domingo, 2 de octubre de 2016

Trastorno del procesamiento sensorial

Nacemos con la capacidad de procesar el extraordinario número de estímulos que nos llegan segundo a segundo, identificando y descartando aquellos irrelevantes y actuando en consecuencia respecto de los otros que demandan una respuesta de nuestra parte. Sin embargo, entre el 5 y el 16% de los niños en edad escolar carece de esa habilidad, lo que implica una serie de problemas, entre los cuales los de conducta, los relacionales y los referidos al aprendizaje se hallan afectados. Estos trastornos ganan terreno en la consideración científica, aunque existen también quienes descreen de ellos.

Para comenzar
En cada instante de nuestra vida recibimos una multitud de estímulos a través de los sentidos de las que apenas somos conscientes: el sonido de una campana, el canto de algún pájaro, los pasos sobre las baldosas de una vereda, el ruido del tránsito de vehículos, alguna conversación lejana o cercana, el olor de una flor, el paso de un avión en el horizonte, el regusto de algo que ingerimos, la picadura de un insecto, el roce de la ropa, etc.
Prácticamente desde el momento en que nacemos vamos realizando un acopio de experiencias que nos permiten procesar y clasificar las innumerables sensaciones, descartar muchas de ellas como no significativas y prestar atención solamente a aquellas otras que despierten nuestra curiosidad, posean algún significado, impliquen señales de peligro o alerta, etcétera.
Existen personas que no tienen esa capacidad de tener automatizada dicha facultad de minimizar estímulos o que, por el contrario, pueden llegar a bloquearlos totalmente.
Ellas son las que padecen de Trastornos del Procesamiento Sensorial (TPS), unacondición relativamente novedosa y poco estudiada, pero que cada vez gana más consenso sobre la base de que es un fenómeno muy extendido.

¿Qué son los TPS?
El flujo de información constante hace necesario que nuestro cerebro, para no atiborrarse, descarte aquellas que no resultan significativas y ordene y clasifique a las demás.
El proceso se realiza sin mayor intervención de la voluntad, casi automáticamente. Se trata de una función que traemos incorporada y que nos permite organizar la información que recibimos, tanto la externa cuanto la interna, clasificarla y actuar (o no actuar) en forma adecuada.
Aquellos que portan TPS no cuentan con esa capacidad.
Si bien no se sabe a ciencia cierta cómo se produce, los estudios más recientes indican que esta anomalía se debe a un funcionamiento diferente del cerebro, el cual no puede discriminar qué señales son importantes y descartar las secundarias, o también puede producirse el efecto contrario, esto es que se permanezca cerrado a todas.
Otros trabajos se inclinan por la sospecha de que una parte de los TPS poseen un componente hereditario, por lo cual ellos se hallan ya codificados en el ADN del sujeto. También se supone que distintos problemas pre y perinatales pueden incidir en su aparición, así como diversos factores ambientales. Los indicios apuntan a que en la mayoría de los casos se trata de una combinación de herencia y acontecimientos externos la que desembocaría en la gestación de estos Trastornos.
Ello implica que estas personas son extremadamente o nada sensibles a lo que los rodea.
Como ocurre con prácticamente todas las afecciones, existen grados de compromiso.
Raramente los TPS afectan todos los sentidos, sino que puede comprometer solamente a uno de ellos o a varios.
A su vez, respecto del o los afectados, no necesariamente se produce en forma completa. Así, por ejemplo en lo concerniente al tacto, algunos pueden rechazar determinadas texturas y aceptar otras o el contacto con determinado tipo de telas puede resultarle insoportable y hallar acogedor el que se produce con las de otra clase.
En el extremo opuesto, quienes carecen de sensibilidad pueden no sentir frío o calor ante temperaturas extremas o ser refractarios al dolor. Y también que sean hiperreactivos respecto de algo e insensibles a su opuesto.
Un aspecto notable es que algunos de ellos suelen mostrar torpeza motriz, debido a que no reconocen plenamente o malinterpretan las señales que les envían los músculos, con lo cual su sistema nervioso central no brinda respuestas adecuadas, lo que afecta en distintos grados la motricidad fina y/o gruesa y la postura corporal.
Existe discrepancia en cuanto a la magnitud del problema. Diversos autores que tratan sobre su distribución entre la población dan cifras diferentes.
Así, la variación que se encuentra comprende porcentajes disímiles, que indican que los TPS afectarían aproximadamente del 5 al 16% de los niños en edad escolar.

