jueves, 30 de octubre de 2014

Los pesticidas y el autismo: nuevas evidencias


Solamente cuatro de los productos que se utilizan para el control de plagas en agricultura contienen 48 sustancias neurotóxicas que pueden interferir en el desarrollo cerebral de los bebés en gestación, actuando como disparadores del autismo y de otros trastornos. La exposición a ellos en un radio de hasta 1,5 km. incrementa en un 60% las posibilidades de sufrir algún TGD.

ntroducción
Cada año se gastan cientos de miles de millones de dólares en tratamientos que buscan mejorar la perfomance de las personas con Autismo.
En ese sentido, solamente en los EE.UU. las ventas de antipsicóticos rondan los 20.000 millones de dólares y las terapias alternativas, es decir, aquellas que se basan en complejos vitamínicos, dietas especiales, quelantes y una larga lista de ectéteras, facturan aproximadamente 5.000 millones de dólares.
A ello deben sumarse otras prácticas de orden psicológico, educativo, terapias de apoyo y muchas otras de difícil cuantificación que incrementan notablemente las cifras. ¿Serán otros 5.000, 7.000 o 10.000 millones más?
En todo caso, nos hallamos con que la búsqueda de la mejora en la condición de estas personas implica que la sociedad norteamericana invierte más de 30.000 millones de dólares en las personas con Autismo cada año. Y es solamente un país, quizás el que más gasta en cuestiones de salud, pero hay casi 200 en el mundo. Aunque, obviamente, los demás no dispongan de sumas de dinero similares a las del estadounidense promedio, los recursos económicos dedicados resultan impresionantes.
Pese a que se multiplican las investigaciones, cómo y por qué se produce continúan constituyendo fenómenos sin una explicación que logre aceptación universal.
A su vez, la expansión de los casos de Autismo sin la posibilidad de que exista un contagio al estilo de las enfermedades infectocontagiosas es un enigma que dispara distintas teorías que intentan explicar cómo es que en la última década el número de afectados creció un 78%, dato que llevó a la ONU a declarar el 2 de abril como Día Mundial de Concienciación sobre el Autismo para poner de relieve la necesidad de ayudar a mejorar las condiciones de vida de quienes sufren este trastorno.

Algunas teorías epidemiológicas
Hace más de un siglo que se conocen los Trastornos del Espectro Autista, y más de setenta años de que se aceptara su clasificación médica, por lo cual su existencia es innegable.
Existen muchas teorías que intentan dar cuenta de cuál es la causa de la propagación exponencial del Autismo.
Por un lado, la mayor difusión que ha ido logrando con el paso del tiempo es un dato a tener en cuenta, puesto que ello facilita el diagnóstico y consiguió que su sintomatología fuera ampliamente conocida, no solamente entre los profesionales de la salud, sino que resuena en los más diversos ámbitos.
Por otro, la utilización de criterios más laxos para su determinación es otro factor que seguramente incide en la profusión casuística, vaya esto de la mano de políticas de comercialización por lobby de los laboratorios de especialidades medicinales o se deba a la inclusión de patologías que recibían un diagnóstico diferente o directamente no merecían prescripción alguna y que en la actualidad muchos consideran dentro del Autismo.
También es necesario considerar el contagio social, esto es, si bien esta condición no es transmisible de persona a persona, su mayor presencia en el imaginario social podría inducir, asimismo, un aumento de casos, sobre todo aquellos que se encuentran en los límites y que son siempre los de más difícil diagnóstico.
Otro aspecto a ponderar resulta del cambio de costumbres y la aceleración de la forma de vida en los últimos tiempos, sobre todo en las grandes ciudades. Ello lleva a un mayor aislamiento de los niños (más tiempo frente a diversos aparatos y menos contacto con pares), a nuevas formas de relaciones sociales y familiares que restan tiempo para compartir, más relaciones virtuales que reales, etc.
Por fin, sin pretender agotar las muchísimas teorías que intentan dar cuenta del porqué del dramático incremento de casos de TEA, se hallan las que se reputan como causas ambientales.
Desde hace algunas décadas se viene advirtiendo desde múltiples foros (desde particulares, pasando por asociaciones preocupadas por la temática hasta conferencias internacionales a nivel gubernamental) que la propia acción del hombre ha tenido una incidencia terriblemente negativa sobre su hábitat, lo que ha progresado geométricamente desde la Revolución Industrial hasta nuestros días, pese a los intentos por mitigar los efectos perjudiciales de la actividad humana a través de convenios internacionales que raramente se cumplen.
La liberación de distintos contaminantes en el aire, en el agua y sobre la tierra; los basurales a cielo abierto; la emisión de gases nocivos en la atmósfera, tanto de automotores como del producto de procesos industriales; la deforestación indiscriminada; la polución de las napas acuáticas con desechos; la contaminación sonora y tantas otras formas de agredir a la naturaleza y al propio ser humano se sabe que son fuentes de morbilidad.
Entre estos factores que degradan se hallan los pesticidas.
Un estudio reciente, que viene en línea con algunos previos en el mismo sentido, da cuenta de que muchos de los pesticidas que se utilizan en la agricultura moderna podrían estar contribuyendo a la expansión del Autismo.

