sábado, 23 de abril de 2016

Nuevas tecnologías: sus efectos en el desarrollo del lenguaje y el aprendizaje



En los tiempos que corren, es frecuente escuchar que muchos niños presentan déficit de atención, síntoma que se intenta aliviar con medicamentos, que se supone todo lo curan. Surge entonces preguntarnos: ¿cómo es posible que tantos pequeños manifiesten dificultades para atender y concentrarse en una única actividad? Es crucial contemplar la era tecnológica a la que asistimos y sus efectos en las nuevas infancias.

Remitiéndonos al significado de la palabra atención, es posible afirmar que se refiere a la “acción de atender, aguardar, esperar y aplicar voluntariamente el entendimiento hacia un objeto”, tomándolo así en cuenta.
En este sentido, diversas corrientes teóricas se han ocupado de su estudio e investigación. Desde la Neuropsicología, Alexander Luria sostiene que la atención constituye una función psíquica, resaltando que “no es un proceso unitario sino un sistema funcional complejo, dinámico, multimodal y jerárquico que facilita el procesamiento de la información, seleccionando los estímulos pertinentes para realizar una determinada actividad sensorial, cognitiva o motora”. Por lo tanto, “permite la focalización selectiva hacia un determinado estímulo, filtrando, desechando e inhibiendo las informaciones no deseadas”. Es por ello que el autor considera que para llevar a cabo cualquier proceso cognitivo es necesario que se produzca previamente cierto grado de selección de los estímulos que acceden al sistema nervioso, mediante la puesta en juego de los mecanismos atencionales.
Por otro lado, William James afirma que la atención “es el proceso por el que la mente toma posesión, de forma vívida y clara, de uno de los diversos objetos o trenes de pensamiento que aparecen simultáneamente”. Así, la focalización y la concentración de la conciencia constituyen su esencia; en tanto “implica la retirada del pensamiento de varias cosas para tratar efectivamente otras”.
Por su parte, desde la propuesta teórica fisiopatológica, Juan Azcoaga considera que la atención constituye uno de los dispositivos básicos para el aprendizaje junto con la habituación, la memoria, la sensopercepción y la motivación. El autor los define como aquellas “condiciones del organismo necesarias para llevar a cabo un aprendizaje”, cualquiera fuera éste.
Es posible advertir que, más allá de las particularidades y concepciones explicitadas por estos pensadores, existen acuerdos respecto de la atención y sus implicancias en el proceso del desarrollo y del  aprendizaje infantil. 
Así, la disatención constituye un síntoma que promueve ciertos obstáculos en los aprendizajes, fundamentalmente aquellos relativos a la escolaridad, ya que si la atención no consigue sostenerse, no logran ponerse en funcionamiento los mecanismos de habituación que permiten aprehender, comprender, recordar, evocar aquello que se ofrece como un nuevo conocimiento del cual apropiarse. 
Pero la realidad actual nos convoca a reflexionar respecto de los procesos de atención, pudiendo advertir que dicha función no solo puede verse obturada por causales de orden neurológico y/o psicológico. Pues no es posible adjudicarle a una considerable porción de la población infantil patologías de este orden. Es preciso reparar en las nuevas infancias y en sus modos de interactuar, jugar, aprender; los cuales han sufrido significativos cambios a partir de la irrupción tecnológica de esta época.
En este sentido, la multiplicidad de estímulos a la que los niños están expuestos no es un detalle menor en este análisis que se pretende realizar. Si bien es posible que estos pequeños logren desarrollar capacidades diferentes para atender a distintos objetos al mismo tiempo: juguetes, computadora, celular, tablet, entre otros; también es cierto que ante el ofrecimiento de una única tarea que implica un esfuerzo intelectual significativo y que dista bastante de los estímulos habituales, su capacidad de atender puede volverse fluctuante.
Asimismo, esta modalidad interactivo- tecnológica convoca a la permanente inmediatez, en la medida en que es posible acceder a cualquier tipo de información de manera rápida e inminente. Esto se vincula con ciertas dificultades que presentan muchos niños y las cuales son inherentes a los procesos de atención: la escasa tolerancia presente al momento de esperar y aguardar, otro síntoma habitual de los tiempos que corren.
Por otra parte, la constante interacción entre niños y objetos tecnológicos ha dado lugar a otros modos de jugar y pensar en soledad. Cuando no hay otro con quien interactuar, los recursos comunicativos y lingüísticos no logran desplegarse de la misma manera. La palabra del interlocutor adulto cumple la función de comunicar, expresar, contar, explicar, pero fundamentalmente opera como reguladora de la conducta del niño. 
Luria y Vigotsky sostienen que durante la infancia temprana el lenguaje moldea y organiza la conducta sobre la base de un circunstanciado programa articulatorio, considerando que así irá adquiriendo su función reguladora respecto del propio comportamiento humano. Pues es el lenguaje del adulto el que, inicialmente, actúa como promotor en la organización de la conducta del infante hasta tanto sea su propio lenguaje el que ordene sus acciones y pensamientos. 
Atendiendo a la propuesta de la Teoría Socio Histórica, Lev Vigotsky sostiene que todos los procesos psicológicos superiores se originan en la vida social, es decir, en la participación activa del sujeto en las actividades compartidas con otros. Así, afirma que dichos procesos se desarrollan y evolucionan a partir de la internalización de las prácticas sociales, siendo el lenguaje la herramienta fundamental con la que cuenta el ser humano.
