sábado, 20 de junio de 2015

Dislexia, los primeros signos



Es un trastorno neurológico, sin compromiso intelectual. Si bien resulta difícil hacer un diagnóstico antes de los 9 años de edad, existen algunos signos que permiten sospechar su presencia, los que deben ser corroborados por un profesional idóneo. La magnitud del problema hizo que países como EE.UU. y Alemania implementaran programas que intentan su prevención.

Primera aproximación
La Dislexia es una trastorno neurológico que afecta la capacidad de leer y escribir, sin que exista compromiso intelectual. Según algunos estudiosos del tema, en realidad abarcaría solamente la lectura, mientras que las dificultades en la escritura caerían bajo lo que se conoce como Disgrafía, aunque, por resultar ambas complementarias, suele aceptarse que el rótulo de Disleslexia abarque ambas.
No se sabe cómo ni por qué se produce. Aunque es más frecuente su aparición en familias que portan antecedentes al respecto (hasta cuatro veces más que la media), no existen pruebas de que sea hereditaria.
Se cree que intervienen múltiples factores por los cuales la codificación del lenguaje se altera. Distintos estudios lo atribuyen a diversas causas, como, por citar algunos, la menor actividad detectada del gen dcd2 (asociado a las actividades de lectura); por pequeñas disfunciones cerebrales; por motivos emocionales; problemas en el procesamiento psicolingüístico que implican dificultades en el procesamiento de los fonemas (y su asociación con la grafía); inconvenientes neurofisiológicos relacionados con menor actividad eléctrica en las zonas del cerebro relacionadas con el procesamiento lingüístico; otras de base neurológica que implican ciertas formaciones atípicas en algunas áreas corticales, producto de una mala migración celular, etc.
Por otro lado, si bien en muchas ocasiones se encuentra asociada a otros problemas del aprendizaje y/o conductuales, sus características son específicas, por lo cual tiene una entidad propia.
Se trata de la causa más corriente de problemas de aprendizaje, al extremo que se postula que el 85% de ellos se relacionan con la Dislexia, sea como forma primaria o asociada a otras patologías.
Entre estas últimas, las concomitantes más frecuentes son: el trastorno de déficit de atención (con o sin hiperactividad), la discalculia (dificultad para realizar operaciones matemáticas) y problemas de coordinación motriz, además de otras.
Las cifras que suelen darse respecto de su incidencia sobre la población, que van desde el 5 hasta el 25%, resultan antojadizas, normalmente basadas en estudios parciales y sesgados, puesto que no existen estadísticas sobre ella que representen un universo que permita su cuantificación ni protocolos estandarizados para realizar las mediciones.
De todas maneras, aun tomando las estimaciones más conservadoras, se evidencia que el problema se encuentra presente y que dificulta el desarrollo cognitivo de quienes lo portan.
Otra cuestión es que la inteligencia de estas personas no tiene relación con su problema, es decir que las personas disléxicas son más o menos inteligentes exactamente del mismo modo que el resto de la población, así como aquellos que tengan algún déficit intelectual, pese a que presenten los síntomas, no son propiamente disléxicos, sino que esta condición es consecuencia de su patología primaria.
Es necesario diferenciar los meros inconvenientes madurativos que llevan a pequeños retrasos a la adquisición de habilidades, que en la mayoría de los casos se resolverán por sí mismos o con alguna intervención profesional acotada, de aquellos otros casos en que se advierte su persistencia.
Esta distinción es uno de los inconvenientes que presenta para su detección temprana, y se cree que en ocasiones se retrasan el diagnóstico y el consecuente inicio de los tratamientos precisamente por creer que solamente se trata de un retraso evolutivo menor, que se resolverá por sí mismo.