El cerebro
El cerebro humano posee una complejidad tal que, si bien se comprende a grandes rasgos su funcionamiento, continúa siendo una fuente de sorpresas y de investigación, pese a que la tarea de develar sus misterios lleva siglos de pesquisas.
Conformado por billones de células, de las cuales alrededor de100.000 millones son neuronas de distintas formas, que cumplen diversas funciones y se intercomunican a través de una red de casi 100.000 trillones de conexiones, regula todas nuestras actividades, volitivas o no. El intento por compararlo con una computadora, aun la más avanzada, es una pobre metáfora que apenas roza la superficie.
Neurotransmisores (biomoléculas que transmiten información de una neurona a otra próxima), enzimas, hormonas y muchos otras sustancias intervienen para dar equilibrio al sistema y disparar las funciones necesarias para cada tarea entre la enorme cantidad en las que interviene el cerebro, desde las más simples hasta las más complejas (el pensamiento, las emociones, el habla, etc.).
Por otro lado, el cerebro es vulnerable a distintos factores que pueden comprometer su normal funcionamiento, mucho más en sus etapas de desarrollo, cuando es más susceptible a sufrir daños o descompensaciones.
Se sabe desde hace tiempo que, además de infecciones, golpes, problemas genéticos y otros, hay sustancias capaces de desbalancearlo.

La investigación
Un grupo de científicos de la Universidad de California, sede Davis, se preguntó acerca del por qué el dramático incremento de casos de Autismo y de trastornos del desarrollo en las últimas tres décadas.
Conscientes de que si los TGD tienen una base genética, los cambios en este sentido no se producen en intervalos tan cortos de tiempo, comenzaron a buscar otras variables que dieran cuenta de este fenómeno.
A su vez, llamó su atención la diferencia de distribución geográfica en el propio territorio de los EE.UU., que uno de los más altos índices se ubicara precisamente en el Estado donde tiene sus sedes la Universidad y el aumento notable de casos reportados entre 1990 (205) y 2006 (más de 3.000), así como que los registros de California indicaran que hacia 1990 6,2 de cada 10.000 niños de 5 años habían sido diagnosticados con Autismo y que apenas dieciséis años más tarde la tasa había subido al 42,5 y que, lejos de estacionarse o disminuir, continuaba creciendo.
Explican los autores que si bien los criterios más laxos de diagnóstico, la mayor atención que se le brinda a este trastorno y otras explicaciones pueden dar cuenta de una parte del acrecimiento, no logran justificarlo plenamente.
Tomando como base algunos trabajos previos sobre los factores ambientales relacionados con la polución, descubrieron que, salvo en las grandes ciudades o en los centros industriales, tampoco la contaminación ambiental, desde esa perspectiva, terminaba por cerrar la explicación de la tendencia ascendente.
Entonces, teniendo en cuenta de que más allá de Los Ángeles, San Francisco y otras grandes ciudades, el Estado de California se caracteriza por la actividad agropecuaria (es el más importante en ese sentido, con un producto anual de 38.000 millones de dólares), y que se utilizan cada año alrededor de 91 millones de kilos de pesticidas, centraron su estudio, denominado “Neurodevelopmental Disorders and Prenatal Residential Proximity to Agricultural Pesticides: The CHARGE Study” (“Desórdenes del neurodesarrollo y proximidad residencial prenatal a pesticidas agrícolas: el Estudio CHARGE”). CHARGE es por Childhood Autism Risks from Genetics and Environment, es decir, riesgos de Autismo en la niñez por genética y medio ambiente.
Los ocho investigadores que participaron pertenecen a distintos Departamentos de la Universidad (de Ciencias de la Salud Pública; de Medicina General; Epidemiología, Ciencias de la Salud Ambientales y Neurología e Investigaciones Médicas de Desórdenes del Neurodesarrollo).
La premisa de la que partieron es que, como ya se había aseverado en estudios previos, la exposición de las gestantes a diversos pesticidas utilizados en la agricultura puede inducir neurotoxicidad durante el desarrollo humano, asociada a retrasos en el desarrollo y a Autismo.
Lo que se trató de cuantificar fue cuánto incidía la distancia respecto del incremento de casos.
Para ello tomaron 970 participantes embarazadas, cuyos lugares de residencia cruzaron con el registro de utilización de pesticidas del Estado (en California es obligatorio asentar en un listado público su uso) durante el período 1997-2008, a lo que agregaron las cantidades de los productos basados en organofosfatos, organoclorados, piretroides y carbomatos consumidos en una distancia de los hogares de 1,25, 1,50 y 1,75 km.
Un aspecto a destacar es que la utilización de pesticidas, aunque mayormente se aplica a la actividad agrícola, también comprende otros ámbitos, como plazas públicas, jardines, fumigaciones urbanas, campos de golf, campos de deportes, parques privados, el espacio circundante a las vías de los ferrocarriles, cementerios, etc.
Los autores afirman que la mayoría de los pesticidas que se venden en los EE.UU. (podríamos agregar que en el mundo) son neurotóxicos, inhibiendo la acetilcolinesterasa (enzima que sirve como neurotransmisor) y el ácido gamma-aminobutírico (otro neurotransmisor) y resultan disruptivos en la regulación del canal de sodio, lo que tiene consecuencias a distintos niveles, puesto que estas tres sustancias son vitales para cognición, aprendizaje, memoria y acción.
Las experiencias previas llevadas a cabo por otros investigadores han demostrado el efecto devastador de estos agroquímicos en animales de laboratorio.
Tras explicar detenidamente la metodología utilizada, este informe, publicado por el NationalInstitute of EnviromentalHealthSciencies, dependiente del NationalInstitutes of Health, la agencia médica de investigación de los EE.UU., llega a importantes conclusiones.
De los cuatro grupos de pesticidas señalados que comprendieron el estudio, se indicó que la exposición era particularmente peligrosa entre el segundo y el tercer trimestres de gestación.
Los compuestos tóxicos y capaces de incidir en la producción de Autismo y otros trastornos del desarrollo derivados de los cuatro grupos de pesticidas hallados suman nada menos que 48 y sus efectos máximos se producen hasta un radio de 1,5 km. de donde se aplican masivamente.
Si bien reconoce que los resultados no pueden extrapolarse al resto de los EE.UU. y mucho menos al mundo, Irva Hertz-Picciotto, una de las investigadoras, afirmó en una entrevista que “Si queremos detener el aumento de casos de Autismo en California, tenemos que continuar con los estudios y hacerlos lo más extensos posible”.
A su vez, comentando la exposición de esta investigación, el Dr. Bernard Weiss, profesor de Medicina Ambiental y de Pediatría del Centro Médico de la Universidad de Rochester, en New York, aseveró: “Se ha puesto un énfasis excesivo en la genética como causa. Los avances en genética molecular han tendido a oscurecer el principio de que los genes actúan en un entorno particular. Este artículo (por el que estamos comentando) restaurará el balance en nuestra forma de pensar”.
La conclusión final a la que arriban es que no hay mayores diferencias entre distintos tipos étnicos ni por niveles socioeconómicos para este estudio, aunque sugieren realizar otros más extensos para obtener resultados más conclusivos al respecto.
También, y lo más importante, resaltan que existe evidencia de que la exposición de mujeres embarazadas en medios agrícolas en un radio de hasta 1,5 km del lugar de utilización de estos pesticidas incrementa el riesgo de Autismo y de otros trastornos en un 60%.