Asimismo, Luria ha logrado profundizar su teoría respecto del estudio de las funciones psíquicas superiores, siendo capaz de adjudicarle al lenguaje un rol crucial en la organización y evolución de las mismas. El autor destaca el efecto sistémico del lenguaje respecto de los procesos psicológicos considerando entre ellos a la atención, la memoria, la percepción, el pensamiento, la lectura, la escritura, el cálculo.
De esta manera, estos pensadores nos ofrecen herramientas teóricas que nos permiten comprender y analizar la complejidad de esta problemática actual, reconociendo que es imprescindible atender a la realidad a la que asisten los niños, valorando la participación de los factores de orden social y cultural, que redundan en una nueva disposición infantil al momento de atender, jugar e interactuar.  
En este sentido, es preciso comprender que las instancias lúdicas entre los niños y los objetos tecnológicos no sólo operan en los procesos de atención sino también en el desarrollo de las potencialidades lingüísticas para poder reparar en los efectos de esta modalidad de juego que convoca a los infantes de esta nueva época.
De esta manera, las nuevas tecnologías, que funcionan como recurso lúdico frecuente en la infancia actual, no sólo convocan a la imperiosa necesidad de atender a múltiples estímulos al mismo tiempo  y en la inmediatez prevista por sus deseos, sino que, además, constituyen una actividad interactiva entre el niño y un objeto. 
Así, la instancia dialógica que invita a la comunicación y al lenguaje queda excluida en este tipo de ocupaciones; no existe lugar posible para la interlocución y para que la palabra del adulto opere como ordenador del comportamiento del sujeto. La palabra oficia como portadora de sentido del hacer del niño, que se encuentra en pleno proceso de adquisición de su lenguaje y de próximos aprendizajes, y en la actualidad ha perdido su transcendetal protagonismo.
Por otro lado, la nueva cultura del zapping televisivo y de la diversificación de información que ofrece internet o un teléfono inteligente atenta contra la modalidad pedagógica histórica de la institución escolar. Y si bien es cierto que la escuela debe agiornarse, sabiendo que las nuevas teconologías son plausibles de ofrecer otros modos de enseñanza-aprendizaje posibles, también es preciso reconocer que muchas de las tareas y actividades escolares constituyen una herramienta necesaria para aprender atendiendo a los nuevos conocimientos ofrecidos
Por lo cual el encuentro con una docente que, con tiza en mano y algún otro elemento facilitador -sea éste un pizarrón, un mapa, un libro, un diccionario o un afiche-, intenta proponerle al niño una actividad que implica mantenerse sentado y atento por un determinado lapso de tiempo resolviendo una consigna, resulta una ardua y dificultosa tarea para cualquier infante de la actualidad. Esto no implica despreciar la tecnología, el dilema a resolver es reconocer que es preciso que los adultos sean más selectivos y cuidadosos en la oferta realizada a los niños. 
Es por ello que resulta crucial proponer juegos de manera ordenada para que los pequeños puedan atender a una propuesta por vez, al menos en algunas circunstancias que se contrapongan a sus habituales ocupaciones lúdico-tecnológicas. 
Por otra parte, es necesario brindarles instancias dialógicas, en las cuales la palabra pueda circular y con ella, sus sentidos; que no sólo permiten nombrar la realidad más próxima sino también la más intangible. Al mismo tiempo que promoverá el ordenamiento de la propia conducta del niño respecto de las actividades lúdicas y que luego devendrán en nuevos aprendizajes.
En este sentido, Lev Vigotsky afirma que “la vida del ser humano no sería posible si éste hubiera de valerse sólo del cerebro y las manos, sin los instrumentos que son un producto social, de los cuales el más importante es el ‘lenguaje’. De esta manera, es posible advertir que las nuevas tecnologías y la modalidad lúdica- interactiva que las mismas proponen no sólo promueven modos diferentes de atender sino que además obstaculizan la intervención de la palabra”. Por lo cual, es preciso recordar que el lenguaje continúa siendo el protagonista en el desarrollo del niño y sus futuros aprendizajes; procurando así promover su despliegue y desarrollo en la infancia.
Por otra parte, el autor afirma que el lenguaje constituye la base manterial del pensamiento. Así, el niño inicialmente utilizará su lenguaje para comunicar-se, pues su función originaria es de orden social. Progresivamente el lenguaje se interiorizará para dar cuerpo al pensamiento. Por lo cual será la palabra la que le otorgue al niño la posibilidad de vincularse con otros, al mismo tiempo que le permitirá pensar, reflexionar, organizar su propio hacer y decir, promoviendo efectos respecto de sus futuros aprendizajes.
De lo contrario, el famoso “Síndrome Disatencional” continuará siendo una entidad gnoseológica recurrente, sin poder comprender que la atención fluctuante ante el ofrecimiento de múltiples estímulos constituye una particularidad de nuestros niños. Y con ello, la medicalización y patologización de la infancia continuarán siendo un negocio redituable para muchos. Los problemas del aprendizaje se incrementarán y los índices de fracaso escolar se elevarán.
Quienes cuentan con todos los costos a su favor son los niños, ya que corren el riesgo de seguir siendo diagnosticados, medicados y estigmatizados como sujetos con problemáticas del aprendizaje escolar. Sabiendo que el daño causado no solo le pertenecerá a ese fragmento episódico de sus vidas, la infancia, sino que, por el contrario, obstaculizará su capacidad para seguir aprendiendo cuando ya grandes.