Síntomas, detección y diagnóstico
Como ya se expresara, el rango de manifestación varía entre distintos sujetos, por lo cual, mientras que algunos de ellos presentan signos evidentes, en otros se exteriorizan en forma más velada.
Frecuentemente se observan las primeras señales entre los 2 y los 4 años, aunque suelen descubrirse más tardíamente, dadas las características de los niños a esa edad, muy sensibles a la estimulación del ambiente, con su cerebro en una etapa de incorporación de aprendizajes muy intensa, con cierta inestabilidad emocional y otras peculiaridades que pueden hacer pasar inadvertidos algunos de los síntomas o que sean confundidos con otras dolencias.
La particularidad que resalta es la hiper o la hiposensibilidad.
Las respuestas extremas a estímulos relativamente bajos (sonidos, olores, sabores, objetos, contacto físico, etc.) son corrientes, así como su opuesto, es decir, carecer de reacción ante otros que sí las requieran. El caso típico es que muchos de ellos tienen un nivel de tolerancia muy alto o manifestiestan indiferencia ante el dolor. Pero también se dan casos en los cuales buscan reforzar la estimulación que no les llega, tocando a personas o cosas cuando no es necesario o acercándose a ruidos o sonidos demasiado intensos, por ejemplo.
Otro aspecto al que prestarle atención es que se manifiestan como torpes, descoordinados y con dificultades para respetar el espacio corporal, lo que lleva a colisionar contra objetos o personas como consecuencia de no poder limitar con precisión los límites del propio cuerpo y de lo que lo circunda.
Otros signos a considerar son:
– Irritabilidad y llanto sin motivo.
– Rechazo ante ciertos alimentos por sus texturas, sabores u olores.
– Oposición a realizar ciertas tareas cotidianas tales como vestirse, la higiene personal, ordenar, etc.
– Mostrar preferencia o rechazo inmotivados por algunas prendas de vestir, calzado u otros objetos de uso cotidiano.
– Aversión al contacto con ciertos materiales, por ejemplo, arena, témperas, plastilina, etc.
– Evitar el contacto con otras personas, aun las de su entorno más cercano.
En muchos casos se ve perjudicada su interacción social y esta problemática incide negativamente en su vida de relación y en su rendimiento escolar, además de impactar en la autoestima.
Como consecuencia de ello, pueden tener problemas en hacer nuevas amistades o integrarse a grupos, así como mostrarse retraídos, poco cooperativos, beligerantes, disruptivos, desordenados o fuera de control.
También es frecuente que su estado tenga otras consecuencias, que incluyen depresión, ansiedad, problemas de conducta, agresividad, déficit de atención, problemas relativos al sueño, entre otras.
A su vez, muchos de ellos son refractarios a los cambios y a ciertas rutinas, les cuesta enfocarse y carecen de habilidades sociales.
Un aspecto que se señala respecto de la detección es que, no importa cuáles sean, si se observan conductas que no son apropiadas para la edad del niño, es necesario realizar una consulta con un profesional de la salud para determinar qué es lo que ocurre.
Por ello es necesario estar atentos a los distintos inconvenientes que se observen, teniendo en cuenta que los estándares respecto de lo esperable en cuanto adquisiciones de habilidades a determinada edad son un promedio y que pequeños retrasos no implican, necesariamente, que se está en presencia de algún problema que no se solucione por sí mismo.
Los indicadores que pueden alertar se ubican principalmente en las áreas del aprendizaje, de que se cumplan los diversos acontecimientos que se esperan durante el desarrollo, que no existan problemas de conducta persistentes y que no puedan imputarse a cuestiones puntuales, que no existan perturbaciones de cierta magnitud en su interrelación social, que posean una autoestima consistente, que la motricidad sea correcta, entre otros.
Un aspecto destacado de los TPS es que no se hallan listados como tales en manuales diagnósticos tales como el DSM-V, que no los considera entre su amplio repertorio.
Ello se debe a que, pese a que cada vez ganan más terreno en la consideración profesional, su aceptación todavía dista mucho de ser unánime, al extremo de que algunos profesionales del campo de la salud indican que, al no existir un marco consensuado respecto de estos trastornos, no debiera procederse a su diagnóstico. Posturas más cautas, aunque no reniegan de su existencia, postulan que los médicos debieran ser muy cuidadosos antes de rotular a algún sujeto y seguir la evolución de los trastornos en el tiempo para constatar que se trata de ellos y no de otro problema.
Por otro lado, como existen solamente sospechas y aun no se ha podido probar (más allá de estudios limitados que dan cuenta de ello) cuáles son las partes afectadas del cerebro que les dan origen, no se encuentran disponibles estudios de laboratorio o por imágenes que permitan establecer diagnósticos por esa vía.
Es por ello que la forma de llevarlos a cabo es por medio de la entrevista clínica, en la cual quienes se encargan del niño relatan al pediatra que lo atiende regularmente lo que consideran síntomas de algún problema, quien, basado en esos testimonios y la observación de su paciente, determina el diagnóstico.
Quienes se especializan en esta temática observan que el amplio rango que va del 5 al 16% que se reporta como prevalencia tiene que ver con que, por un lado, la caracterización de los TPS no se halla lo suficientemente difundida entre los profesionales de la Medicina y que en muchos casos estos síntomas son muy similares con los que refieren al Autismo, los Trastornos por Déficit de Atención e Hiperactividad y los que involucran la ansiedad.
De hecho, refieren que aunque es frecuente que estos diferentes trastornos cursen junto con los TPS, formando parte de ellos, no todos los diagnosticados con el de referencia implican Autismo, ansiedad o trastornos atencionales, puesto que no reúnen los demás requisitos que sustentan a estos últimos, sino que se trata de un cuadro diferente.
Dos trabajos de investigación, uno de 2013 y otro de 2014, parecen afirmar la causa neurológica, explicando que se hallaron evidencias de disfunciones cerebrales. En el paper publicado en el portal científico PlosOne comparan 15 niños diagnosticados con Autismo con otros 23 con TPS, llegando a la conclusión de que si bien el 90% de los autistas tenían rasgos propios de los trastornos, no ocurría lo mismo a la inversa.

