, se señala, podrían ser su origen, aunque, al menos hasta el momento, no se ha indicado qué genes se hallarían involucrados. La sospecha proviene de que esta condición se da mucho más frecuentemente en personas que poseen antecedentes familiares en el mismo sentido.
A su vez, los factores ambientales, por sí mismos o como disparadores de los potenciales distímicos, son otra pista de por qué es que aparece.
Además de las cuestiones relacionadas con la elaboración del duelo ante sucesos traumáticos, algunos estudios explican que parte de los que se hallan en tal situación se debe a diversos problemas durante la infancia, tales como falta de estimulación, desvalorización del niño, violencia, abuso, carencias en la comunicación y otros.
En cuanto otros factores que aumentan el riesgo, el solo hecho de pertenecer al sexo femenino es uno de ellos, aunque el por qué permanece sin develarse; la existencia de casos en la familia; las situaciones de estrés prolongado; los acontecimientos traumáticos y la falta de contención son algunos de los más frecuentes.
Tampoco puede descartarse que se trate de un conjunto de factores como los señalados los que lleven a su presencia.

Los síntomas
Los más frecuentes son: pérdida de interés en las actividades diarias; sentirse triste o deprimido; desesperación; falta de energía; fatiga; baja autoestima; dificultad para concentrarse; inconvenientes para tomar decisiones; exceso de autocrítica; rabia excesiva; disminución de la productividad y del rendimiento escolar (en niños y adolescentes); evitar actividades sociales; sentimientos de culpa infundados; falta de apetito o comer en exceso; problemas del sueño; baja autoestima; trastornos de memoria; negatividad y desesperanza; tendencia al llanto; problemas físicos a los que no se encuentran causas y no responden a los tratamientos típicos (como ejemplo: dolores de cabeza o corporales crónicos), etc.
El conjunto de síntomas que se padezca (obviamente, no todos ellos están presentes al mismo tiempo en cada persona), para que se considere un Trastorno Depresivo Persistente (el DSM V prefiere esta etiqueta), debe estar presente por al menos dos años para que se considere tal.
A su vez, estos indicios, que pueden tener mayor o menor intensidad, es factible que produzcan problemas aun más serios, entre los cuales se hallan la menor calidad de vida de las personas, derivar en una depresión mayor, llevar a un comportamiento suicida, al abuso de sustancias, a conflictos familiares y sociales y al aislamiento.
También es frecuente que se observen fluctuaciones en los estados de ánimo, con mejoras temporarias, aunque la tendencia es a la persistencia en el estado.
Sobre todo en los niños, dichas variaciones pueden sucederse a lo largo del día, cuando alguna circunstancia o suceso logra captar su atención (por ejemplo, en algún juego o ante un programa de TV), para retomar inmediatamente a la condición anterior.

Diagnóstico
Es necesario realizar un diagnóstico diferencial, puesto que es imperativo descartar, por la similitud de síntomas, otros estados, tales como la Depresión mayor, la Bipolaridad, los trastornos de la personalidad y de la conducta.
Usualmente, la diagnosis se realiza en una entrevista clínica, en la cual se refieren algunos de los síntomas al profesional (en el caso de los niños, los padres son los que alertan sobre ello), quien deberá evaluarlos.
En ocasiones es posible que se requiera de análisis clínicos para desechar causas físicas, aunque no existen pruebas de ese tipo que den certeza sobre la Distimia en sí misma.
También resulta frecuente que el médico derive al paciente para una evaluación psicológica o psiquiátrica, sobre todo en el caso de niños, para que confirme o realice el diagnóstico.
No hay tests con valor dictaminante que puedan brindar seguridad, aunque existen algunos que pueden alertar a quienes tienen niños a cargo sobre la posibilidad de su existencia. Uno de ellos puede consultarse en la página de Piscoactiva (http://www.psicoactiva.com/tests/test-depresion.htm).

