La historia del joven con discapacidad que logro ser físico gracias a las manos de su madre


Ella lo acompañó durante los 5 años que duró la carrera y fue sus manos para escribir mientras él pensaba y resolvía.
Cuando el chileno David Valenzuela salió del vientre de su madre no lloró y ella dio cuenta de inmediato que algo había pasado. Los doctores se lo confirmaron: el chico se había asfixiado al nacer. Eso le trajo complicaciones a su salud, sobre todo en su motricidad fina; sin embargo, el joven nunca se rindió a pesar de sus limitaciones y logró cumplir del sueño de ser doctor en Física.
"Al ponerme la anestesia, la presión se me fue al suelo porque cuando hay menos presión, hay también menos oxígeno en el cuerpo", expresó Sara Díaz, la madre. Luego de la asfixia del parto, el bebé comenzó a reaccionar y a respirar por sus propios medios pero, aún así, el médico recomendó un estricto monitoreo del pequeño en los meses siguientes.
Descubrió que no lloraba por hambre y frío, no podía sentarse y su cuerpo se inclinaba ligeramente hacia un lado. La asfixia había sido importante. Por eso, la mujer le preguntó al médico sobre las posibilidades que su hijo podría tener para caminar y para hablar, y recibió respuestas esperanzadoras.
Tras un rápido tratamiento, David pudo mejorar su estado. Le cuesta desplazarse aunque lo hace por sus propios medios. Su capacidad de hablar no siempre es fluída pero logra comunicarse con normalidad. Logró terminar la secundaria con un promedio de 7 y luego se convirtió en la primera persona con capacidades diferentes de su ciudad chilena de Copiapó en llegar a la universidad, pero no lo hizo sólo.
Su madre lo acompañó a cada clase durante los cinco años que duró la carrera. Ella escribía mientras él pensaba y resolvía. "Anotaba todo aunque no entendiera. Me remitía a escribir textualmente lo de la pizarra y, en las pruebas, a anotar lo que mi hijo me decía. Él era el cerebro", explicó la mujer. Mientras recopilaba números, fórmulas y cálculos, David pensaba; y antes de que hubiera terminado de pasarlas a la hoja, él ya tenía el resultado.
Según su madre, es una persona que siempre está de buen humor, sonríe con frecuencia y pide explicaciones de todo para desafiar a su interlocutor, pero no de una manera brusca sino "amable y cálida".
Durante su niñez en Copiapó, tenía una meta bastante diferente para su vida: quería ser piloto de guerra. "Tardé 20 años en entender ese sueño. Porque al final el avión soy yo, y tengo que dar mi batalla. De una u otra forma soy piloto. Este cuerpo lo manejo yo y debo traspasar sus límites; es decir, volar", aseguró. David se despierta cada día contento, no se le suelen escuchar quejas, sobre su discapacidad o por los problemas que atraviesa cotidianamente.
Su optimismo, clave en sus grandes progresos a lo largo de los años, lo llevó a ser feliz más allá de cualquier limitación existente. "La felicidad es una decisión, no algo que pase a veces. Tampoco es una emoción, sino un estado de conciencia. Es ser libre. Te da lo mismo la lluvia, la noche, el invierno. Yo soy feliz porque decidí serlo a pesar de todo", concluyó.

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