lunes, 3 de mayo de 2021

ENSEÑAR Y APRENDER CON TGD




Todos los seres humanos aprendemos de manera diferente, también los niños con TGD. Existen diversas formas terapéutico-educativas de emprender la educación de estos. Precisamente por la diversidad en cuanto a las competencias y capacidades y a los grados en que ellas se manifiestan en cada individuo, no hay una metodología que pueda considerarse universalmente efectiva, aunque hay algunas de ellas que han demostrado su valía. La inclusión en la escuela común parece ser la mejor manera de desarrollar la instrucción, dados los beneficios que el contacto con la diversidad brinda para todos, tanto educandos como educadores.


Preliminares
Después de décadas en las cuales la Educación buscaba uniformar, poco a poco esa especie de nivelador ilusorio fue dejando paso a la diversidad, y entonces aquellos programas de estudio que intimaban a los estudiantes a incorporar cierta cantidad de contenido en determinado tiempo se hicieron más realistas: no todos aprenden lo mismo, de igual manera y en un tiempo similar.
Aun en los momentos de máximo esplendor de la uniformidad se propusieron otras maneras y metodologías de enseñanza que buscaban acoger a todos, respetando las peculiaridades de cada uno. Fue así como la escuela comenzó a dejar de ser expulsiva de todos aquellos que, por la razón que fuera, no podían seguir el ritmo y/o la forma de enseñanza,
Pese a que la tendencia hacia una escuela inclusiva gana cada vez más espacio y que hasta en muchos países, como en el nuestro, existe legislación que la avala, siguen existiendo trabas y problemas de implementación de todo tipo. De todas maneras, la marcha hacia el acogimiento de la pluralidad de las diferencias parece inexorable.
En ese sentido, los niños con TGD son, también diferentes, pero no solamente por un diagnóstico, sino que forman parte de las innumerables disparidades de las que somos capaces los seres humanos.

Los niños con TGD y sus diferencias
Los niños con TGD o con Trastornos del Espectro Autista se caracterizan por ciertas particularidades que inciden en la manera en que acceden a la educación.
Desde esta perspectiva, algunas de las funciones sociales tales como la interacción con otros, las formas de comunicación verbal y no verbal, los comportamientos rígidos, los problemas de simbolización, las estereotipias, la atención restringida a intereses puntuales, la dificultad del procesamiento de la información sensorial, las deficiencias intelectuales (en algunos casos), las crisis emocionales y otras hacen que el acceso a la instrucción académica se vea dificultado.
A su vez, se habla de trastornos porque, lejos de ser un colectivo uniforme, en realidad aquellos comprendidos en esta categoría son muy diversos entre sí, ya que cada uno posee distintas capacidades y competencias y en diferente grado. Por lo tanto, establecer estrategias y metodologías educativas que sean válidas y eficaces para todos resulta un tanto ilusorio, aunque existen algunas pautas generales a tener en cuenta, las cuales deberán adaptarse a cada individuo particular.

