sábado, 7 de mayo de 2022

CÓMO SERÍA UNA FERIA DEL LIBRO ACCESIBLE PARA TODOS: UN PEQUEÑO EJERCICIO DE IMAGINACIÓN A TRAVÉS DEL DISEÑO UNIVERSAL




Esta corriente supone desarrollar productos, servicios, entornos y comunicación con acceso para todos, sin que haga falta adaptarlos o rediseñarlos cada vez según diferentes necesidades. Aunque de a poco tomamos conciencia de la diversidad de habitantes del mundo, pocas ciudades son realmente accesibles: están pensadas para personas que, entre otras cosas, pueden ver, oír o movilizarse sin problemas. La autora de esta nota, que es periodista, escritora y tiene una discapacidad, señala aquello que falta en el tradicional evento porteño y alumbra iniciativas incipientes que buscan hacer del universo cultural uno más inclusivo.

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Aunque suene absurdo, porque la humanidad lleva ya unos miles de años sobre la Tierra, parecería que hace poco comenzamos a entender la diversidad. Sorpresa. Todos somos diferentes y, sin embargo, las sociedades se construyen como si todos fuéramos iguales. 

Hagamos todo igual para todos, es más fácil, habrá dicho alguien allá por el comienzo de la historia. ¿Y los que son diferentes? Bueno... tanto no se puede. Entendido: tráiganme un prototipo de mujer y de hombre estándar para saber a qué nos enfrentamos. Y así fue como se levantaron ciudades para mujeres y hombres que caminan, ven, oyen, hablan, crecen hasta cierta altura, cierto peso, no se embarazan, no se rompen una pierna, no llevan a sus bebés en cochecitos (no se embarazan), no envejecen (nunca), no tienen discapacidades (ninguna).

Todos ellos, las mujeres y los hombres estándar, pueden andar por la sociedad sin pensarlo siquiera, sin esfuerzo, sin cambiar las reglas que son para todos. Por eso los semáforos funcionan solo con luces; todos los mostradores tienen una altura similar; si hay que hacer un anuncio en un lugar grande, se hace por altoparlante; los nombres de las calles se escriben en un cartel. ¿De qué otro modo se puede hacer una sociedad? Y los que no entren en el molde, que se las arreglen. Todo no se puede. 

Comenzamos a entender la diversidad hace poco, decía. No somos todos tan iguales y a la vez todos queremos hacer valer nuestros derechos. Saber cuándo cruzar la calle aunque no veamos las luces, saber cuándo nos llaman para un trámite aunque no escuchemos las voces. Así es como nace el concepto de Diseño Universal. 

El Diseño Universal supone desarrollar productos, servicios, entornos y comunicación con acceso para todos, sin que haga falta adaptarlos o rediseñarlos cada vez según diferentes necesidades. El Diseño Universal proviene del diseño sin barreras, accesible y de la tecnología asistiva de apoyo, y busca abarcar a todas las personas, toda la diversidad.

Grupos de arquitectos, diseñadores de productos, ingenieros e investigadores han establecido estos principios de Diseño Universal. El siguiente listado proviene de Wikipedia: Igualdad de uso (debe ser adecuado para todas las personas); flexibilidad (debe poder adecuarse a un amplio rango habilidades individuales); simple e intuitivo (fácil de entender); información fácil de percibir (el diseño debe ser capaz de intercambiar información con el usuario); tolerante a errores (debe minimizar las acciones accidentales o fortuitas que puedan tener consecuencias fatales o no deseadas); escaso esfuerzo físico (debe poder ser usado eficazmente y con el mínimo esfuerzo); dimensiones apropiadas (para el alcance, manipulación y uso por parte del usuario). 

Ejemplos de Diseño Universal son las rampas de acceso, el subtitulado en tiempo real en la TV, los baños adaptados, los suelos con texturas o podotáctiles, el uso combinado de aviso audible y letreros.

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No hace falta salir a la calle para entender que aún no existen ciudades diseñadas según los principios del Diseño Universal. Y realizar un relevamiento de lo que hay, lo que falta y lo que hay que cambiar en una gran ciudad es una tarea que excede este espacio y a esta periodista.

¿Y si buscáramos, en cambio, un micromundo? ¿Un entorno cerrado, conocido, transitado durante años, para mostrar de qué estamos hablando? 

He contado en diversos artículos que soy una persona con hipoacusia severa a profunda. Con el uso de un único audífono en mi oído viable aprovecho enormemente un pequeño resto auditivo. Llevo toda una vida de práctica. Sin audífono, no escucho. También soy escritora y por lo tanto me siento parte de la fauna que cada año siente propia la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires (FIL). Y ya que estamos buscando un micromundo en donde contar cómo podría aplicarse el Diseño Universal, ¿qué mejor que la Feria del Libro

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El ingreso a la Feria del Libro es accesible. Las puertas permiten el paso de una silla de ruedas. Mostrando el CUD (Certificado Único de Discapacidad), el ingreso es gratuito. Hay baños adaptados y los stands que tienen un pequeño escalón cuentan con rampa. Dentro de los pabellones, que son varios, los pasillos son amplios. Eso sí: la única señalización que poseen, para saber en dónde se encuentra uno, es visual: cartelería. 

No hay en la Feria ningún mapa, guía, revista o información en braille. ¿Lo hay en las ciudades? No hay suelos podotáctiles, o sea con textura (como existe en los subtes de la ciudad de Buenos Aires), que ofrezcan información a las personas con discapacidad visual y les permita movilizarse en forma independiente. Cada stand, por otra parte, posee un cartel que da al pasillo con el nombre de la editorial impreso, pero no existen carteles en braille y a la altura de la mano. Ni siquiera en el stand de "Diversidad Funcional y Discapacidad" que muestra, a sus lados, carteles que dicen, con letras impresas: "Diversidad. Inclusión". 

Cuando visito la Feria, antes de su apertura al público, en el stand de la Biblioteca Argentina para Ciegos una mujer sin discapacidad visual explica, a sus colegas ciegos, qué hay en el lugar: los afiches que cubren las paredes, el tamaño que tienen, dónde hay una pizarra con el alfabeto en braille, cómo se distribuyen los espacios. 

Javier Suñe, de la comisión directiva de la Biblioteca, interrumpe por un momento el recorrido para conversar conmigo. Cuenta Suñe que un espacio tan grande y desconocido como es el de la Feria es muy difícil de transitar para ellos. También cuenta que tuvieron que solicitar que los cambiaran de pabellón. Les habían otorgado un stand en el pabellón Ocre, muy transitado, en donde hay ruido, música y hasta danzas, y ellos precisan de un entorno más silencioso ya que su comunicación es puramente oral.

"No hay espacios para los ciegos", dice Suñe, "pero sabemos que una organización (por la de la Feria) tan grande no puede hacer todo".

¿No puede hacerlo todo? ¿Por qué?

Hace varios años me acerqué a la Fundación El Libro, la organizadora de la Feria, con un proyecto absolutamente sencillo: preguntar a las asociaciones que reúnen a personas con distintas discapacidades cuáles eran sus necesidades. La respuesta del entonces director de la Feria fue: "No es realista, no se puede crear expectativa".

Por Verónica Sukaczer

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