La importancia y las dificultades de la detección precoz
El diagnóstico antes de los 9 años suele ser dificultoso, porque los niños, en mayor o menor medida, suelen presentar variaciones respecto de los estándares, que no son otra cosa que el promedio de las habilidades adquiridas a determinada edad cronológica por el grueso de la población.
Algunos factores, como las diferencias culturales entre distintos grupos aun dentro de una misma región, pueden conducir a falsos diagnósticos. Incluso son frecuentes las divergencias en la adquisición y el uso del lenguaje entre familias cercanas geográficamente, cuyos déficits en el rubro obedecen, entre tras causas, a la baja estimulación, a la mala utilización de la comunicación verbal, a su insuficiencia, a problemas familiares y otros que, o bien se resuelven en los niños con la escolarización, o con el cese de las perturbaciones. Es por eso que usualmente se requiere que el desfasaje sea de al menos un año con respecto a su grupo etario.
Por otro lado, la mayor parte de los diagnósticos se realizan tras el ingreso en la escuela, porque es allí donde las desviaciones contrastan con mayor evidencia.
Ello es consecuencia de que, pese a todos los adelantos y la inclusión de medios audiovisuales, el sistema educativo sigue manteniendo una metodología basada en un modelo que privilegia la lectoescritura, por lo que es en ese ámbito donde resaltan las deficiencias en este aspecto, que, como ya señaláramos, no obedecen a déficits intelectuales (es un ítem a descartar antes de diagnosticar).
Sin embargo, como casi siempre, la intervención temprana es no solamente deseable, sino que implica la posibilidad de una mejor evolución para la persona.
Mientras que algunos estudios aseveran que alrededor del 90% de los niños disléxicos lograrán superar las dificultades en la lectura si se interviene antes de que ingrese a primer grado, la contracara resulta la afirmación acerca de que el 75% de aquellos que no reciban ayuda antes de los 9 años mantendrán inconvenientes a lo largo de toda su escolaridad y en muchos de ellos persistirá el problema incluso en la edad adulta.
La mayoría de la gran cantidad de tests que buscan dar una base objetiva al diagnóstico están concebidos para personas a partir de los 9 años, por lo que no suelen resultar eficaces para su descubrimiento antes de esas edad. Además, suelen basarse en un formato en cuatro columnas, en el cual la primera enumera una habilidad, mientras que las otras tres corresponden a variaciones de “sí”, “no”, “no sabe”, la sumatoria de cuyos resultados es la determinación positiva o negativa, lo que, si no está acompañado por un examen clínico realizado por un profesional idóneo, creemos que carece de validez, porque los que lo contestan son los padres (o quien tenga al niño a su cargo), sin la intervención del propio paciente.

Signos precoces
 Resulta muy difícil establecer con exactitud que se trata de Dislexia antes del ingreso escolar, simplemente porque si partimos de la definición, esto es, que se trata de una disfunción en la adquisición de la lectoescritura, ¿cómo se puede detectar cuando el niño no está en condiciones madurativas de poseer tales habilidades?
Esta pregunta, que parece lapidar todo intento de diagnóstico precoz, sin embargo, no cierra la cuestión, porque existen algunos indicadores que ponen de manifiesto la existencia de algún tipo de inconveniente al que hay que atender, sea luego confirmada por una diagnosis como Dislexia o no, pero que no deben soslayarse.
Se indican como signos posibles para niños de entre 3 y 5 años, entre muchos otros:
- Retrasos en el desarrollo del lenguaje y del habla, con dificultades de articulación y de pronunciación.
- Inconvenientes motrices.
- Dificultades para llevar a cabo las instrucciones y para aprender rutinas.
- Problemas para vestirse.
- Retardo en la memorización de ciertos ítems (números, colores, días de la semana, nombres, cuentos, canciones, etc.).
- Baja fluidez en la expresión oral y pobreza de vocabulario, con mejor rendimiento en la repetición que en el habla espontánea.
- Falta de concentración.
- Mayor capacidad en tareas manuales que en las lingüísticas.
- Problemas de orientación espacial y temporal.
- Dificultades con el esquema corporal.
- Torpeza en el manejo de objetos tales como lápices y tijeras.
- Confusión entre palabras fonéticamente similares.
- Problemas de lateralidad y/o equilibrio.
- Escritura de números y letras en espejo.
Entre los 6 y los 9, los síntomas más usuales son:
- Si bien es posible que las dislalias existentes anteriormente hayan disminuido o desaparecido tras el tratamiento correspondiente, persiste la pobreza de la expresión oral y del vocabulario.
- También continúan los inconvenientes en la orientación espacial, sobre todo en la diferenciación entre izquierda y derecha.
- La falta de atención y de concentración se hace más evidente en tareas relacionadas con la lectoescritura.
- Pueden presentarse problemas de conducta, como consecuencia de la frustración.
- El rendimiento escolar en lo relacionado con las áreas lingüísticas es significativamente menor que en otras.
- Tratan de evitar leer en voz alta y, cuando deben hacerlo, manifiestan incomodidad.
- Les cuesta organizar y planificar sus tareas, tanto las de la escuela como las del hogar.
- Retraso notable en lectura y escritura respecto de sus pares.
- Inconvenientes en recordar secuencias (abecedario, estaciones, meses, etc.).
- Problemas para la lectura de números, con frecuentes inversiones de cifras. También resulta arduo aprender las tablas de multiplicar.
- Postura inadecuada a la hora de escribir.
- Grafía irregular y trazo con demasiada presión sobre el papel.
- Diferencia entre la comprensión oral y la lectora.
- Baja velocidad de lectura.
- Inconveniente para seguir visualmente la lectura, con salteos de palabras y/o renglones o vuelta a lo ya leído.
- Omisiones de signos de puntuación y acentos.
- Omisión o añadido de letras, sílabas o palabras.
- Dificultades para copiar del pizarrón.
Estas y otras características pueden estar presentes, muchas de ellas a la vez y en distinto grado, porque, tal como sucede en la mayoría las patologías, también en la Dislexia existen grados y variaciones entre persona y persona.
Estos síntomas y cualquier otro que se observe son solamente signos de que algo ocurre, los que, insistimos, deben ser corroborados por los procedimientos clínicos correspondientes realizados por un profesional.
Después de los 9 años, todos estos indicadores se hacen todavía más evidentes, porque la brecha entre lo esperable y los logros se ahonda todavía más.