Tratamiento
En general, no existen fármacos que puedan revertirlo, sino que se apela a otras estrategias, usualmente relacionadas con las terapias ocupacionales y programas conductuales de distintas clases (como la terapia de integración sensorial) que, según sus promotores, ayudan a mejorar el rendimiento en diversos aspectos, sobre todo en lo referido a las relaciones interpersonales y a los problemas atinentes a la educación.
Ocasionalmente puede recurrirse a algún medicamento para aliviar agravamientos temporarios en algunos de los síntomas por situaciones que impliquen una mayor acumulación de tensiones para el sujeto.
Otro punto que es necesario tener en cuenta es que no se trata de un trastorno progresivo, esto es, normalmente no aumenta su intensidad con el tiempo, aunque sí es persistente.
En ese sentido, los inconvenientes que presentan estos trastornos durante la niñez no deben ser ignorados, puesto que se trasladan a la vida adulta, afectándola de diferentes maneras y entorpeciendo las relaciones personales e interfiriendo con las posibilidades laborales de los sujetos.
Por ello es necesario dar con el tratamiento adecuado que, aunque no elimina del todo el conjunto de síntomas propio de cada individuo, los encauce y permita una mejor calidad de vida.
También se indica que la intervención de los padres, en el caso de niños, puede aportar para reducir la sintomatología.
Se explica que el primer paso es comprender aquello que afecta al hijo, recabando la mayor información que sea accesible. Ello lleva a que se aprenda acerca de cuáles son las circunstancias evitables que disparan las reacciones, creando un ámbito más relajado y señalando pacientemente, a aquellos que lo requieran, cuáles son los lugares y objetos no riesgosos y cuáles los peligrosos.
También contenerlos e indicarles pacientemente de qué manera pueden manifestar su inquietud sin resultar disruptivos. Y cuando ello no es posible, buscando la forma de contenerlos sin avergonzarse de ellos.
Por otro lado, los que se oponen a diagnosticar los TPS instan a los tratantes a que sigan la evolución de las personas sometidas a estas terapias, monitoreando si resultan eficaces o no y proponer otras vías de intervención e incluso modificar el diagnóstico, de ser ello necesario, y actuar en consecuencia.

Cierre
Aunque ganan terreno, los TPS distan mucho de ser universalmente aceptados como una entidad independiente.
La convivencia con ellos, sobre todo en los casos más extremos, puede resultar dificultosa y estresante.
Respecto de ello, hay dos cuestiones que es necesario resaltar. Por un lado, que se trata de un padecimiento, no hay intencionalidad en esas conductas. Por el otro, aunque haya transmisión hereditaria, no hay culpa en los padres, puesto que no existen tests de ninguna naturaleza que permitan anticipar los TPS.
Y una tercera, de vital importancia: que la comprensión y la contención son, siempre, mejores herramientas que la crispación, la vergüenza y la desesperación.

Fuentes:

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