Pautas a tener en cuenta en la educación
Se destaca que las concepciones más actuales respecto de la educación de los niños con TGD postulan que la primera (y la mejor) opción es su inclusión en la escuela común, siempre y cuando ello sea lo más adecuado para un sujeto determinado.
Lo primero a considerar son los objetivos que se persiguen, los cuales se resumen, básicamente, en los siguientes:
– Potenciar a su máxima expresión la autonomía de cada uno para que puedan desenvolverse lo más independientemente que sea posible.
– Ayudar a desarrollar el autocontrol y la capacidad de interactuar con su entorno.
– Aumentar las habilidades sociales, la adopción de las normas de comportamiento, la detección de las emociones y todo lo que haga a una mejor integración. En ese sentido, también es importante que, en la medida de lo posible, se halle en el aula común, por el efecto de demostración que la relación con los pares comporta.
– Promover las estrategias de comunicación que permitan un mejor funcionamiento social y una mayor interiorización de contenidos.
– Alentar la interacción con los demás, la espera de turnos y las alternancias comunicativas.
– Trabajar en los procesos cognitivos básicos, sobre todo en lo referente al pensamiento abstracto, la atención y la memoria.
Para que el niño pueda integrarse en la educación común habrá que realizar ciertos ajustes, comenzando por los aspectos curriculares, los que tendrán que adaptarse a cada uno ponderando:
– El grado y el tipo de TGD que porte, sus características y sus potencialidades.
– El entorno familiar, su configuración y las posibilidades de sostén y contención.
– El contexto educativo, es decir, las particularidades de la escuela, tanto desde el punto de vista físico como del personal, la existencia o no (y la necesidad o no) de apoyos pertenecientes al propio establecimiento o los externos, etc.
– La evolución que vaya presentando cada individuo, con las correcciones pertinentes.
– Apoyarse en las áreas en las que el niño muestra mayor interés.
– Respetar sus tiempos.
– Brindar consignas claras y breves, segmentando aquellas complejas en unidades más simples.
– Establecer rutinas y situaciones estructuradas, evitando las sorpresas y los cambios bruscos.
A su vez, como las formas de aprender de todos los sujetos son diferentes, hay que considerar el estilo de aprendizaje de cada uno. Ello también se aplica a aquellos diagnosticados con TGD.
En ese sentido, dentro del ámbito escolar la construcción del aprendizaje se realiza mediante la interacción del maestro y el alumno. Los docentes desarrollan estrategias para organizar sus acciones teniendo en cuenta las características que presentan sus alumnos, ya que, insistimos, dos sujetos no presentan las mismas, así como la conformación de cada grupo también es diferente, de manera que el intercambio educativo resulte lo más productivo.
Suele explicarse que existen tres métodos para aprender: el visual, el auditivo y el kinestésico o práctico. La escuela tradicionalmente se basa en los dos primeros. Si el alumno es bueno en ambos, su éxito está asegurado. Lo mismo ocurre si es lo suficientemente fuerte en uno de los dos.
En el caso de los niños con TGD (en realidad, en todos los niños) es necesario detectar, a partir de sus intereses, de lo que llama su atención, su sensibilidad y sus fortalezas, cuál es la mejor manera para que pueda incorporar los contenidos y las normas de conducta que se proponen. Además, es posible que deba recurrirse a experiencias que involucren otros sentidos, como el tacto y el gusto o, incluso, una combinación de ellos para una correcta estimulación.
A su vez, dada la sensibilidad diferente de estos alumnos, su inclusión en el aula común debe contemplar:
– Explicar a los demás cuál es la condición de su compañero.
– Estar atentos para evitar las posibles acciones de bullying.
– Adecuar, en la medida de lo posible, el aula para que no haya distracciones. Ello incluye iluminación fuerte, ruidos y sonidos, exceso de movimiento, etc.
– Anticipar y evadir las situaciones traumáticas que son pasibles de disparar reacciones conflictivas.

