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Mientras Nick Cantos se probaba un par de elegantes gafas,
una voz le hablaba a través de su iPhone.
"Veo la estatua de George Mason. Parece una estatua de
bronce, con un pergamino en la mano izquierda", decía la voz de una mujer.
Cerca de allí estaban los hermanos de Nick, Ley y Steven,
que también estaban poniéndose algunas gafas, haciendo ajustes aquí y allá.
Los tres, de 18 años, son trillizos de Arlington (Virginia)
y están completamente ciegos. Y esas gafas no son gafas normales. Son lentes de
Aira, una compañía con sede en San Diego (California) que ha desarrollado unas
gafas inteligentes para ayudar a las personas ciegas y con discapacidad visual
a que puedan hacer las tareas diarias. Los espejuelos están equipados con una
cámara, que alimenta de video a un agente remoto que luego narra lo que ve en
tiempo real, por el teléfono, al usuario.
La mujer que hablaba con Nick era Erin Cater, una de los 100
agentes de Aira desplegados por todo el país. A casi 4,500 kilómetros de
distancia, en San Diego, ella se desempeña como los ojos de Nick, describiendo
para él todo lo que está dentro de la visión de la cámara.
"Es como una descripción de audio de la vida",
afirma Nick.
En una reciente y cálida mañana de otoño, Nick, Leo y Steven
hicieron un recorrido por la Universidad George Mason acompañados de su padre,
Ollie Cantos, y la subdirectora de admisiones del centro, Lauren Wagner.
Los hermanos nacieron ciegos y hace unas semanas se
convirtieron en los primeros trillizos ciegos en alcanzar el rango de Eagle
Scout, el rango más alto de los Boy Scouts.
Se graduaron de la escuela secundaria en junio de 2017 y
postergarán la universidad por un año para poder asistir a un curso intensivo
de capacitación de seis meses en el Carroll Center for the Blind, a las afueras
de Boston, para aprender las habilidades necesarias para una vida adulta
independiente.
Por ahora, probaron la experiencia del campus universitario
de la forma más sensorial posible. Olieron las hojas de otoño, escucharon cómo
soplaban los árboles, sintieron el bullicio energético de los estudiantes. Y
con las gafas Aira experimentaron una parte de la vida cotidiana con un nivel
de detalle que nunca antes habían tenido.
Mientras Nick se abría paso lentamente por el corazón del
campus, el joven trataba de descubrir el material del suelo por el que
caminaba.
"¿Es de adoquines?", preguntaba a Cater, la agente
de Aira.
Cater le dijo que era una mezcla de ladrillo y concreto.
Luego le describió su entorno, al mínimo detalle y en tiempo real. Ella le
indicó que una estudiante con una camiseta sin mangas azul acababa de pasar. Un
hombre que empujaba un carrito negro de comida estaba justo frente a él. Y un
carrito de golf le estaba pasando por su lado izquierdo.
"¿Un carrito de golf? ¡Guau!", contestó incrédulo.
Nick se detuvo afuera del centro principal de estudiantes. A
su izquierda, a unos 4 metros, había una gran señal, pero Cater no pudo
entender lo que decía. Así que tomó una foto del video, la amplió y leyó el
letrero. Ella le dijo a Nick que decía "Roger Wilson Plaza".
Toda esta nueva información, según Nick, "es un nivel
de mejora para mí". Esta tecnología es tan buena que incluso quiere hacer
una gran caminata hasta una montaña y disfrutar realmente del paisaje, a
diferencia de la última caminata que hizo, cuya experiencia encontró inútil y
miserable.
Ahora no puede esperar a que un agente le describa las
vistas panorámicas de la cima de la montaña.
En 2013, Suman Kanuganti jugaba con un par de Google Glass
cuando se le ocurrió una idea: ¿qué pasaría si su amigo Matt Brock, que había
perdido la visión varios años antes, pudiera ponerse esas gafas y transmitir el
video capturado a través de su cámara incorporada y que otra persona lo viera y
describiera las imágenes?
Kanuganti se sumergió de lleno en esta tecnología. Fue
cofundador de Aira en enero de 2015, comenzó a realizar ensayos a gran escala a
mediados de 2016 y lanzó oficialmente el servicio en abril.
Según Kanuganti, de 37 años y que también se desempeña como
director ejecutivo de la compañía, Aira tiene "cientos" de usuarios.
El servicio funciona a través de un modelo de suscripción, con un plan básico
que cuesta USD 89 al mes para un servicio de 100 minutos con un agente
capacitado. Los agentes, que en su mayoría son contratistas, trabajan en un
modelo bajo demanda como el de Uber, inician sesión para atender las llamadas
de los usuarios y cobran por las horas trabajadas.
"Tienen que aprender a pensar como ojos, no como
cerebros", subraya el ideólogo del dispositivo.
La magia en todo esto radica en la simplicidad de la
solución: la falta de un sentido, la vista, es reemplazada por otra persona, el
agente.
"Se vuelven uno", dijo Kanuganti.
Compartió la historia sobre cómo las gafas han ayudado a una
madre a leer cuentos antes de acostar a su hijo todas las noches, un usuario
que quería ensamblar muebles de Ikea y otra mujer que fue de compras.
"Literalmente lloró cuando pudo adquirir el producto",
recuerda sobre una de sus clientas.
Chris Danielsen, director de relaciones públicas de la
Federación Nacional de Ciegos, que es un inversionista de Aira, remarca que las
nuevas gafas tienen el potencial de mejorar la vida de las personas ciegas y aumentar
su independencia, pero agrega que es importante ser realistas en las
expectativas sobre cómo las nuevas tecnologías abordarán los desafíos que
enfrenta la comunidad de ciegos.
"Somos muy cautelosos al decir que una tecnología como
esta va a transformar la vida de las personas. Pero lo que hace es proporcionar
otra capa de información a la que antes no teníamos acceso de forma
sencilla", comenta Danielsen.
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