Tratamiento
Si no se trata, es frecuente que la sintomatología, que de por sí implica importantes dificultades en la vida, evolucione hacia trastornos más profundos y complejos.
Existen dos formas de tratamiento que pueden combinarse: la psicoterapia y el que se realiza a través de la medicación.
Respecto de la primera, existe una oferta diferenciada de distintas corrientes, psicoanalíticas, psiquiátricas y otras que pueden servir de ayuda para manejar las dificultades de los pacientes, sobre todo si ello se debe a una causa que pueda identificarse.
No todas las terapias surten efectos similares en todas las personas, por lo cual cada una (o quienes los tengan a cargo en el caso de los niños) deberá intentar hallar la que mejores efectos produce en ella.
Generalmente, se trata de indagar sobre aquello que conflictúa para que el sujeto pueda lidiar con ello de la mejor manera. Se trata de procesos de largo aliento.
Según algunas corrientes de la Psiquiatría y de la Medicina, este tipo de terapias no surte efectos tan contundentes e inmediatos como aquellos basados en los medicamentos y en todo caso sus beneficios se incrementan cuando se utilizan ambos simultáneamente.
En lo que hace a la medicación, se utilizan habitualmente los mismos fármacos que se suministran en los casos de las depresiones clásicas y/o profundas.
Los más usuales son los ansiolíticos, que pueden ser inhibidores selectivos de la recaptación de la serotonina, que suelen ser los mejor tolerados; los inhibidores de la monoaminooxidasa, que se aplican como opción extrema, porque sus efectos secundarios pueden ser importantes y distintos tipos de antidepresivos, entre otros.
El que se elija (puede haber combinación de dos de ellos, un ansiolítico y un antidepresivo), dependerá de la edad, la condición física del sujeto y de los síntomas que presente, entre otras variables. Los nombres genéricos de los más corrientes son: fluoxetina, sertralina, escitalopram, paroxetina, citalopram, bupropion, venlafaxina, mirtazapina y duloxetina.
Un inconveniente es que los medicamentos se prescriben durante períodos prolongados, lo que genera consecuencias indeseadas, por lo que su administración debe ser monitoreada por el profesional, para que ellos no causen daños en el organismo.
Entre los problemas que pueden presentarse se pueden citar: disfunción sexual, diarrea, náuseas, somnolencia o insomnio, pérdida de memoria a corto plazo, aumento de peso, e incluso algunos de los antidepresivos pueden conducir a pensamientos suicidas, entre otros.
Otro aspecto negativo es que, como uno de los síntomas corrientes que presentan estas personas es una tendencia a la adicción, es posible que algunos de los sujetos a quienes se les suministren estos fármacos desarrollen una dependencia hacia ellos y que si su supresión no se realiza en forma gradual, puede producirse síndrome de abstinencia.
Por otro lado, muchos de los psicofármacos que suelen recetarse no están indicados para su utilización en niños, sobre todo en los más pequeños, puesto que, pese a que algunos llevan décadas en el mercado, nunca terminan de estudiarse sus efectos a largo plazo cuando se comienza a utilizarlos a edades tempranas, por lo que se recomienda extremar las precauciones cuando es necesario aplicarlos.
Un tema no menor respecto de la Distimia es que, aunque se emprendan tratamientos tempranos y se combinen medicamentos y terapias, raramente desaparece por completo, aunque sí se señala que los síntomas se hacen mucho más manejables y permiten a la persona manejarse, en la mayor parte de los casos, prácticamente con normalidad.

Conclusiones
Sea que desencadene problemas mayores o que se trate nada más que de un Trastorno Depresivo Permanente, es necesario prestarle atención, dado que, sobre todo en niños, sus efectos pueden ser muy impeditivos en lo que hace a la vida de relación, a las posibilidades de educación, a la afectación del futuro, en general, y por el sufrimiento que implica.
Quizás en sus manifestaciones más leves pueda pasar desapercibido, confundirse con otras problemáticas o ser consecuencia de otras patologías.
De todas maneras, ante la sospecha de que algo no anda bien, nunca está demás consultar, dado que cuanto más temprana sea la intervención, como regla, los resultados tienden a ser mejores.
Algunas fuentes:

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