Distintos métodos de enseñanza
Más allá de que se abogue por la educación inclusiva como la mejor forma, ya que ello permite que no solamente se beneficien los niños con TGD de la experiencia, sino que también los otros lo hacen, ya que los ayuda a comprender y a aceptar la diversidad, existen métodos educativo-terapéuticos que han mostrado eficacia para la tarea de educar no solamente académica sino también comportamentalmente. Las más conocidas son:
– ABA (Applied Behavioral Analysis – Análisis Conductual Aplicado). Desarrollado en 1987 por el Dr. Ivar Lovaas en los EE.UU., sucintamente se trata de una técnica mediante la cual se busca reforzar las conductas positivas de los sujetos a través de recompensas cuando se brindan las respuestas correctas y/o se alcanzan los objetivos propuestos. Se trabaja en el uno a uno, esto es, un terapeuta con su paciente, quien brinda instrucciones breves y concisas y premia cuando se logra el resultado. Para ello, el tratante observa al paciente-alumno previamente para detectar sus falencias y trabajar luego sobre ellas.
– TEACCH (Treatment and Education of Autistic related Communication Handicapped Children – Tratamiento y Educación de Niños con Autismo y Problemas de Comunicación relacionados). Creado en la Universidad de Carolina del Norte en Chapel Hill, EE.UU., en la década de 1970, es un programa estructurado que procura un entorno educativo con una programación estricta, instrucciones sucintas y ayudas visuales, que tiene una flexibilidad tal que es fácilmente adaptable a la necesidad de cada niño. Según sus seguidores, da respuesta a las dificultades receptivas del lenguaje, la comunicación expresiva, los problemas relacionados con la atención y la memoria, así como también respecto de la percepción sensorial. A su vez, es importante que la información sea clara y comprensible para el sujeto, para que sepa lo que se espera de él. También se basa en horarios precisos y en rutinas predeterminadas para dar seguridad.
– El Método Montessori. María Tecla Artemisa Montessori (1870-1952) fue una educadora, pedagoga, científica, médica, psiquiatra, filósofa, antropóloga, bióloga, psicóloga, feminista y humanista italiana, la primera mujer en su país en recibirse de doctora en medicina. Aunque su método pedagógico no fue pensado prioritariamente para niños con TGD, sus fundamentos, con leves adaptaciones, se afirma que resultan útiles en la enseñanza de dichos sujetos. Su filosofía educativa se basa en que es el propio niño, desde la práctica, quien dirige el proceso de aprendizaje, quedando el docente en el rol de observador y guía que orienta el proceso. De esta manera se logra adaptar el entorno a las necesidades educativas de cada individuo, con el objetivo de liberar el potencial del niño o niña para que se autodesarrolle en un ambiente estructurado, pero, al mismo tiempo, libre. Se trata de fomentar la disciplina y el aprendizaje a través de la experiencia, ello en grupos pequeños, intentando que el sujeto logre la mayor autonomía de la que sea capaz, desarrollando su inteligencia en libertad, utilizando material didáctico especialmente adaptado, al tiempo de procurar una mejor interrelación con pares, aceptar los límites, educar la voluntad y lograr la autosuficiencia.
– La Terapia de Integración Sensorial (Sensory Integration Therapy). Anna Jean Ayres (1920-1989) fue quien concibió dicha metodología. Terapista ocupacional y psicóloga educacional, en los años 70 presentó en la University of Southern California dicha terapia, basada en las observaciones que ella misma y otros colegas habían hecho respecto de lo que ella llamó la disfunción de la integración sensorial. Precisamente, una de las problemáticas que se observa en los diferentes tipos de Autismo es la dificultad de procesamiento de las sensaciones que llegan a través de los sentidos. Se trata de exponer al paciente a la estimulación sensorial repetitiva, complejizando las tareas con el paso del tiempo, con lo que se espera que el sistema nervioso vaya respondiendo de manera más organizada y sea capaz de tolerar mejor los estímulos externos, con lo cual se reducen las explosiones temperamentales y se permite una mejor recepción de los contenidos educativos.
– El DIR-Floortime (Developmental Individual Difference Relationship Model – Modelo basado en el Desarrollo, las Diferencias Individuales y las Relaciones). El “tiempo de piso”, como también se lo conoce, fue desarrollado en los años 80 por el Dr. Stanley Greenspan. Se denomina así porque la terapia en muchas ocasiones se aplica mediante el juego realizado sobre el piso. A partir de las actividades que al niño de agradan, se busca que el terapeuta y/o los padres (estos entrenados en la técnica), propicien que las interacciones se vayan complejizando, expandiendo los intereses y las posibilidades educativas de cada sujeto. Los hitos a alcanzar comprenden: autorregulación y mayor interés en el mundo circundante; mejorar la capacidad de entablar y mantener relaciones humanas; fomentar la comunicación bidireccional; complejizar la comunicación; desarrollar las ideas y el comportamiento emocional.
Existen otros muchos abordajes educativos. Tanto ellos como los citados pueden combinarse con o desarrollarse en la propia escuela común, a través de acompañantes. También, según el caso, algunos proponen que hay individuos para los cuales es más beneficioso concurrir a alguna escuela especial dedicada a alumnos con TGD, ya que los grupos más pequeños que suelen componer la población del grado permite una mayor atención del docente (además de estar este mejor preparado) y tanto las instalaciones como los materiales, el mobiliario, las rutinas, etc., están adaptadas a las particularidades comunes de estos niños.
En algunos países, sobre todo en los EE.UU., hay un número relativamente extenso de padres que se vuelcan a la educación hogareña (Homeschool, en inglés), sobre todo en zonas en que las oportunidades educacionales para este colectivo son bajas o inexistentes. Ello requiere un amplio involucramiento de uno o de ambos padres, incluso limitando las posibilidades laborales. De todas maneras, la consulta con expertos es de rigor, fundamentalmente ante las crisis y las dudas, al tiempo que es necesario el entrenamiento de los padres para que el proceso educativo pueda desarrollarse.
El problema que se aprecia en este tipo educativo y que también se observa en cuanto a la que se efectúa en ámbitos especiales es la falta de interacción con otros niños o que ella solamente se realice con sujetos con la misma condición, por lo que se pierde una fuente importante de la educación en las habilidades sociales, como es el compartir espacios y tareas con otros distintos al propio individuo.

Para terminar
Todos los seres humanos somos diferentes. Los niños con TGD, precisamente por ser humanos, también lo son, por lo que no existe un único método de enseñanza que sea capaz de resolver todos los problemas que se pueden presentar en la tarea. A su vez, existe un consenso generalizado respecto de que, cualquiera sea la alternativa que se elija, el centro de la misma debe ser el propio niño, por lo que la estrategia a seguir debe estar adecuada a quien vaya dirigida.
En estos tiempos de disputa entre la educación común y la especial en lo referente a las personas con discapacidad, salvo para casos muy puntuales, también existe un acuerdo bastante universal respecto de que la mejor opción es la inclusión en la escuela común, aunque asimismo es un ítem a considerar que se hace necesario que, además de las leyes que alientan a que ello ocurra, se brinde al personal docente y no docente de las escuelas la capacitación necesaria para realizar su tarea de la mejor manera, sin olvidar las adecuaciones edilicias que se requieren ni los apoyos del tipo que sea que se necesiten para que la diversidad en el aula sea la regla y no la excepción.
Fuente: El Cisne

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