Conclusiones
La investigación reseñada es un aporte más que demuestra que los intentos de atribuir el Autismo a un único factor o, al menos, a uno netamente predominante sobre los demás es un camino árido y que seguramente no aportará beneficio alguno a su esclarecimiento.
Que este trastorno tiene una causa genética tiene una aceptación generalizada, pero, si bien es posible que haya una transmisión hereditaria, no parece ser lo que lo explique.
Por otro lado, las mutaciones genéticas que abarcan gran cantidad de individuos, como ya se explicitó, no se producen en períodos tan cortos como un par de décadas. Sí aparece como factible que exista cierta propensión ya instalada que necesite de disparadores ambientales (los pesticidas, la polución), sociales (cambios de costumbres, sobreexposición a medios electrónicos, hábitos alimenticios) y personales (tramitación de circunstancias traumáticas).
Asimismo, es necesario que se multipliquen los estudios independientes (los financiados por los productores de pesticidas siempre concluyen en su inocuidad si se los utiliza bien) y otros que complementen los que ya existen y que envían señales de alerta.
Por ejemplo, tomando el estudio citado, habría que dilucidar qué ocurre más allá de 1,5 km, teniendo en cuenta que estas sustancias se depositan sobre la tierra y que las lluvias hacen que se percolen en las aguas subterráneas y que suelan llegar hasta los ríos, las lagunas y otras fuentes de las que se extraen las potables y de regadío, para no mencionar que los vientos suelen portarlas mucho más lejos, sobre todo en las fumigaciones aéreas. También qué ocurre con esas cuarenta y ocho sustancias tóxicas y otras de similar perjudicialidad que se depositan en el interior de los alimentos tratados con ellas, que seguramente alcanzan cantidades ínfimas, pero es necesario saber qué ocurre con su ingesta durante períodos extensos.
Por fin, debieran considerarse los múltiples factores de los que se sabe o se sospecha que pueden producir o inducir el Autismo e intentar elucidar si su combinación potencia este tipo de trastornos. A su vez, ello quizás pueda reportar una mejora en los tratamientos disponibles y orientarlos hacia una mayor efectividad.
Contra las mutaciones espontáneas nada diferente de lo que ya se hace podrá hacerse, pero, si como sugieren las distintas teorías que dan cuenta del incremento de casos, existen factores externos, debiéramos poner buena parte del esfuerzo en evitar lo evitable. El viejo refrán ya lo indica: “Más vale prevenir que curar”.

Ronaldo Pellegrini

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