Reflexiones finales
Es imprescindible que contemos con más niños disponibles a aprender, más escuelas y maestros dispuestos a enseñar y menos profesionales de la salud que diagnostiquen y/o mediquen ante la presencia de algunos síntomas de atención fluctuante. 
La disatención infantil se presenta como el “mal” de esta nueva época, pero, como todo síntoma, tiene por pretensión mostrar cierto malestar, sufrimiento o pesar. Es por ello que es preciso reparar y comprender la complejidad que reviste para conseguir promover efectos de cambio en el modo de interactuar, jugar y aprender de los niños.
Es crucial contemplar la era tecnológica a la que asistimos y sus efectos en las nuevas infancias. Pues la oferta indiscriminada de múltiples estímulos al mismo tiempo y la ausencia de palabras que pongan allí sentido y orden constituyen dos desafíos a los cuales atender, si deseamos acompañar a los niños en su devenir como sujetos aprendientes...

Fernanda Felice*

* María Fernanda Felice es Docente de la Cátedra “Lenguaje y Aprendizaje Patológico” de la Carrera de Licenciatura en Fonoaudiología, de la Facultad de Ciencias Médicas, Universidad Nacional de Rosario. Integrante del equipo de investigación “Fonoaudiología Social y Comunitaria”, de la Escuela de Fonoaudiología, de la Facultad de Ciencias Médicas, Universidad Nacional de Rosario.
E-mail de contacto: ferfelice22@hotmail.com

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