miércoles, 8 de agosto de 2018

Picasso brilla en la oscuridad

Una de las participantes, junto a Adrià y la obra 'La botella de vino', de Picasso.

 El cocinero Ferran Adrià acompaña a un grupo de discapacitados visuales en la exposición 'La cocina de Picasso'.

Ferran Adrià explica a un grupo con discapacidad visual de la ONCE la exposición sobre la pasión del pintor por la cocina y la comida

“Hola, soy Ferran Adrià. Soy un impresentable”. Fue lo primero que dijo el famoso cocinero, con la intención de romper el hielo, a la veintena de personas afiliadas a la ONCE, de entre 30 y 75 años, todos con discapacidad visual, incluso total, a las que iba a acompañar en la visita a la exposición La cocina de Picassoabierta en el museo del pintor de Barcelona.
La actividad programada trataba de sintetizar en unas cuantas obras de la exposición la intensa y larga relación de Picasso con el mundo de la cocina y la comida tal y como explica la interesante muestra que puede verse hasta el 30 de septiembre. “Ahora solo hago cosas que me gustan y de las que puedo aprender. Esto no lo he hecho nunca, pero creo que voy a aprender mucho, porque no sé cómo van a reaccionar”, aseguraba Adrià, vestido de impoluto negro con una camiseta del Mugaritz, restaurante de su amigo Andoni Luis Udariz, camino del primer piso del museo.
“La primera actividad humana de la historia, hace dos millones y medio de años, fue comer a partir de cortar con una piedra la piel de un animal, sacar la carne y comérsela. Esa era una cocina necesaria. Luego se pasó a la comida hedonista y de placer, para pasarlo bien, pese a que todavía sigue habiendo gente que pasa hambre en el mundo. La tercera sería la alimentación como tema social. La cuarta, la degustación y la última etapa, la reflexión sobre la comida”, dijo Adrià, así de entrada, dejando mudo al grupo.
Lo hizo delante de Ramon Cases i Pere Romeu en tándem, la obra más grande de la exposición, que no es de Picasso, sino de Ramon Casas que durante años decoraba las paredes de Els Quatre Gats, un lugar que evoca al hedonismo y los actos sociales del modernismo. “Van vestidos con unos bombachos”, suelta Trini, una de las asistentes que al momento añade. “Bueno, yo no los veo, pero me acuerdo de cuando vi el cuadro hace años”.
Parecía que el grupo no acababa de entrar en las explicaciones del cocinero —que iban precedidas de una introducción explicativa de la obra de Anna Guarro—, cuya presencia sí empezó a llamar la atención del resto de visitantes del museo, la mayoría, como siempre, turistas, que no daban crédito de la suerte que habían tenido.

“Ver no es indispensable”

Después de comentar la cubista y colorista La botella de vino, de 1926, y hacer referencia Adrià a que la comida es “el lenguaje más complejo que existe y que se ha estudiado muy poco”, el grupo se arremolinó alrededor de Figura, una de las pocas esculturas de la exposición que Picasso realizó en 1935 dando forma humana a un montón de maderas y cuerdas, dos herramientas que acaban en una especie de garra y un cucharón sopero que colocó como cabeza.
“Esta obra tiene mucho que ver con vosotros”, soltó Adrià. “En la comida y en el sexo se utilizan todos los sentidos: la vista, el gusto, el olfato, el tacto y el oído, ya que una conversación alrededor de la comida es tan fundamental como comer. Pero en la comida el sentido de la vista no es, ni mucho menos, el más importante, ya que el gusto y el olfato son indispensables”. Y apunta otro: “pero antes nos decían que había que callarse cuando se come”. “También, que con la comida no se juega, y yo es lo único que he hecho, y si estoy aquí es porque he jugado siempre con la comida y los sentidos”, le sigue Adrià, generando la risa de todos a los que ha comenzado a tocar, haciéndose cada vez más próximo.
Sobre todo, tras lanzarles preguntas como: ¿A quién les gusta el vino?, ¿cómo os coméis el pan con tomate, separado o junto? y ¿los bombones, de un solo bocado o en dos para saborear la textura de su interior, ya que el 99% lo hacen de una sola vez? También dando trucos como añadir a un trozo de pomelo azúcar y aceite para cambiar su sabor o vinagre y azúcar a una fresa para convertirla en algo parecido a un tomate. “El no ver tiene un valor importante ya que potencia los otros sentidos. Por eso se hacen las catas a ciegas, que permite mucha más verdad. La vista en la comida manipula. Lo digo de verdad, no para quedar bien. Cuando uno no ve, lo que se come es más real”. Acababa de ganarse a todo el grupo.
En el guion de la visita se habían marcado cuatro obras con la intención de explicar con ellas toda la exposición, pero desde el comienzo y con la capacidad de hablar de Adrià estaba claro que lo previsto no se iba a cumplir. La visita acabó delante de dos de las obras más tristes y austeras de la exposición El bufé de Le Catalan (I y II), que hablan de la no comida. Picasso las pintó en 1943, durante la ocupación alemana de París y, por lo tanto, en época de guerra y escasez. Hay se habló del pan, otro de los alimentos fundamentales. “El que se hacía antes era mucho mejor que el de ahora, que no vale nada”, dijo uno. “No empecemos con eso, que eres muy joven. Yo tengo 56 años y antes lo que se pasaba era que había hambre”, zanjó el cocinero con rapidez.
El grupo termino alrededor de Adrià delante de la enorme imagen en la que se ve a Picasso junto a un montón de recipientes de cocina. “¿Sabéis porque los cocineros para hacerse la foto se ponen con los brazos cruzados? Para taparse la barriga”, dijo provocando la carcajada a todos los demás que no tuvieron que decir “pa-ta-ta” para la foto de recuerdo.

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