Tratamiento y algunas otras consideraciones
El primer paso del diagnóstico es descartar las patologías que pueden causar efectos similares, tales como la deficiencia intelectual, los problemas de visión, los de audición, los factores emocionales, los referidos a una mala instrucción, lesiones cerebrales y cualquier afección del tipo que sea que pueda interferir en la adquisición de la lectoescritura.
Teniendo en cuenta que cada persona es única y presenta sus propias dificultades, sea cual sea el tratamiento que se vaya a aplicar, el mismo debe ser individualizado.
Usualmente, la Logopedia y la Fonoaudiología son las más utilizadas para tratar de brindar estrategias que logren superar los inconvenientes.
También es frecuente que se recurra a la psicoterapia, puesto que la Dislexia suele acarrear para el sujeto frustración, baja autoestima, ansiedad, depresión y problemas de conducta.
Otro aspecto a considerar es el netamente pedagógico, buscando estrategias educativas que permitan un mejor rendimiento (métodos graduales que utilicen en una primera instancia elementos audiovisuales para pasar gradualmente a la lectoescritura) y ambientes en los cuales los niños se sientan más cómodos.
Con el tratamiento adecuado y lo más tempranamente posible, la mayoría de ellos logran superar las dificultades en relativamente corto plazo, mientras que otros necesitarán más tiempo y más ayuda.
La Dislexia se presenta por igual entre los sexos y las etnias.
Tampoco existen diferencias entre sistemas de escritura que utilizan letras y aquellos que se valen de símbolos, como el cantonés.
Algunos estudiosos postulan que existen idiomas más propensos a que sus hablantes adquieran Dislexia porque contienen más vocablos con similitud fonética que otros. Entre los primeros se hallaría el inglés, por ejemplo, mientras que el español pertenecería al segundo grupo.
En los EE.UU., ante la magnitud del problema, se llevan a cabo, desde hace algunos años, programas que buscan prevenir la Dislexia, que se aplican en la educación preescolar. También en Alemania, donde se desarrolla uno llamado “Hören, lauschen, lernen” (“Oigan, atiendan, aprendan”) que se dicta durante los seis meses previos al ingreso a la escuela primaria, que se basa en juegos de lenguaje, reconocimiento de rimas, reconocimiento de sonidos y otros, que, según las autoridades, ha hecho disminuir la incidencia de la Dislexia en el primer ciclo educativo.

Para finalizar
La Dislexia es difícil de detectar tempranamente, precisamente porque los niños no leen ni escriben, normalmente, antes de los 5/6 años.
De todas maneras, los síntomas descriptos y otros muchos que observen quienes se hallan cerca de los pequeños deben servir de alerta para que se consulte, puesto que si el diagnóstico no la confirma, resulta evidente que hay un problema que requiere atención. Y si llegara a establecerse, la intervención temprana conduce a mejores resultados, en muchas ocasiones, incluso, a la desaparición del problema.

Ronaldo Pellegrini
ronaldopelle@yahoo.com.ar

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